Un carpintero enamorado de Stella Maris

El lago está picado. El frío sube. Los colorados pinos que nos rodean enmarcan la postal. Casi no hay gente. Los pocos que pasan, van abrigados con camperas, gorros, bufandas, guantes, no nos ven. No quieren ver para ésta lado. El viento sopla fuerte. Enciendo el grabador y sé que voy a escuchar ruido, que quizás no escuche nada. Me subo al andamio con Marcelo Horn. Está fumando, mirando un filo de la madera que sabe que le falta lijar. Los teros revolotean, chillan. Marcelo junta sus manos, las sopla para calentarlas, se acomoda el cuello del mameluco, sube el cuello de la polera negra que lleva puesta, y me dice:

—Marcelo, Chispita soy acá. Había varios Marcelos y para no confundir, me pusieron el apodo. Soy un poco raro —dice Marcelo y puede que así sea.

Le gusta caminar desde su casa a la costa del pueblo. Sentir el fresco de la mañana que le roce la cara. Arranca su día laboral parado frente al lago, observa las nubes, las montañas, respira, entra a la oficina de la Naviera. Toma una taza grande de café caliente, se pone el mameluco usado y gastado de color azul francia. Las botas de lluvia. Vestido de azul, a las 8,30 de la mañana con dos grados bajo cero se pone a trabajar. A lijar. Usa doble guante. Lija concentrado y por el rabillo del ojo repasar los detalles de la parte muerta de la embarcación. Se está apurando porque puede llover. Dice que para hacer su trabajo necesita buen clima.  

Marcelo es el mayor de tres hermanos. Hincha de boca. Nació en Buenos Aires, en zona sur, en Ranelagh. Hace más de 20 años que llegó a San Martín de los Andes. Marcelo mira otra vez al lago y recuerda algo, se le nota el gesto de pensar en la cara, en sus ojos. Levanta las cejas, piensa pero no me dice lo que piensa. Quizás piensa el porqué de muchas cosas que pasaron en su vida, pero no me lo dice. Después de un silencio me vuelve a hablar. Dice que no le gustan las grandes ciudades. De chico siempre le gustó la tranquilidad de los pueblos.

A sus veintitantos años, cuando planeaba dejar su Buenos Aires natal, pensó en el sur. Su intención fue llegar bien al sur. Pero de pasada llegó a San Martín de los Andes, conoció una mujer, se enamoró y se quedó. Suele suceder. Tiempo después también llegaron sus padres. Su madre supo ser reconocida por sus delicias que podían encontrarse en las pastelerías del pueblo. De su padre no habla. Ellos, sus padres, estuvieron un tiempo y luego se fueron a la costa, al mar. Marcelo cuando llegó, se instaló un tiempo en Quila Quina, y de tanto ir y venir en los barcos, cuando se volvió a vivir al centro, soltero, la gente de la Naviera le ofreció un puesto de trabajo. Por ese entonces, estaba desempleado, así que aceptó. Al igual que todos, primero fue marinero. Conoció a Manuel Rocabarrio, capitán y carpintero naval, con quién trabajó empapándose de su conocimientos por más de 20 años.

—Es la primera vez que hago este trabajo solo. Se lo extraña a Manuel. Un hombre muy capaz, solidario. Me enseñó todo lo que sé de barcos. Un Señor de los barcos. En su tiempo en los lagos chilenos, él y otros como él, se hacían sus propias embarcaciones. Sabe mucho y conoce la naturaleza de ésta zona como pocos… Hace unos meses se jubiló y por eso es la primera vez que hago el trabajo solo —Marcelo agarra el taladro y hace un agüero en la madera, sopla el aserrín, piensa y habla—. Las cosas de la vida, de chico quería ser aviador, me gustaban los aviones y ahora de grande soy marinero. Esas son las vueltas lindas de la vida.  

***

—Para mí este sector del lago —donde están las embarcaciones privadas—, no está aprovechado, si lo miras, hasta parece un poco abandonado. Del aquel lado sí, se usa y está lindo. Creo que habría que mejorar esta parte, no sé si una marina, pero acá todos vivimos del turismo, aunque nos cueste admitirlo, es así. Directa o indirectamente todo vivimos del turismo. Toda la costa debería ser usada, estar en condiciones para dar otra imagen del pueblo.  

En San Martín de los Andes las embarcaciones comerciales, funcionan distinto a las deportivas. Se necesita una libreta de embarque habilitada por prefectura y tener los cursos habilitados de marinero para manejar una nave. Marcelo comenzó como marinero, y después de dos años recibió el título de Patrón Motorista, como se le llama al capitán en esta zona de la Patagonia. Con ese título, pudo conducir las embarcaciones haciendo los conocidos paseos turísticos por el Lacar.

—Después de 20 años de trabajar en la Naviera, ya soy capitán, marinero, electricista, carpintero naval… Todos hacemos de todo. Arreglamos los muelles nosotros… Lo que tiene de bueno es que conocemos las lanchas con las que trabajamos de arriba abajo. Los detalles, los puntos débiles, todo. Para nosotros es una tranquilidad. Hacemos el laburo bien. Imagina que estamos todo el año acá, vivimos prácticamente arriba de una lancha —se ríe—. Creo que hay un solo matrimonio que sigue en pie. Casi todos acá estamos separados. Pero la atención a la familia y al amor es culpa de uno, la profesión no tiene nada que ver —dice antes de volver a repasar con su lija una punta del barco.

Marcelo después de un rato de lijar mira de refilón el lago. Le brillan los ojos. Se enciende un Jockey. Es un enamorado del lago y de las embarcaciones que tiene la Naviera.

—A esta embarcación, la manejo, la cuido. Ahora la estoy restaurando, pero mi corazón está con la Stella Maris, ¿aquella la ves? La Stella Maris, tiene más forma marinera. Ésta es un poco un armado que hicieron. Pero la Stella Maris es… Aparte empecé ahí como marinero… Tengo muy lindos recuerdos de esos años.

Desde hace mucho tiempo, Stella Maris, es el título preferido con el que la gente de la navegación se dirige a la Virgen María. Por protección, dicen ellos. Es común encontrar embarcaciones con nombre de mujer. Marcelo cuenta muchas teorías que vienen de los griegos, por símbolo y protección religiosa, o por la esposa o hijas del capitán del barco, o también por superstición.

—Se dice que el barco es mujer, amante y celosa. Por esa razón no se admitían mujeres a bordo. Decían en la antigüedad, que el barco se ponía celoso y acaba con la vida de todo aquel que comparta cubierta con un mujer.

El pronóstico de lluvia que amenazaba más temprano se esfumó. El sol comenzó a salir. Por fin el viento dejó de soplar. Los teros comenzaron a revolotear otra vez, a chillar. Para esa hora, el motor de la Stella Maris comenzó a rugir. Le cargaron nafta. Subió una pareja de turistas, dos vecinos de Quila Quina. La lancha con con nombre de mujer arrancó su recorrido. La leyenda existe desde hace miles de años, y sigue siendo leyenda, y sin embargo, se sigue usando nombre de mujer para las embarcaciones.

***

Existe un certificado de navegación para la seguridad de las lanchas que dura 4 años. Cada 4 años, a la embarcación que le toca, se la saca a la superficie para hacerle los arreglos necesarios. Un vez terminado el trabajo, que lleva aproximadamente dos meses, un inspector de prefectura habilita o no que la nave vuelva al agua.

Cada vez que se la saca, se lija entera, se cambian los rumbos. Las maderas picadas se cambian por nuevas. Se hace el trabajo de calafateo en las juntas y se pone masilla para evitar filtraciones. Son pocos los carpinteros navales que quedan y cada vez hay menos barcos de madera.

 

—A ésta embarcación, la Mari Mari, se la pintó arriba y abajo, la obra viva y obra muerta, le decimos nosotros. Lo que está sumergido en el agua es obra muerta, lo de afuera es obra viva.

Casi todo el casco de la Stella Marías y Mari Mari son de cedro. Casi, porque hay piezas que se necesitan un poco más duras, como la quilla, la cuaderna, la verenga. Se consigue lo que se puede, dice Marcelo. El cedro de hace 15 años no es el mismo de hoy. Una empresa maderera de Buenos Aires manda para la Naviera de San Martín madera de la zona noreste, de Misiones y del Chaco.

Estamos en el andamio y Marcelo señala una pila de palos apilados, otros rotos y desparramados que alfombran el fragmento de costa donde estamos. Me muestra lo que sirve por el color, por la fibra. Marcelo se baja del andamio para agarrar una maderita. La quiebra, me muestra, me explica cómo debe ser la fibra. Compara el color de esa madera con otra. La que vale es la otra, me dice.

—¿Ves? Esta tiene el mismo color de las maderas de la pared de la Mari Mari. Este cedro es bueno.

Me cuenta que el cedro en el agua funciona muy bien. Que las embarcaciones no son estáticas, no son rígidas. Tienen movimientos constantes de contracción y dilatación en las maderas del casco y adentro también. Cuando Marcelo termine la restauración del casco, en el agua continúa trabajando por dentro. Debe restaurar paredes, parantes, piso y recuerda que también, tiene que arreglar la calefacción.

Ya a esta hora de la mañana  no hay viento. Marcelo terminó de lijar y bajó del andamio para pintar la base. Le pasa un rodillo con pintura de cobre. La pintura es para aguas con micro organismos que se pegan al casco. El agua del lago Lacar no le hace prácticamente nada a las embarcaciones. Así y todo, Marcelo es precavido y le da varias manos de pintura de cobre. Los capitanes de la Naviera dicen que el agua del Lacar es pura, como agua destilada. Es agua es de origen glaciar.

Entre la segunda mano de pintura y la tercera, mientras se enciende otro Jockey, me cuenta del Francés. En la década del 60, a muy poco de llegar al Lacar estuvo Jacques Cousteau. Pero por burocracias impuestas por políticos en Buenos Aires, el explorador francés se cansó, se dio media vuelta y se fue. El Lacar todavía espera que alguien se anime a sumergirse para descubrir los secretos guarda en el fondo. El gran Cousteau se perdió la posibilidad de darse un paseo hasta Quila Quina en la nave emblema de la Naviera, la Stella Maris. De eso se lamenta Marcelo. Hubiera sido lindo saber más sobre el lago, dice mirando el canto de la quilla para volver a pintar.

—Acá el frío es seco, bien abrigado ya está. No es el frio húmedo de Buenos Aires que te cala los huesos. Pero hoy por ejemplo está frio y todavía corre un poco de viento. Lo más delicado es la pintura. Estirar una pintura epoxi que es bastante… Es como una miel, entonces si no tengo cierta temperatura estirarla se complica. Supongo que mañana el clima mejora, por ahora sigo con la base de cobre.

 

Hace ya un mes y días que trabaja en la restauración de la Mari Mari. Le pregunto cómo hizo para sacarla del agua y me cuenta. Las embarcaciones se sacan con un aparejo que tiene amarrada la anguilera. La que se sumerge para que se apoye la embarcación. El capitán que maneja calcula para asentar la nave en los soportes de la anguilera. Marcelo tiene un traje de neopreno para entrar al agua y revisar que esté bien asentado el casco. Cuando está centrada la nave, con el malacate comienzan a sacarla, de a poquito.

—El sistema aunque es lento, es bueno, cuando sale del agua la nave, las cuadernas no sufren tanto. Esas maderas son las más complejas de restaurar. Se apuntala la embarcación con maderas y con criquet la voy levantando hasta que me queda un espacio para trabajar. Pero me tengo que apurar. Estas embarcaciones de madera si están mucho tiempo afuera se terminan deteriorando, necesitan humedad. Por eso me estoy apurando. En 20 días espero devolverla al agua. Y cuando vuelva es otro cantar. En los primeros años cuando empecé a trabajar acá, después de la restauración, metíamos la lancha al agua y le entraba agua hasta que las maderas se hinchaban y dejaba de filtrar. No sabes el miedo que me daba, no me gustaba ni un poco. Ahora eso ya no pasa. Se pinta con pinturas de cobre y no filtra nada de agua. Pero en otra época sí. Recuerdo que a una embarcación que ya no está más, la Milla Rayen, la metíamos al agua y teníamos que estar con bombas sacando el agua, y recién a las 24 horas se acomodaba la madera y dejaba de filtrar.

***

Las tripulaciones no cambian, lo que cambia de cuando en cuando son los dueños de la concesión que entrega Parques Nacionales para explotar la Naviera. La tripulación se pasan más tiempo arriba de las embarcaciones que en tierra firme. Viajan a Quila Quina y a Hua Hum. Además de llevar turistas de paseo para que saquen fotos, también viajan pobladores. Existe el día del poblador, dice Marcelo. Antiguamente en los dos destino, vivían más pobladores y toda la mercadería que usaban se trasladaba en las embarcaciones de la Naviera. Bolsas de harina, de cebollas, papas, carne, muebles, entre otras cosas. Llegaban y las tenían que mover del muelle hasta sus casas, que por lo general es subiendo la montaña. Eso cambió con los años. La economía de los que viven allí, cambió, ahora muchos tiene su auto y pueden llegan directamente a sus casa con la mercadería. No obstante, todavía se usa como transporte. Muchos viajan al pueblo para ir al hospital, al colegio. Hay dos chicos que viajan prácticamente todos los días, Dante y Renzo, Marcelo los conoce desde que son pequeños. Todos los dias se suben en Quila Quina para estar a las 13,15 en la escuela. Las tres lanchas y sus capitanes, están al servicio del turista y especialmente de la comunidad.

—Mari Mari llegó en la década del 70. Stella Maris en la década del 50. La Patagonia  es la más nueva, llegó en el 2000. Recuerdo que cuando la trajeron a la Patagonia, iban por calle San Martín. La avenida estaba toda adornada con guirnaldas y había que estar levantándolas para que pase la Patagonia, no le habían calculado bien la altura —se ríe.

Las embarcaciones de la Naviera van y vienen recorriendo de punta a punta los casi 50 kilómetros cuadrados de Lacar. Lanchas particulares recorren las aguas, también botes, gente que practica remo, los barcos de prefectura. Todos se mueven por la superficie de un lado a otro. Todos respetan al lago, lo admiran, lo contemplan. Todos dicen que el Lacar es un lugar de leyendas, su nombre significa Ciudad Perdida. Marcelo, me cuenta que antes de que se construya la Ruta 48, la que va al paso Hua Hum, gendarmería estaba donde hoy está la Naviera. Por ese entonces, funcionaba como paso de frontera y con un transbordador movía autos de un lado a otro de las costas. En uno de esos viajes, la compuerta del transbordador quedó mal cerrada. La compuerta se abrió y cayeron. Se hundió todo, autos y transbordador. Es un historia conocida entre los capitanes y todos están de acuerdo que no se puede cometer error en el Lacar.

***

Para el medio día, habiendo terminado las tres manos de pintura de la base, con hambre, Marcelo me cuenta que el restaurante La costa es como su tercer casa. Muchos almuerzos a lo largo de los más de 20 años que lleva en San Martín de los Andes, fueron allí. Los mozos y Pablo, el dueño, son casi familia.

Además de su amor especial por Stella Maris, tiene otro, de cuatro años, es la hija de una muy amiga. La cuida, la lleva a pasear y a comer, a La costa.

—Cuando era una bebe le pedía a las mozas de La costa que me avisen cuando estaba libre el baño de mujeres para ir a cambiar a la beba, solo ahí hay cambiador. Muchas veces le dije a Pablo que ponga cambiador en el baño de hombres. ¿Qué pasa con los padres que quieren cambiar a sus hijos? Bueno, ella no es mi hija, pero la quiero y la cuido como si lo fuese. Y tengo otros dos, los hijos de mi primera mujer, de la que estoy separado, ellos si me dicen papá. El mayor me hizo abuelo y me lo contó el domingo para el día del padre, me emocioné mucho.

Marcelo a eso de las seis de la tarde, cuando comienza a caer el sol, se vuelve caminando a su casa.  Al llegar se prepara una taza de café y se sienta en su sillón individual de cuero marrón con su taza y un libro. Ahora está releyendo “El coronel no tiene quién le escriba”. Tiene una extraña sensación de atracción literaria por don García Márquez. A Cien años de soledad lo lee religiosamente cada cinco años. Pero no es el único autor. Con Jorge, otro capitán de la Naviera, comparte el fanatismo por el escritor, cronista, sudafricano Wilbur Smith. Entre los dos capitanes, tienen la colección completa. De tanto leer sobre el continente africano, Marcelo, sueña con viajar a conocerlo. Es lo que quiere hacer en algún tiempo. Quiere viajar y después instalarse en un lugar tranquilo como Quila Quina y tener su biblioteca.

—Pero antes de eso tengo que viajar. Hay un barco que hace un circuito de Ciudad del Cabo a Madagascar llevando a gente de la National Geographic. Tengo un contacto ahí y la verdad es que me gustaría poder ir a navegar por esas aguas. Pero para eso también me falta juntar unos mangos… —Marcelo mira el lago por última vez en el día, y antes de emprender la vuelta a su casa dice—, sí a Sudáfrica me gustaría ir.

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