Trabajo sexual: entre la moral y la ilegalidad

Trabajo sexual: entre la moral y la ilegalidad

No sé si alguna vez han tenido la posibilidad de hablar con una puta. No me refiero a la palabra puta como un concepto peyorativo, sino puta como una trabajadora sexual con una identidad política definida, como reivindicación propia de las trabajadoras sexuales. Muchas la tuvimos el sábado 9 de Octubre, en el Encuentro de Mujeres en Rosario, en un taller de mujeres trabajadoras sexuales que no se hacía desde hacía 12 años. Para hablar de lo que hacen, pueden, deben o deben hacer las putas, hay que por lo menos escuchar y conocer a una. Porque me permití escucharlas, me propongo hablarles de ellas, intentando que ellas hablen más que yo.

 

Deconstrucción de mitos y tabúes sobre el trabajo sexual

El taller mujeres trabajadoras sexuales se reabrió en este encuentro, después de 12 años. El mismo se inició por primera vez en Rosario por Sandra Cabrera, trabajadora sexual militante por la regulación del trabajo sexual, representante de AMMAR (Asociación Mujeres Meretrices de la Argentina en Acción por Nuestros Derechos) quien fue asesinada por un tiro en la nuca, hecho perpetrado por la policía del Gobierno de Santa Fe.

El taller se notaba que era un éxito. Se tuvieron que reabrir comisiones porque las aulas desbordaban de mujeres ansiosas por debatir. Muchas referentes de AMMAR de diferentes provincias del país tuvieron de repente tener que estar oficiando de moderadoras en comisiones armadas en el momento, en aulas y pedacitos de patio que quedaran disponibles para usar.

Luego de la presentación y de usuales primeros momentos de silencio, quietud y nervios, se dio inicio al taller. Las coordinadoras del taller fueron claras ni bien comenzaron: venían a hablar de trabajo sexual. No estaban dispuestas a ponerlo en duda, en una tela de juicio moral.

Después de escucharlas un buen rato, les pregunte cuales eran sus métodos anticonceptivos, especialmente para saber cómo prevenían enfermedades de transmisión sexual. También como seleccionaban a sus clientes, y como hacían, por ejemplo, si un cliente se ponía violento, como reaccionaban a ello, y si les había pasado, cómo habían afrontado volver a trabajar.

Después de sus respuestas, me di cuenta que la pregunta estaba llena de prejuicios. Preguntas estereotipadas, llenas de prejuicios por desconocer, por naturalizar cosas que no son.

Y a partir de eso empezaron a deconstruir toda una idea errónea sobre el trabajo sexual. Primero se empezó por la figura construida del cliente. Hay una idea marcada que el cliente es un hombre violento, el cual exige todo y las putas por miedo a no ser violentadas tienen que cumplir. Pero contaron que el cliente en la mayoría de los casos no es violento. Es más, de todas las trabajadoras sexuales que estaban ahí, ninguna había sufrido un hecho de violencia por parte de algún cliente. La mayoría de las veces reciben regalos de ellos, las invitan a comer, y afirmaban que han sido mucho más amables que anteriores novios que han tenido. Las trabajadoras sexuales tienen muchos clientes con discapacidades, y asimismo, la mayoría de las trabajadoras tienen clientas mujeres, aunque ese mercado está mucho más restringido. Creen que las clientas mujeres tampoco son muchas porque como mujeres estamos mucho más inhibidas a descubrir nuestra sexualidad, principalmente causado por la educación sexual y los diferentes mandatos sociales que tenemos ambos géneros.

Por otro lado, las prostitutas del taller reconocieron ser privilegiadas. Muchas de ellas trabajan de forma privada en sus departamentos, contactando y eligiendo a sus clientes a través de las redes sociales. Una de ellas conto que primero mira cual es el perfil del posible cliente, y si ha hecho comentarios discriminadores, o es si es policía, no lo atiende. Asimismo, ellas determinan previamente que es lo que acceden y quieren hacer, y que es lo que no, y ellas mismas se ponen su tarifa. Por esta situación de privilegio, creen necesario el reconocimiento legal de su trabajo, para que todas puedan trabajar en condiciones dignas.

Con respecto a sus cuidados, todas recalcaron que su único método anticonceptivo y de prevención contra enfermedades de transmisión sexual es el preservativo. No concretan un encuentro con quien no acepte esta condición, tanto por su seguridad como la del cliente.

Dejaron en claro que no son sujetas pasivas, y por ende no son objetos cosificados. La cosificación relaciona a la mujer como algo pasivo, y claramente las trabajadoras sexuales recalcaron que son activas y convencidas del trabajo que hacen. Creen que hay que dejar de verlas como víctimas, infantilizadas, que necesitan tutelaje. Dejaron bien en claro que no venden su cuerpo, venden un servicio; sino todo trabajo debería considerarse como una venta del cuerpo. Si se considera que la puta vende su cuerpo, el futbolista vende su pierna, la cocinera vende sus manos, etc. Nadie se saca una parte del cuerpo. Todos venden un servicio, propiciado por el cuerpo como medio de producción.

 

Diferenciación entre trabajo sexual y trata de personas

Mientras se siga confundiendo trata con trabajo sexual, se estigmatizará al segundo sin lograr combatir el primero, dice Georgina Orellano, Secretaria General Nacional de AMMAR en Twitter. Y eso resonó durante los dos días de desarrollo de taller. También generó rispideces. Las putas están cansadas de que se las responsabilice de combatir algo de la cual no son responsables; el Estado es el único responsable encargado de combatir las redes de trata. En este sentido fueron determinantes, y les parecía hasta en un punto molesto tener que aclararlo: las trabajadoras sexuales están en contra de todo ejercicio de la prostitución en contra de la voluntad de quienes lo ejercen. Reclaman el ejercicio libre de la prostitución, y el reconocimiento de los derechos de quienes si quieren vivir de eso. Creen que ambas políticas deben ir de la mano: derechos laborales para las trabajadoras sexuales y alternativas laborales para quienes no desean ejercerlo. “¿Qué mejor medida que el Estado controle quién está registrada y quién no, para comprobar si trabaja porque quiere, o porque no tiene otra posibilidad?” preguntan retóricamente en voz alta.

Se molestan por tener que aclararlo, pero ellas mismas reconocen que hay una línea delgada que divide el trabajo sexual de la trata, pero afirman que ambas cosas dejarían de confundirse si existiese una regulación por parte del Estado de esta forma de trabajo autónomo.

Un tema aparte fue la prostitución de mujeres trans, que me parece relevante mencionarlo, en el cual se coincidió que el contexto es muy diferente. La estigmatización de las mujeres trans es tan grande, que la mayoría de las veces se les niegan trabajos por su identidad de género. Se resaltó y acompañó con aplausos la necesidad de un cupo laboral trans, ya que la mayoría de ese colectivo trabaja de la prostitución porque no tienen otra opción, porque el mercado laboral no las acepta para otro tipo de empleo.

 

La crítica a la izquierda, y el trabajo sexual como punto de quiebre en el movimiento feminista

Sobre el trabajo sexual hay dos posturas muy diferentes y marcadas. La abolicionista que cree que se debe prohibir cualquier tipo de trabajo sexual, y la reglamentarista que cree en la necesidad de reglamentar el trabajo sexual.

Cualquier crítica al trabajo sexual, especialmente de las izquierdas, debería también incluir una crítica al trabajo en general. Todo trabajo es explotación en el sistema capitalista. Gran parte de la izquierda se opone al trabajo sexual porque dice, sería funcional al capitalismo. Como si todos los demás trabajos no son funcionales al sistema.

“El trabajo doméstico es un empleo destinado a las mujeres pobres. Y sin embargo yo no veo que ninguna –refiriéndose a las abolicionistas presentes en el taller- crea que hay que abolir el empleo doméstico. Todo lo contrario, este trabajo tiene que estar reglamentado. Ya de por sí, las mujeres pobres, por ser pobres, por ser mujeres, tenemos menos alternativas laborales para elegir, nuestros trabajos son muy mal pagos. Todo lo que nos pasa a nosotras, no nos pasa por ser putas, nos pasa por ser mujeres. Y esa es la discusión, desde que lugar, yo como feminista y como mujer, le puedo decir a otra qué puede o debe hacer con su cuerpo. Si justamente el feminismo es darle la posibilidad de que  la otra elija lo que quiere hacer con su cuerpo, cosas que yo no necesariamente elegiría para mí. No queremos estar más, un día y medio –lo que duran los talleres del encuentro- explicando por qué es trabajo o no, queremos llevarnos el apoyo de ustedes compañeras. Porque nosotras vamos la semana que viene a la esquina, y la policía sigue llevando presas a las compañeras, y en la calle la policía no te pregunta, ¿sos abolicionista, sos reglamentarista? te llevan presa igual. El abolicionismo, se supone que protege a la mujer en situación de prostitución, se supone que Argentina es un país abolicionista, pero entonces estaríamos hablando de un fracaso de modelo.”  Intervención de Georgina Orellano, en uno de los talleres.

El problema de este trabajo es la parte del cuerpo. Pareciera que nuestro cuerpo está dividido en partes buenas y partes malas, recalcan.

“El problema de este trabajo es la parte del cuerpo con la que nosotras trabajamos. Porque si yo soy empleada doméstica, y exploto mi mano o me rompo la espalda planchando camisas 8 horas seguidas, no hay problema. Ahora si yo trabajo con mi concha, exploto mi concha, se generan un montón de tensiones. Si seguimos pensando que la concha es sagrada, difícilmente compañeras vayamos a combatir el patriarcado.” Otra intervención de Georgina.

Las putas insisten que este trabajo es lo que más satisfacciones personales y económicas les ha dado. Insisten en que si no fuese por necesidad, nadie trabajaría. En el taller había un grupo de 3 trabajadoras sexuales que sorprendieron. Sorprendieron, dejándonos muchas veces a las participantes estupefactas, por lo jóvenes (no habrán tenido más de 25 años) y lo convencidas que estaban sobre lo que quieren para sus vidas. Contaron que trabajaron de todo: amas de casa, camareras, limpia copas, vendedoras de ropa, secretarias, etc. y nada les dio más satisfacciones de lo que hacen hoy, ser trabajadoras sexuales.

“No queremos coser, no queremos cuidar pibes, no queremos cuidar abuelos, no queremos lavar los platos. Me están sacando de la esquina y me dicen que es explotación ¿y me mandan a una fábrica a laburar para la patronal? Eso es un doble discurso.

¿Hasta cuándo vamos a discutir? Hasta cuándo vamos a discutir con ustedes –hablándoles a aquellas compañeras que no quieren la regulación del trabajo sexual-  si la que pone el cuerpo soy yo. Somos nosotras. Si la que estamos adentro de 4 paredes trabajando con el cliente, gozando o no gozando, somos nosotras. El debate del trabajo sexual es uno de los pocos temas que divide a todo el movimiento de mujeres y a todo el movimiento feminista. Si nosotras no nos ponemos de acuerdo, ¿qué carajo le podemos ir a pedir al Estado? Se va a hacer el boludo como se hizo siempre con nosotras.” Participación de Georgina en el taller.

Hay una clara crítica de las trabajadoras sexuales a aquellos hombres y mujeres que opinan sobre el trabajo sexual sin siquiera conocer a una puta, y están cansadas de que se metan a decidir sobre sus cuerpos. Muchas veces por mezquindades políticas, por supersticiones ideológicas, dejamos que nuestras opiniones sobre el trabajo sexual, pisen y aplasten las voces de las putas, y hablando por ellas las reducimos a nada. Si el problema del trabajo sexual son las condiciones en las cuales es ejercido, hay que luchar por mejorarlas, por su auto organización, no por decidir por ellas. Nadie nace para decirle a otra lo que debería hacer con su cuerpo.

Si la principal bandera de todo el movimiento feminista es la soberanía sobre los cuerpos, ¿por qué otros quieren decidir sobre lo que ellas quieren hacer con los suyos? ¿Por qué si en su gran mayoría el movimiento feminista reclama fervientemente la necesidad del aborto legal, no acompaña este reclamo? Se quiere el aborto legal, no porque todas las feministas particularmente quieran o vayan a abortar, sino para que quienes quieran hacerlo, no mueran por ello por hacerlo clandestinamente. Lo mismo sucede con el trabajo sexual. Como quienes reclaman por el aborto legal no piden que todas aborten, las putas reclaman la legalidad de su trabajo, no para que todas sean putas, sino para que quienes quieran serlo, puedan serlo dignamente, con el reconocimiento de sus derechos como trabajadoras, sin estar expuestas a la muerte por su clandestinidad.

 

Políticas y legislaciones antitrata

El problema con las legislaciones antitrata es que condenan y prohíben todo trabajo sexual, tanto el forzado como el voluntario. Las políticas antitrata tal como son concebidas actualmente, desconociendo el trabajo sexual, condenan a todas las mujeres por igual.

Con la excusa de perseguir proxenetas se castigan a las trabajadoras sexuales. Contaban las trabajadoras que muchos de los números de víctimas rescatadas de redes de trata, son dibujados por el Estado, ya que en muchos casos en allanamientos de whiskerias y tabernas, el Estado pone como víctimas de trata, quienes son trabajadoras sexuales que quieren ejercer ese trabajo y que no lo hacen contra su voluntad. Así, en el momento más próximo que tienen, vuelven a ejercer la prostitución.

Ni para la sanción de la ley de trata, ni para su reforma en 2012, las trabajadoras agrupadas en el sindicato AMMAR estuvieron citadas para dar la discusión sobre la misma.

Todo nos debería generar la necesidad de repensar las políticas antitrata, incluyendo la voz de las trabajadoras sexuales, ya que por estas políticas, muchos de sus lugares de trabajo se ven reducidos y sus trabajos amedrentados.

Las políticas prohibicionistas, en ningún campo, sirven. En este caso, no se combate la trata y sólo se vulneran derechos de las trabajadoras sexuales.

 

Proyecto de ley de trabajo sexual autónomo de AMMAR

La ley de trabajo sexual autónomo de AMMAR, propone crear un registro único de trabajadoras/es sexuales que dependa del Ministerio de Trabajo, de forma tal que la entidad pueda controlar el ejercicio voluntario del trabajo sexual. Además, contempla la habilitación de cooperativas de trabajadoras sexuales autónomas, el otorgamiento de becas y la creación de la categoría trabajo sexual en el monotributo para habilitar el acceso a obra social, aportes jubilatorios, créditos, vivienda, entre otros derechos. De igual forma, propone reinserción laboral para las personas que quieran dejar de ejercer este trabajo.

Asimismo, se propone la derogación de los códigos contravencionales, que criminalizan el uso del espacio público para la oferta de servicio sexual, y lleva en muchos casos detenidas a las trabajadoras hasta por 30 días. Estos son edictos policiales que vienen desde el proceso de la dictadura militar.

 

Por qué las trabajadoras sexuales creen fundamental el reconocimiento de sus derechos laborales

No es el cliente el primer responsable de la violencia ejercida contra las prostitutas, sino el Estado que con la Policía ofician de proxenetas, empujando a las prostitutas desde la ilegalidad a trabajar en condiciones precarias y de clandestinidad.

El trabajo sexual existió desde tiempos remotos y lo va a seguir haciendo. La prohibición del mismo –insisten- sólo va a llevarlo a su clandestinidad. Las trabajadoras van a seguir siendo encarceladas, van a seguir estando expuestas a la violencia institucional, y van a seguir siendo asesinadas por la Policía como lo fue el caso de Sandra Cabrera.

Por todas estas cosas, las trabajadoras sexuales plantean la imperiosa necesidad de un marco regulatorio que conciba a este como un trabajo, y sea reconocido por el Ministerio de Trabajo de la Nación, para así poder obtener los derechos básicos que todo trabajador posee. De este modo, -recalcan- el Estado teniendo conocimiento de quienes trabajan por voluntad propia, podrá determinar quienes lo hacen de manera involuntaria.

La discusión es mucha, y larga es la lucha. La finalidad de esta nota es poder interpelarnos, poner en juego otros actores centrales a la discusión, y abrir el debate. Ojalá todo esto nos haga volver a pensar y repensar muchas conceptos que tenemos como establecidos, estáticos. Espero que conocer este colectivo que plantea la necesidad del reconocimiento de sus derechos, nos interpele y nos haga dudar, despojados ya de creencias morales e ideológicas, aceptando el reconocimiento de estas mujeres como sujetos de derecho y como actores sociales. No hace falta casarse con ninguna de las dos posiciones, solo hace falta entender la necesidad de reconocimiento y reparación de este colectivo.

 

Por: Daniela Gaglietto

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