Trabajador

Un señor trabaja la madera, crea bancos, sillas, casas de muñecas. Toda su sabiduría puesta en el elemento marrón que manipula con unas herramientas hechas por otras manos. El olor a pegamento lo obliga a realizar inspiraciones cortas y sin embargo él no expresa ni una molestia. Aserrín por doquier, pedazos de madera en el piso, sucio. El fibrofácil abunda en formas y espesores: unas cuantas planchas de diferentes medidas que coloca de manera estratégica y pega con minuciosidad. Centímetro a centímetro, cuida la escuadra. Decide aplicar la técnica adecuada para que aquelloyque aún no es, cuando las placas están sólo apiladas, tomen forma y, finalmente, sean. Sentado, su silla hace de las piernas que le funcionan a veces sí y a veces no. Sus manos están repletas de pegamento y su piel arrugada, amarillenta, marcada por las astillas, los cortes. Mantiene también el pegamento de los años. Sus ojos posaron largo y tendido sobre tablas de maderas; luego la modernidad y el fibrofácil. Con sus manos, gira, levanta, baja y mantiene su mirada fija en esa tabla. Tiene la propia sobre sus piernas, más grande y ancha, que hace de mesa. La madera está marcada tanto por rayones de lápices como por gubias y escoplos. Rodeado por la materia prima de su labor, resalta su sweater azul oscuro escote en V. La camisa a cuadrillé celeste y blanca tiene el cuello agujereado por los lavados. Sobre toda aquella ropa secundaria viste su delantal de tela gruesa color azul industrial, decorado con aserrín, y con más pegamento. Va creando como un castillo de naipes una casa de muñecas que hacen de madres solteras o casadas, hijas caprichosas o solitarias, tías, amigas malas y buenas. Crea escapes de alaridos parentales o espacios vacíos que serán rellenados de una forma u otra.
Realiza movimientos incapaces de llamar la atención. Son ordinarios después de todo. Sin embargo, logra captar con la paciencia, lo mínimo: sus dedos flacos bailan al recorrer las líneas dibujadas sobre una madera clara mientras explica su arte. Lo que simula ser una S, se convierte en un perchero al pasar por sus manos. Éste, imperfecto, sostendrá mochilas, carteras, sacos de trampa, corpiños apurados y llenos de roces. No sostiene el tiempo. El tiempo pasó.
Algo plateado se descubre entre tanto marrón de pino, casi amarillo o ‘beish’. Es el reflejo de la luz sobre la silla de ruedas. El plateado tiene óxido. Tampoco es joven la silla. Tirada, en el piso, una alpargata sucia, casi blanca del aserrín que la cubre y gastada en el talón. Digno de quien camina chueco o arrastra sus pies.
Su mesa de trabajo declara la antigua usual posición del cuerpo artesano: de pie. Es carpintero. Y hoy, cansado en su silla, es carpintero. Sigue concibiendo casas de muñecas, bancos para sostener a otros que esperan la vida o un turno en el médico o acompañan una mesa familiar. En la técnica que contienen sus dedos guarda lo que fuera el polvo creacional con el que engendra una cantidad innumerable de elementos posibles.
El calor agobiante de ese cuarto de 10mts2, dividido con forma irregular y conjuntos de clavos que sobresalen, oxidados, con humedad, con sus paredes descascaradas y desordenada, es su lugar de trabajo. El panal de abejas de donde salen sus obras de arte exhibidas en el museo de “recomponermueblesgastadosporeltiempo”, rotos por el uso o la cueva de basura futura. A sus espaldas una puerta semiabierta desliza oscuridad aunque pronto unos pasos secos hacen retumbar el piso de pinotea gastado. Se acercan. Otras alpargatas, es claro. De piel blanca, rosada, pelos rubios que le rozan los hombros o pegados sobre la frente ancha y ojos celestes, aparece un chico. La magia de la genética no deja mentir, son padre e hijo. Es él quien está detrás del espejo; quien pasa aquella puerta y viene y ayuda. Heredó aquel oficio del moldeado de pedazos de árboles caídos, derrotados, expropiados de sus raíces. Más temprano habrá pintado aquella silla enmendada. La cola que sirve de unión entre madera y madera forma un volcán tamaño maqueta. Su lava recorre partes visibles de la silla. Toma del piso un pincel que sacude con precisión sobre la palma de su mano. La tozudez es evidente, representante de su principal característica como nuevo trabajador de árboles jubilados.
El polvo se esparce y, por el sol que cruza de lado a lado, se forma una ruta de micropartículas atascadas. Insiste en el oficio. La práctica hace al maestro. Mientras da los últimos retoques al volcán de cola, su padre lo mira. Los ojos claros, más vencidos por la gravedad que por los años, observan en silencio el movimiento rápido y de lado a lado del pincel. Su mirada viaja por el camino de las micropartículas y se pierde en sus propias manos. El carpintero mantiene sus ojos sobre las uñas chatas y con marcas blancas apoyadas sobre sus piernas.
El trabajador de la madera recorre con la mirada su prensadora antigua para terminar en la foto de la repisa que hizo hace ya quién sabe cuántos años. El papel está comido, amarillento. Se ve un Ford Falcon bordó y una pareja joven que achina los ojos por el sol de frente. Están vestidos de short, zapatillas y medias, abrazados por la cintura uno al otro. Aún cuando no ha habido interés en hacer otra cosa, él insistió con el moldeado. La excepción a la regla es el carpintero. Ayer era este y ahora es aquél. Ese que traspasa el espejo, quien hace rechinar las máquinas que, años atrás, funcionaban de arrorró a la hora de la siesta. Por cada madera que es cortada, un sonido largo y sostenido se escucha y, detrás de ello, cae incesante el aserrín. Son las mismas máquinas de ayer pero pasadas por una topadora de trabajos y trabajos que fueron gastando las manos que solían cebar en una pava negra por el hollín, hoy una moderna pava eléctrica.
Palabra a palabra se destacadan los dientes gastados. El blanco fue raptado de sus dientes por el amarillo. Otra ayudante fiel a su derecha, pucho en mano, explica el proceder del negocio. Con una libreta de papeles reciclados hecha a mano, anota teléfonos y tacha otros de una lista corta y desordenada. Su pulso es malo, la a es más grande que la e de manera desproporcionada. Supieron compartir el vicio al igual que hacen con sus dientes pulidos. Otra vez la genética. Esta vez enquistada en los Viceroy.
La idea de un cuerpo perfecto tallado en un fino mármol de carrara que sin esfuerzo mira a los obreros rinocerontes del cemento, los castores de la madera, los tigres del hierro, los topos de las minas son aquello de lo que hay que alejarse. La crema humectante no participa en ese cuerpo de talones agrietados, ni esas manos temblorosas. Mientras el falso bienestar se sostiene detrás de una pantalla, el trabajador de la madera apoya su pie sin alpargata en el piso de pinotea sin importarle, ni siquiera enterarse, del calor. Él hace.

Etiquetas: mercedes, Perfil, trabajo

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