TINCHO

El sábado a la noche me encontré a Tincho en una cervecería del centro de La Plata, cerquita de la plaza en la que siempre está/vive/duerme. Parecía un trompo entre las mesas, casi invisible, dejaba estampitas viejas y decía alguna cosa inentendible. Cuando me di cuenta que era él lo agarré de los hombros y lo miré fijamente. Un segundo, dos, bastantes, hasta que sus ojos dejaron de dar vueltas por el espacio, me enfocaron y me reconocieron. Nos abrazamos. Le pregunté por qué estás así, me dijo que estaba dando unas vueltas, distrayéndose un poco porque habían matado a su mamá. Mientras se me estrujaba la panza le pregunté si quería ir un rato afuera a charlar. Fuimos.

Él estaba con un camperón gigante y viejo, yo estaba así nomás pero ya no sentía el frío. Le pedí que me cuente que pasó, que si estaba sólo, que dónde se estaba quedando. Algo de que llegó tarde y que su mamá ya estaba degollada y un problema de su hermano. Me dijo que iba a ir a buscar venganza y quiso sacar algo de adentro de la campera. Lo abracé de nuevo. Andaba con un amigo, está por allá, lo saludamos y nos devolvió el saludo con la mano. Estaba sentado en un cantero de calle 7, con la capucha de la campera puesta y las manos en el bolsillo.

Lo agarré de nuevo por los hombros, ahora no sé si buscaba que me preste atención o sostenerme. Le pregunté cuáles eran sus planes, buscar las estampitas de las mesas para ver si le daban algo de plata para comprar una pizza en una pizzería en Berisso. Me agarró de la mano y entramos, recorrimos mesa por mesa buscando las estampitas y los cinco o diez pesos de cada una. Cuando terminamos le dije que me espere afuera, que no se vaya. Corrí a buscar un poco de plata de mi billetera, las chicas que trabajan en la cervecería me preguntaron qué pasa con el chico. Les conté llorando casi sin poder hablar. Me sequé las lágrimas y salí. Le dí la plata y le dije que me prometa que se iba a comer una muza riquísima con su amigo, me dijo que sí y me mostró su sonrisa hermosa.

Tincho tiene el pelo de un marrón profundo, y sus ojos, nunca me había dado cuenta que sus ojos son tan redondos y cuentan tanto. Es dulce y muy cariñoso. Sus manos son calentitas a pesar del clima y rugosas por toda su vida. Su boca grande, seca y agrietada. Hace unos años estaba rescatado, presente, despierto. Siempre manija, queriendo romper alguna que otra regla, siempre dando vueltas por la misma plaza con los que cayeran. Verlo desencajado fue un baldazo de realidad.

Lo de su mamá aparenta ser un recuerdo, pero su sentir es absolutamente presente y real. La impotencia está en saber que hay cuerpos que importan muy poco. Temblé, lloré y me ahogué, porque sabía que si a Tincho le pasaba algo esa misma noche a nadie le iba a importar. Hay sobras y son las personas como él. Joven, pobre, improductivo. No es parte del sistema ni le interesa serlo. ¿Quién quisiera ser parte de algo que le quitó todo? Entendí que es muy fácil olvidarse de la injusticia en la que vivimos, pero cuando yo estaba pagando una pinta de cerveza a 100 pesos,  él estaba buscando las sobras para comer.

En un punto sentí que la empatía desbordada por la realidad tiene un poco de la culpa judeo-cristiana. Hacer algo por los pobres, ganarnos el cielo, no perder los privilegios jamás. Porque ¿cuál de todas mis comodidades estoy dispuesta a resignar para que alguien tenga un plato de comida al día? Y más allá de la panza llena, me pregunto cómo será posible desactivar los mecanismos destructivos del sistema a nivel de conciencia y  de emoción. ¿Cuál es la fuerza que construye? ¿Cuáles son los caminos de esa fuerza? El miedo seguro que no, la impotencia tampoco.

Al otro día me desperté buscando puntas que me ayuden a dar con la situación de Tincho, información sobre su familia y su pasado. Por suerte hay redes de contención, amorosidad, deseo de transformación. Instituciones no hay, el Estado no está para estas cosas, lo importante ahora es modernizar. Así que me quedo con las personas. Sentimos, amamos, tememos y activamos, no esperamos de quien nos saca, buscamos y ganamos lo que ya es nuestro.

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