SOFÍA

SOFÍA

 

Dicen que dicen que dicen.

 

Dicen que desapareció una niña de cuatro años en un camping de árboles retorcidos. Que tiene el pelo y los ojos oscuros. Que se la tragó un agujero negro o un pozo disimulado entre los ñires. Dicen que la niña fueguina nunca llegó al camping, que el padre la mató por descuido, que la madre calla, que está enterrada bajo su casa de Río Grande. Dicen que la raptaron en venganza contra su padre por una deuda de juego. Que se la llevó un hombre con un Gol gris y un perro bóxer. Que la secuestró su padre biológico. Que cruzó de incógnito la frontera y está en Chile. Que la vieron en Salta, en Rosario y en Santa Rosa de Calamuchita. Que la capturó el cuidador del camping, casi un gaucho, con rasgos psicopáticos. Como no se puede desaparecer de un camping vacío, a la vera de una ruta poco transitada y mucho menos de una isla, dicen que Sofía nunca existió.

 

Dicen que dicen que dicen.

 

Cuando la gente llega por tierra al sector argentino de Tierra del Fuego le dan la bienvenida nuestros tres representantes: un viento endemoniado, la burocracia de los trámites fronterizos y la carita de Sofía camuflada bajo una peluca plástica color fucsia, tal vez para recordarnos que es una nena y las nenas hacen esas cosas, disfrazarse de Barbies y también desaparecer como por encanto.  El visitante ignora que si en los recibimientos se trata de mostrar las virtudes, aquí será agasajado solo con los defectos. Es para que se acostumbre de entrada y no vaya a creer que el fin del mundo es la tierra maravillosa que anunciaba el caballero don Pigaffeta en 1520 y siguen repitiendo los operadores turísticos.

 

Viento, burocracia y Sofía, lo peor que tenemos. El primero nos llegó de regalo,  la segunda es un vestigio de nuestra historia (presidio de reincidentes y gobernación) y de la última desconocemos el paradero. ¿Y qué hay? A cuánta gente le perdimos el rumbo en esta isla de confinados antiguos y actuales donde la costumbre mas añeja es ir y venir. A lo mejor Sofía se cansó del clima, como le pasa a los que viven durante décadas en el lugar, decidió que era hora de conocer el mundo, tomó sus cosas y se subió a un camión mosquito, esos que traen autos al amparo de la ley 19.640 para vender más caros que en Buenos Aires y regresan vacíos, remontando sus armazones inútiles por la Ruta 3.

 

Todas las pistas sobre Sofía se fueron desvaneciendo como polvo. Lo peor de todo es que ella tampoco se va. No quiere irse de la isla donde nació, de las imágenes amarillentas de las lunetas de los autos, del anverso de las facturas de los servicios locales, de las conversaciones cotidianas y de la conciencia de la gente que sistemáticamente falta a las manifestaciones por su pronta aparición.

 

¡Ay, Sofía!

 

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