Sobre la oración del lobo

Reseña de Cuaderno de Juan Amauta, Alexis Comamala . Llanto de mudo. 2015. 72 págs.

¿Qué pasa con la historia cuando el presente finge urgir, cuando mirar hacia atrás se vuelve un gesto estúpido? ¿Cómo incidir en ese presente atontado de sí mismo, casa de ventanas tapiadas autocondenada a la endogamia? Más aún, y entrando de lleno en el libro de Alexis, ¿Qué pasa con la historia de la poesía cuando sólo se quiere al presente y su fugacidad más que a la misma poesía? ¿Se la tira? ¿Se la olvida? ¿Qué es, hoy, ser poeta? Las preguntas quedan y una voz firme crece entre ellas, toma cuerpo en aforismos poéticos, se obstina en creer en un destino otro al que le ofrece la tierra baldía del presente.

En la tapa vemos cómo un barquero se aleja de la orilla, internándose en las aguas de un río poblado por monstruos de formas vagas, que persiguen fantasmáticas la embarcación. Pero, ¿quién es el barquero? ¿En qué corrientes se interna? ¿De qué orillas se aleja? Quizás podamos responderlas deteniéndonos a considerar algunos aspectos de libro.

Pienso, primero, en el título operando silencioso: el cuaderno supone, por lo general, un uso privado distinto al del diario. Mientras que en éste se consignan acontecimientos recientes y estados anímicos de un yo que suele coincidir palmo a palmo con quien lo escribe, aquél (el cuaderno), aunque se mantiene bajo la dimensión privada, no llega a ser reflejo fiel de lo íntimo. Al cuaderno puede escribírselo en público; podemos  olvidarlo por unos minutos en la mesa de un bar sin temer que el próximo ocupante de la misma se entere de cosas que no queremos compartir. El cuaderno permanece siempre cerca, aunque sepamos que no vamos a usarlo, es mejor tenerlo a la mano por si los chispazos, que cada tanto nos incineran, necesitan de un soporte para cumplir su destino de fuego. Y hay algo de esto en Cuaderno de Juan Amauta, vestido bajo las prendas del rechazo a la estandarización de prototipos poéticos.

Los amautas eran los encargados de la educación del Inca, por eso, como su nombre lo indica, el amauta Juan es un sabio armado (hecho) de palabras, que levanta la voz contra un presente poético secular, como dice en una de sus prosas poéticas:  […]Pretenden que la poesía sea una máquina sin respiro, una acumulación de vanguardias y de noches sin sed, un tálamo sin vientos enroscados que ya no rocen o volteen a la historia, sino cielo despejado de emoción. Si llegas aquí, fusila a los poetas. Fusílate en la plaza más próxima, verás a la gente mirar ese pan que nadie come.

Amauta, apellidado como la mítica revista dirigida por Mariátegui en Perú, tierra de estos sabios, afila su lanza de palabras, dirigiéndola contra el residuo que deja la lógica del capital cuando se inmiscuye en el seno de la poesía: contra los poetas-no poetas, contra la tibieza que no conoce del roce de los cuerpos y que tiene una frágil memoria de cotillón.

Si ser poeta no implica, en estos tiempos, estampar versos en la aurora ni pronunciarlos en la noche oral, Juan Amauta reniega de dicha condición. Pero no añora desde una melancolía cómoda, sale al cruce de caminos sosteniendo una idea con su cuerpo (¿hay otra forma de sostener una idea?), y analoga al artista absoluto con un lobo. Dice: Cuando viaja por el mundo, el artista absoluto no descansa, divaga con su puñal espiritual y sus ropas de colores se opacan, marca a los otros como ganado, a los imberbes los cruza con su espada de fuego, a los recién venidos los injuria con su veneno de sal. Se eleva y dispara, deja la cancha sola, se mira en el ojo de dios. Amanece rezando el lobo.

La oración del lobo se escucha al amanecer pero el verso es ciego a la fe de las palabras. No alcanza con arrojarlas contra la hoja para que aflore. Hay que borrar, corromper, matar, darle espacio a la voz del otro para resistir a estos tiempos: […]Se intenta una casa que aguante el presente. No hablemos de la gloria ni del delirio, todos perecerán, ni Shakespeare ni Neruda aguantarán. Se borra y luego se escribe.

Erra el tiro quien busca saciar la sed con el brillo de lo efímero. Borrar para poder escribir. Los garfios de la grafía teclean en la máquina del poeta escribano, que no sabe más que labrar actas notariales. El Amauta Juan consigna con fuerza en las páginas de su cuaderno lo que no debe pasarse por alto. Mientras muchos aplauden al consagrado, la poesía se vuelve crónica, destino triste  para la victoria nihilista. […]ya no desierto incendiado sino solo un escritorio nuevo. Les encanta el barro pero no ensuciarse.

Por fidelidad al presente, Alexis Comamauta se posiciona oblicuamente frente a su tiempo. No escribe, borra. No se engalana con el orgullo de los tontos, insta al propio fusilamiento. Y a pesar de la evidente carga política, el libro exuda ansias de redención.

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