Sobre femicidios y crímenes pasionales

Matar o morir por amor, esa es la cuestión. En el último tiempo se viralizó la idea de “femicidio” y se alzó la bandera contra la violencia de género. Se dieron a conocer centenas de casos donde el final es el mismo: una nena o mujer muerta rodeada de injusticia. Si además se le agregaba la violación como ingrediente, el morbo es mayor.

El control sobre una vida (de)pende de un hilo: del grado de manipulación que haya. De “hablás con quien yo quiero que hables” y miradas amenazantes. De platos rotos y gritos. De “Ah, querés que te cojan los demás pero no querés cojer conmigo”. Hermanas, primas, tías, llenas de moretones, apagada su luz femenina, con los ojos hinchados de llorar, a la defensiva. Todas conocemos a alguna que lo sufrió.

El 15 de julio de 2015 se condenó con cadena perpetua a Jorge Mangeri, el portero del edificio de Ángeles Rawson. De a poco hay cuentas pagadas. Tarde, sin dudas, pero seguro. Desde que se nos consideró lo suficientemente inteligentes como para salir a votar, a trabajar y a ocupar cargos importantes. Pero todavía somos inferiores, porque nuestra sociedad sigue siendo patriarcal, porque él paga la cuenta y ella es la que plancha, cocina, lava, además de ganarse el pan ocho horas al día y cuidar a los chicos. Tenemos que dejar de reproducir ese modelo que nos inculcaron. Qué orgullo me daría si mi hija quisiera estudiar para recibirse y ser su propia jefa y mi hijo quisiera ser niñero o maestro de escuela (“señorito”). Qué orgullo me daría si mi hija quisiera abortar y pudiera. Qué orgullo me daría si yo no fuera puta y él, ganador.

Desde Ángeles Rawson hasta acá, hubo miles más. Alguna sigue desaparecida, tirada al lado de la ruta o hundida en las aguas de quién sabe qué mar. Y no serán las últimas, porque nuestro sistema gobernante es machista. Porque el poder no es heterogéneo. Pero nuestra lucha, por todas ellas y por nuestras hijas, es bajar la barrera. Porque nadie mata con amor, no existe tal crimen que derive de una pasión. Aprender, educar, concientizar, reclamar. Unir nuestras voces en un grito de “Ni una menos” para llegar a más.

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