Soacha

 

Uno nada cómodo entre las generalidades hasta que un día nos cuentan de Soacha. Poner la mirada en el detalle, describirlo, siempre es un desafío.

Nos acercan a Soacha.
Nos dejan oler un ratito a Soacha.

Soacha es un pueblo en el estado de Cundinamarca.
A un kilómetro de Bogotá, Colombia, allende Macondo.
511.262 habitantes.
511.262 la habitan.
Hacen de ella su hábitat.
Se enamoran y van al baño.
Se ríen y se pelean a trompadas.
511.262 a veces tienen trabajo y otras muchas tantas, no. Sus calles de tierra, el colorido de los vendedores en carro, la alegría que transita la ropa, es realmente tan bello, tan refrescante para la mirada de cualquier porteño gris alabador de matices en esa gama.
Mi Buenos Aires casi no tiene color.
Soacha baila sobre colores.

Las casas casi no tienen revoque externo. Visto de arriba, el color del ladrillo es una llanura colorada que crece hasta las montañas, que se acuna bajo el arrullo de las cataratas.
Que huele a selva, a perfume de frutas, a río, a arroz con leche. La montaña mojada acaricia a 511.262 habitantes de Soacha.

Poesía.
Sus acantilados son poesía.
Todos los caminitos de tierra conducen a paisajes de poesía.
Todo les pertenece.
La selva.
La montaña.
La miseria.
Uribe.

En el año 2005, el gobierno de Uribe, por medio de su ministro de defensa, Camilo Ospina Bernal, firmó la directiva 029 que ofrecía $3.800.000 (unos 1900 dólares) por cada guerrillero o paramilitar muerto.
La cacería tenía buen precio.
La escena de la guerra, a estos tipos, siempre les resulta fascinante.
Y toda guerra necesita muertos. Unos u otros.
Si no existen se fabrican en minutos.

Un tal “Pedro”, en 2008, comenzó a reclutar jóvenes en Soacha para un trabajo fuera de la ciudad.
Entre 200.000 y 1.500.000 pesos pagaba el Ejército colombiano por ellos.
Los engañaron. Los secuestraron. Los torturaron. Los fusilaron. Los regaron en el norte de Santander y llamaron a los medios para documentar la batalla victoriosa.

El 7 de octubre de 2008, el presidente Uribe en conferencia de prensa anuncia el éxito de la campaña del Ejército contra la guerrilla con el abatimiento de una importante célula en Ocaña.
La foto del cabecilla de la célula que circula en los medios es de Fair, un joven desaparecido de Soacha el 8 de enero de 2008 y ejecutado por los militares el 12 de enero. Enterrado en una fosa común como NN en Ocaña.
Fair era analfabeto. En el documento de los medios, Fair, que era zurdo, tenía el arma en la mano derecha.

Se conocen en el mundo como los “falsos positivos”.

Uno dice 511.262 habitantes y ve solo un número. Yo soy un número. Usted es un número. Casi todos en el mundo somos un número, salvo algunos muchos que también por eso tienen más problemas.
Decir 511.262 es decir cielo o papa frita. Lo mismo da. 511.262 es equivalente a X en cualquier cuaderno de un niño.
511.262
511.262

María es la madre de Estiven. Es una unidad dentro de los 511.262. Solita ella, su número que es ella y Estiven que era actor. Era un artista sin trabajo a los 16 años. Sin pretensión de marquesinas, arremangado en una promesa de obra de albañil para pagar la garrafa de ese mes.
Estiven era flaquito y también tenía su número. Y una voz hermosa. Y una novia, seguro, con esos ojazos.
Estiven tenía una voz, la que llamó a su madre un día después de salir hacia una entrevista de trabajo y le dijo que no podía hablar.
Que estaba bien.
No dijo dónde.
Se cortó la comunicación.

María esperó. Como cualquier madre esperaría el regreso de su hijo. Con un miedo helado en la sangre, con el alma y la plegaria puesta sobre él.
Estiven no volvió.

María esperó 48 horas.
2880 minutos sin pensar en otra cosa que Estiven. Quiso hacer la denuncia en la comisaría de Soacha pero allí le dijeron que debía ir a Cundinamarca.
Y María fue.
Ella y su número corrieron a Cundinamarca pero allí tampoco le tomaron la denuncia.
Allí sonrieron y le dieron agua, le aseguraron que Estiven debía estar con alguna chica. Y le dijeron que si quería hacer la denuncia debía ir a la fiscalía en Bogotá.
María ya no tenía dinero para otro pasaje.
Y volvió a su casa.
Y esperó.
Una semana.
Su número y ella fueron a la fiscalía de Bogotá, donde sin ninguna reverencia le dijeron que debía hacer la denuncia en la comisaría de Soacha y que pase el que sigue. María los mandó al carajo y les contó este mismo caminito, sin miguitas de pan para Estiven que no volvía, ni ayer ni hoy ni otra cosa que la esperanza de que volviera mañana.

Pero no volvió.
Y María, con su número cansado volvió a la fiscalía donde encontró muchas madres que no encontraban a ningún Pulgarcito. Que catorce jóvenes habían salido a ver un trabajo y nunca más.
Nunca más.

Meses.
Seis meses.
María lloró y dejó de llorar y siguió llorando, rezando, rogando, con el alma quebrada en tantas partes que pudieran caber en el universo donde Estiven debía estar. En cualquier lugar pequeñito del universo donde pudiera estar. Donde estar contenía en el pensamiento el más amplio espectro de la palabra estar.
Cómo puede una persona no estar.
Cómo puede un hijo no estar.

Yo sé que lloró”, dice María. “Y me ha llamado a mí, seguramente”.
Quién va a discutírselo ¿verdad?
A quién llamaríamos en nuestro terror sino a mamá.
María lo sabe cuando el forense le levanta el cuerpo de Estiven, el cuarto cuerpo de una fosa común en un campo en Ocaña donde con permiso del gobierno se entierran personas NN abatidas por el Ejército.
El cementerio está repleto.

En un plástico blanco gigante se pierde el cuerpito del niño. De pronto es solo un bebé chiquito, con sus ojos pegados de miedo, con sus manos cruzadas de susto.

Mamita, soy yo.
Mamita, acá estoy.
Mira lo que me hicieron, mamita.

 

Discusión (0)

No hay comentarios para este documento aún.

La generación de comentarios ha sido deactivada en este documento.