SINFONÍAS DE ASFALTOS

Día a día están ahí. Presentes en los rincones de la Cuidad de Buenos Aires. Son artistas callejeros. Personajes urbanos que reiteradamente vemos, pero desconocemos. Esta es la historia de uno ellos. Federico Ibarra Casanche es un joven de veinticuatro años oriundo de la localidad de Ramos Mejía, partido de La Matanza. Todas las semanas se dirige a la ciudad porteña para desempeñarse como músico callejero.

El concierto se desarrolla con un auditorio infinito y efímero, compuesto por un vasto collage humano con edades, apariencias, orígenes étnicos y religiosos diversos. La mayoría direcciona su mirada hacia Federico atraídos por la música, incluso comentan sobre el show. No obstante, la función es interrumpida por problemas técnicos. Dos teclas del instrumento se pegan producto del estado del mismo y el clima. Lo sucedido deja ver una de las tantas adversidades a las que se enfrentan los artistas ambulantes. “El músico callejero tiene la habilidad de adaptarse a cualquier situación. Estás vos solo con tu instrumento y tenés que tocar, pase lo que pase”, confiesa el intérprete. Luego de limpiar las teclas continúa con la performance.

Al verlo vivir las emociones que le despierta la música recuerdo lo que contó en el viaje acerca de su compromiso con la actividad y el público: “Busco dar lo mejor de mí y transmitir algo. Todos los días es un show para la gente de minutos”, expone el joven. Para cautivar a ese espectador a pie, el artista hace gala de una lista de temas muy heterogéneos, inclusive con composiciones propias.

– El repertorio es variado. Tengo música clásica, que es la que más pega. Rock popular y un par de canciones más.

Se hace camino al andar

Nueve de la mañana del jueves 13 de julio en la estación de tren de Ramos Mejía. Distinguiéndose entre la muchedumbre, Federico se aproxima y me saluda. Posteriormente coloca un sombrero bombín negro sobre su cabellera tenida de verde y acomoda sus amplios anteojos. Su look se completa de una campera celeste con mangas negras, acompañada por una bufanda y un jean “achupinado” que denota su delgadez. En la espada carga una mochila de “Star Wars”, y al lado lleva su teclado.

Al arribar a la parada del 166, previo pago de un boleto de $14,75, comienza la travesía hacia Palermo. Durante el recorrido, Federico, alias “Meshi”, comenta que inició en el arte callejero hace un año como consecuencia de haber sido despedido del estudio contable en el que trabajaba. Para más luego relatar detalles de su nuevo trabajo, donde la palabra es clave.

– Hay terminales en las que no hablás con nadie. En cambio, en las estaciones centrales siempre hay puesteros con los que tenés que conversar. Aunque peor son los de Metrovías que a veces te hacen quilombo. Pero heavy fue la de un colectivero que me quiso llevar a la comisaría. Igual hablando uno se va armando su lugar.

Además de artista ambulante, Federico estudia la carrera de Contador Público en la Universidad Nacional de La Matanza, quedándole sólo siete asignaturas para recibirse. También realiza el conservatorio de música en el “Parisienne” de Isidro Casanova. De este modo, el oficio, más la ayuda de su padre, le permite solventar estas y otras actividades.

Pasadas las diez de la mañana llegamos a la parada de Pacífico y entramos en la línea del subte D, un red de transporte que se extiende por 10,5 kilómetros a lo largo de 16 estaciones, con destino a Catedral.

Bajo fondo

En la estación de Catedral, Federico se prepara para el último recital de la semana, la cual comenzó el lunes con cuatro horas a pura música. El lugar elegido es en un islote de concreto y cerámica que congrega las líneas de subte A, D y E. Con tranquilidad se quita la mochila, la campera y la bufanda. Sin el abrigo puede verse en su antebrazo un tatuaje que dice “Vieja te amo”.

Al retirar el teclado de la funda coloca encima de esta un cartel con la frase: “You may say. I’m a dreamer. But I’m not the only one”, de la canción “Imagine”. Debajo están sus redes sociales de Facebook e Instagram “@FedericoMeshi” y distintos dibujos hechos por su novia. Una vez sentado en el suelo sitúa sobre él a “John”, un teclado Casio gris LK 100 que lleva consigo más de tres años, bautizado así en honor a su ídolo John Lennon. Según él eligió este tipo de instrumento, porque aparte de ser completo posibilita aflorar más expresiones.

Con el tiempo pasa la primera persona en entregarle plata. Es una señora de unos cincuenta años que deposita $10 en el sombrero bombín. A partir de este hecho, cada vez más individuos retribuyen con dinero la música del artista. En un lapso, Federico efectúa un alto para tomar agua y fijarse la hora, dado que a la una de la tarde debe empezar el otro recital en la estación Pueyrredón.

Cerca del mediodía aumenta el caudal de personas, entre ellos emerge un muchacho que le pide permiso a Federico para grabarlo con su celular.

– Espero que te haya gustado, replica el tecladista.
– Sí. Un poco de tranquilidad, contesta el joven, que al irse le deja $5.

Son las 12:30, y es hora de trasladarse al otro escenario. Federico agarrar el dinero y lo guarda dentro de la mochila. Además de plata encuentra un papel escrito que dice: “Gracias por estar acá, musicalizando mi rutina. Me levantás el ánimo. Have comes the sun”. La satisfacción invade su cara por ese mimo recibido. El regocijo vine por partida doble, ya que a este ritmo la recaudación al final del día puede superar el promedio de los $250 que hace por jornada. Después de recoger todo lo demás inicia el nuevo viaje.

De música ligera

El paisaje en la terminal Pueyrredón se repite entre “arte urbano” y publicidad invasiva. Localizado en uno de los brazos de la estación, el túnel está engalanado por un mural de más de 140 metros del artista plástico, Gustavo Reinoso. Antes de tocar, Federico repone energías comiendo un churro. Al finalizar comienza con el espectáculo y raudamente llegan los primeros pesos.

Transcurrido un tiempo pasa una niña que al escuchar el minué de Johann S. Bach se pone a bailar, y otra chica que al finalizar un tema lo aplaude. Son este tipo de gestos uno de los principales beneficios que el músico encuentra de tocar en la calle.

– Que alguien te agradezca, aplauda e incluso te deje plata por lo que haces te llena de energía. Es genial.

Sucedidas dos canciones más concluye el recital con “Imagine”. Luego de guardar todo es el momento de regresar, debido a que el joven tecladista tiene que a ir a su clase de piano en el instituto “El fogón”. Mientras esperamos el subte, en la estación Santa Fe de la línea H, aprovecha para invitarme este sábado a una presentación que hará con su hermana melliza, Florencia. Ya en la estación de Once subimos al tren y cerca de las 15:45 de la tarde arribamos a Ramos Mejía. Después de aproximadamente 45 kilómetros recorridos y más de seis horas, Federico desciende de la formación finalizando una nueva semana de gira musical por las profundidades de la Cuidad de Buenos Aires.

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