Si total

No importa, si total no vuelven más los otros que se robaron todo.

Click. Empieza la cinta.

La luz de noviembre se apodera lentamente del ventanal, derritiendo el sopor del parque colindante. Escapan al cielo las voces en los nidos, alabanzas al dios que encandila el horizonte, sin dudas el unico, el mío, el tuyo, el de todos.

La puerta se abre y se introduce un afable señor, sonriendo mientras se saca con delicadeza los lentes Ray Ban, pero sin despegar el IPhone de la oreja: las señas de un tipo ocupado. Incluso un domingo, aún todo empilchado con chomba Lacoste y pantalones JCR (Juventud Comunista Revolucionaria? No, parecido: Jockey Club Rosario). Sería una lástima que terminase remojado en café, cuando en unos instantes, aún simbiotizado con el celular, y contemplando con deleite el Paraná diamantino, ordene su desayuno desde la terraza del bar.

“Que quilombo lo de esta ley, pibe. Para qué tanto quilombo, a ver, es verdad que van a recortar la jubilacion, pero en unos meses vamos a salir ganando, va a estar encima de la inflación”.

Respondo brevemente y para cuando el vuelve a la carga, yo ya tengo muy lejos la mirada, perdida en la curva brillante del río. Que hermosa mañana, tan espontánea, bien ajena a la rutina y a la muerte silenciosa de la ciudad que despierta. Pero no hay caso, aquello me arrebata con fuerza, me extrae de la realidad. Una vez mas estoy cayendo en las redes de una ficción anónima.

… “como te decía, que se yo, la verdad, puede ser que esta ley sea una porquería, uno ya no sabe que pensar. Pero no importa, total”…

No importa. Total. Totalitario. Totalitarismos.

Erase una vez, muy pero muy lejos de este hombre y de mi paciencia coagulada, una Mujer: Hannah Arendt. Judía profuga del nazismo, registró con inigualable profundidad y lucidez cada engranaje de esa maquinaria surreal, abocada absolutamente a la muerte y la sumision. Una que, de todos modos, no estaba hecha solamente de fuerza bruta, porque como dijera Marx: ningún poder político puede sentarse en la punta de sus bayonetas. Siempre hay algo más contundente y doloroso: la penetración de la mente.

La contingencia del mundo 

¿Cómo fue que caló tan hondo en las masas alemanas el relato de la lucha de razas? La respuesta que ofrece Arendt es sencilla y cruda: por el miedo, o mejor dicho terror, a la incomprensión del mundo.

El ser humano es, por inercia de milenios, un homo timidus. Vive aterrado, se caga en las patas, pero no por culpa de la oscuridad o de la suegra, sino ante un elemento más irracional aun: la contingencia del mundo. ¿Qué es contingencia? Lo contrario a la necesariedad (que no es, para nada, semejante a la necesidad; es más bien su prima teleológica) la supradimension de las leyes elementales, de lo inexorable, de los causa-efecto previsibles que concatenan la armonía cósmica.

De Aristóteles a Newton, la norma de la ciencia fue dar por hecho que el mundo era algo así como una máquina perfecta. Pero el siglo XXI y sus aberraciones, casi coincidieron con una nueva oleada de descubrimientos que revolucionarian la fisica (engendros de Einstein y otros). Uno de ellos, casi tan relevante como la bomba atómica, fue que el universo vendría a ser una máquina destinada prácticamente a nada; excepto quizas, a fallar continuamente. Esta, por otra parte, vendria a ser una disfunción virtualmente ficticia, porque de entrada no habría existido nunca función alguna. Si algo no esta construido para lograr un objetivo tal, sino que cae por azar en medio de la nada cosmica y provoca al tuntun un sinfín de efectos, naturalmente estos no serán ni buenos ni malos, porque no habrá regla o propósito a los que referir ni aciertos ni desviaciones.

Eso al parecer sería el cosmos contingente. Una inmensa no-maquina, tanto como viene a ser no-arte la flamante obra de Marta Minujin (maldita coyuntura de la posverdad). O sea: un caos más o menos compacto que dispara pedos o flores según la circunstancia, y la apreciación valorativa corre exclusivamente por nuestra cuenta. Es una suerte lamentable, esto de estar atrapados en una supraentidad o dimensión que es caprichosa hasta el infinito. Aunque quizás sea aun peor: quizá la cagamos nosotros, al encender la vela minúscula de nuestros caprichos, los únicos que jamás han existido, y que se han quedado boyando en la negrura de la eternidad.

Pues bien, dicho esto, es del todo visible por qué el ser humano teme a lo contingente. Vivimos apegados a la necesidad de control y a a la idea de un Plan (mayusculo): nuestras vidas están regidas por metas, rutinas e ideologías, nuestras ciencias penden de esquemas rigidos y elitistas, nuestra politica esta reducida al confort y a la impasividad frente a la depredación planificada de los poderosos, nuestra religión, es desde ya, desde el principio de los tiempos, la búsqueda de un Primerisimo Planificador Inefable, o sea Dios, el que es así y es así y como si fuera poco es también el que hace que todo lo demás llegue a ser así y no de otra manera (tal es la pasmosa sencillez ontologica en la etimologia hebrea de Yahvé, el nombre del omnis pater más famoso. Imaginemosnos cuanta necesidad tenia Moisés, con los cojones hasta el cuello en medio del desierto, puesto a liderar de prepo una horda de bárbaros, cuanto apremio tenía de persuadirlos -ya volveremos sobre este Verbo- de que todo el caos primigenio pre-civilizatorio encarnado en sus depravadas formas de vida, era un hecho contra natura. Y que en consecuencia, debía ser corregido bajo el yugo tirano de una poderosa fuerza/ley impersonal. Esta quaestione deuteronomica sigue siendo drama central de nuestra civilización, aún cuando hemos cambiado desierto por rascacielos y maná por delicias marinadas en glisfosato y hormonas).

 Los culpables

Pero desde que sabemos que el universo es contingente, Dios ya no consigue caber en el. El Rey ha muerto, y en la guillotina de la burguesia revolucionaria para ser más precisos. Su fantasma, no obstante, vagabundea todavia en las regiones sublunares de nuestro orgullo, el verdadero órgano omnilatente que gobierna nuestra sangre.

Eso dentro nuestro no pudo digerir jamas la evidencia ultima e irreversible de que el hombre es un gusano. En el fondo, sólo hemos inventado (creatum) a Dios para sentirnos nosotros mismos una especie divina, para justificar con un solo golpe de magia esa siempre difusa, cambiante y escasamente mágica condicion de “humanidad”. Un enano sobre los hombros de un gigante sigue siendo un enano, pero sucede algo peor aun: se vuelve enteramente incapaz de aceptarlo.

Razón suficiente, para que nos regodeemos de loco placer cuando viene algún equipo de maniaticos frios y calculadores a explicarnos que no, que todo lo aciago que le pasa a uno tiene un sentido, por un lado “bueno”, encaminado a un futuro paradisíaco, y por el otro “malo”, que fija el pasado como Caja de Pandora, region de la culpa. Pero la caja la abrio Pandora, Eva posó sus sensuales y condenados labios sobre la manzana, de modo que además, tenemos un culpable. No es casual que la mujer protagonice estos mitos, de hecho, se trata siempre de minorías culpables.

Los judíos. Alemania no se hundió en la ruina porque en las guerras se gana o se pierde y el azar quiso lo segundo. No: fue culpa de los judíos (en realidad, si hay que responsabilizar –verbo que creemos más genuino y digno que “culpar”- a alguien, es a las burguesias inglesa, francesa y estadounidense, pero bueno, no son lo que esta más a mano, no si todavia te separa de ellos unas cuantas victorias y conquistas). Pasan entonces a ser los judíos quienes estan en las bambalinas de la historia entera, quienes han corrompido y subyugado con el poder del dinero a las potencias rivales, e intentan ahora hacer exactamente lo mismo con Alemania.

La desgracia del obrero echado a la calle tras el crack del 29, que provoca en este la desazón más profunda y la incapacidad de encontrarle coherencia y sentido a toda una existencia, es rapidamente redimible por lo único que queda de consistente entre tantas ruinas y maremotos. ¿Qué cosa? Nada menos que un grupo de fanáticos que no huye, que va por el poder total, que despliega un relato compacto, autoconfirmable hasta el infinito, y que parece tener la clave de todo: conoce al culpable.

El detectivismo esta en la base del Poder. Si hubo un culpable, todo vuelve a tener sentido. El mundo era bueno y corría en un rumbo, hasta que el judío metió las narices y ahí recién se fue todo por la borda. Gracias a Dios el Mal primigenio que esta en todas las cosas y que parecía contingente e incontenible, sólo sigue las leyes de una conspiración perversa pergueñada por doce rabinos (SIC, googleese, “Protocolos de los Sabios de Sion”) Si la amenaza tiene nombre, podemos anticiparla, clasificarla, aislarla, exterminarla. O al menos convencernos (a nosotros y a todo el mundo) de que lo hemos hecho.

 Los simios

El hombre odia y mata por cagón. Si aceptara la naturaleza caprichosa del universo, esfumaría sus propios caprichos y ya no se abandonaria a emociones extremas, capaces de distorsionar la realidad, poniendola en bandeja para un par de tipos organizados y decididos a hacer de esa distorsion-emoción el fundamento… ¿de que? Del Poder, capricho máximo, el intento más duradero de poner en marcha un Plan celestial. Uno que tarde o temprano se derrumbará bajo su propia voracidad, pero que en el mientras tanto, puede jugar a ser Dios con todo lo que este a su paso.

Total… “Total no vuelven mas los otros”. Quienes? Los Kirchner. No, no se trataria de una familia de judíos de la Alemania Nazi. Ahora estamos en la Argentina de Macri.

((Ojo, esta casi de mas aclarar que Macri es un bebé de pecho al lado de Hitler. Un imberbe de alta cuna que en este momento pasea por Villa La Angostura en shorcitos (SIC) mientras el maximo mandatario ruso atiende a las familias de los 44 Ara San Juan, y se compromete a rastrillar por completo ese puto mar ingles (SIC SIC) hasta encontrar la nave sumergida. En fin, nadie acusa a Macri de la inteligencia de un dictador (sí, hace falta inteligencia para ser un “asshole god” parafraseando a Black Mirror, Temporada 4, Episodio 1). Y lo que nos interesa precisamente no es hablar sobre fierros, vallas, balazos de goma, muertos en la Patagonia y etc del lado represivo del actual Gobierno. Concentremonos un segundo en el otro aspecto, aún mas vital: el persuasivo)).

¿Como gana Macri? Cito a Jaime Duran Barba, el Zannini del PRO: “El electorado está compuesto por simios con sueños racionales que se movilizan emocionalmente. Las elecciones se ganan polarizando al electorado, sembrando el odio hacia el candidato ajeno (…) Es clave estudiar al votante común, poco informado, ese que dice “no me interesa la política” (…) El papel de los medios es fundamental, no hay que educar a la gente. El reality show venció a la realidad…”

De Poncio Pilatos hasta acá, el nudo central de la estrategia política es saber cómo lavarse las manos. Sobre todo si absolutamente todos tus planes de gobierno son el reverso de las promesas de campaña. Para ese fin, el chivo expiatorio es la carta maestra. Corresponde al “polarizar” del lenguaje de Duran Barba, es decir, inventar un enemigo. O lo que se llama, hipergastadamente, “La Brecha”.

El macrismo proclama a los cuatro vientos sus intenciones de cerrarla, pero todo su relato se construye exclusivamente sobre esa “garantía”, una de tantas que han quedado cinicamente auto-desmentidas. Pareciera que pudiese pasar 1 siglo de poder M, y este seguiría agitando el fantasma de la letra K, aún cuando la hubiese extirpado del abecedario. Esa es la cuestión: tener entrentenida a la plebe con un rival de cotillón, un holograma confeccionado con luces de espectáculo, la jaula del león in the spotlight del círculo romano.

Ante lo contingente de un país que se hunde, se levanta, se hunde, se levanta, y así en un ciclo eterno, el hombre masa promedio necesita una explicación. La que le da la democracia rioplatense es la más antidemocrática, pero es la que mejor persuade: la revancha. Fueron los que estaban antes. Listoo. El perro ya fue por su hueso.

“Pero no importa – siguió el viejo concheto. – Total no vuelven más los otros, que se robaron todo”. “Se robaron todo”. Todo, todos, que palabra total. Articulada en el grito, real y sincero de una adolescente violada por veinte compañeros de curso, tiene la misma carga de dramatismo, con las diferencias evidentes. (Curiosamente, en esta sociedad perversa, a la piba muchas veces no se le cree, pero sí al señor retransmisor de Clarín). Parece acá que el ciudadano argentino se rasga la camiseta mirando al cielo con ojos lluviosos de mártir eterno.

Agrandemos la escena. Al lado del despojo gimiente que se revuelca por el cesped recien cortado, hay una pileta como para cuarenta personas, un poco más lejos, ahi está, claro que ahí está, la 4×4, la indispensable, emblema de masculinidad y poder familiar. Ahora subí el drone todo lo que puedas y… aah, que maravilla, que Caserón Nerón, y mirá, hay un montonazo, todos igualitos. ¿Y que es eso que recubre el perímetro de este barrio deluxe? Parece una muralla, ¿que carajo pasa, viajamos a la Edad Media? No, se trata del (pos)moderno apartheid de los ricachones, burdamente llamado “el campo” en lengua anglosaxon. Metonimia sardonica que pretende una paz outsider, alejada de los conflictos urbanos.

En resumidas cuentas, uno no entiende que le robaron al señor que sorbe su café mirando el río, inmerso en una pausa bendita que corta en vuelo el cassette, aunque, claro está, lo siga escupiendo con los ojos nada más. Brilla en ellos esa “necesidad” compulsiva de autoconfirmación: concedeme pibe que hoy, por fin, nadie me roba. El hueso atrapó al bulldog.

Los responsables 

No discutiremos aquí si efectivamente le robaron o no, o cuánto, o si le robaron a otros (que sería una inquietud mucho más válida, superadora de la clasica estrechez individuadora-liberal). Lo que nos interesa mas es establecer una marca temporal: Hoy digamos, ¿le están robando los que le robaban? Pues no, como él mismo nos asegura hasta el cansancio. Lo cual en una ecuacion logica, debería aliviarlo. Pero caso contrario, he aquí que nos encontramos con las marcas de la compulsión, hermana de la fantasía.

El tipo por fin tiene lo que siempre quiso pero sigue, misterio, super nervioso. Repreguntemosle: ¿Hoy, le están robando? Lo ignora. ¿Y como era eso que decía de que la ley es una porquería? ¿Usted cree que van a tocar la plata de los jubilados? “Sí, pero no importa, como te decía, los que robaban no vuelven más”.

En una sola afirmación establece el robo como una acción que se mantiene en el tiempo presente, y luego enseguida se contradice, enzarzado en la pelea con un fantasma que el mismo ha declarado muerto. Ahí está todo el logro magistral del goebbelismo, duranbarbismo, cinismo planificado. Recordando a los que te robaban no registras a quienes lo están haciendo ahora mismo, minuto a minuto. El enemigo real, o de última actual, esta ante tus narices, pero vos estás ido, con la mirada perdida en el río turbulento, que como dice Heráclito, no pasa un día de ser el mismo, y sin embargo, solamente vemos en él las miasmas de siempre, las humaredas, los espejismos que el Poder erige sobre él como un manto.

La mitad del país hoy se encuentra en ese trance: como víctimas del Alzehimer, meciendose junto a una ventana de marcos y vidrios completamente negros, que no muestra el afuera sino que lo recicla, disecciona y reconstruye degradado a fantasía barata de fácil repetición. Repetir una y otra vez lo que emerge de ese abismo, esa es la locura del Hoy.

¿Que contestarle al señor de los aforismos de oro? Me miraba fijamente por encima de su taza de café, interrumpida al fin la transmisión por esa bebida prodigiosa, amarga y seductora a la vez, que en ese momento oficiaba de Mesías impersonal, seccionando la historia en dos Paranás paralelos. ¿Contestarle? ¿Para qué? ¿Callarme y contestarle a él y a todos y a mí mismo por esta vía de escape virtual? Y dale.

Cierro este relato (con minuscula, porque el Relato es el océano tormentoso en el que tratará de no perderse) aclarando que el señor, o mejor dicho, el viejo (palabra no deshonrosa che, se decía “vietus” allá hace unos 2000 años, con esa nobleza de timbre del hablar de los romanos, y significaba: “el que lleva tras de sí una vida”; llevar la vida, como una mochila, un arco, o un arpa trovadora, hermosa metáfora) el viejo era un jubilado él tambien, con una buena jubilacion como minimo. Pero no era de los de la 4×4 y el country; les extiendo mis disculpas por haber desarrollado esa impresión.

Y por ello procedo a destruir lo que no era mas que un recurso literario, extrayendo de su agonía el único fin verdadero que tuvo desde el principio: gente, no nos olvidemos, que no son precisamente ricos los que han perdido la sensibilidad a las heridas, tanto de la carne colectiva, como de la propia. Tampoco quiere decir que ellos detenten la culpa (ese pedrusco tan fácil de arrojar), pero son el jurado de este tribunal histórico, y están eximiendo a los responsables. Son los persuadidos. Los simios. Los creyentes de todo y escépticos de lo más importante: unos recalcitrantes, que reniegan de la fatalidad y la contingencia del cosmos. Así una vez más, intentando suprimirla por decreto, han vuelto a quedarse indefensos frente a ella. Y justo ay, cuando (vaya mala suerte) esta se acaba de despertar embravecida, poseída por una vorágine de insaciedad y descontrol. Nos ha descubierto de repente. Por fin nos observa, fijamente, aun en este momento, contrayendo con dureza cada músculo de la cara.

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