Ser mujer y encima indígena

Bajada: Se acerca una nueva marcha del #NiUnaMenos donde todas las mujeres del país saldrán a reclamar sus derechos. Bueno, no todas. Las comunidades indígenas siguen invisibilizadas y las mujeres allí sufren las mismas violencias de género que cualquier piba, sólo que no tienen los medios ni el acompañamiento del Estado o la justicia para contarlo.

Es 8 de marzo de 2017 y me encuentro de visita en mi Posadas natal, caminando por el centro de la ciudad a eso de las 17. Se acerca la hora en que todo el país, como volverá a suceder este 3 de junio, está convocado a reivindicar las históricas luchas femeninas por el Día de la mujer: acabar con los femicidios, reclamar igualdad en las condiciones laborales entre el hombre y la mujer, romper con el sentido común machista y patriarcal, gritar a viva voz #NiUnaMenos y #VivasNosQueremos. En la capital misionera, la convocatoria es en la plaza central “9 de julio”, pero hay un evento paralelo que acabaría por llamar aún más mi atención.

A unas cinco cuadras, en la plaza “San Martín”, se lleva a cabo un acto que reunía a 90 comunidades indígenas de distintas localidades de la provincia como Almirante Brown, Concepción de las Sierras, Pozo Azul, Iguazú, entre otras, donde se recuerda a personalidades femeninas de origen nativo y las mujeres presentes se acercan al micrófono a dar sus testimonios, en guaraní y en español, acerca de momentos en que sufrieron la violencia machista de cualquier modo. La plaza se llena de familias indígenas que toman tereré, escuchan los relatos y la música, mientras otras aprovechan y venden sus chipas y bollos. Las pibas visten collares y polleras largas, los pibes camisetas de futbol y pantalones gastados y sucios. Los más chiquitos corretean y juegan en las fuentes y los monumentos.

La plaza 9 de julio estaba llena. La plaza San Martín, ni cerca. En esta última conocí a Reynalda y Roxana, de la comunidad mbya guaraní de San Ignacio.

Reynalda es casada, tiene dos hijos, estudia y trabaja. Roxana también estudia y es enfermera, al mismo tiempo que planta mandioca, maíz y batata. Reynalda me cuenta que su marido se emborracha y la golpea frecuentemente. Roxana, por su parte, no recibe ayuda de su marido en la chacra y prefiere no reclamárselo por miedo.

“Las mujeres indígenas no saben que tienen día de la mujer”, me dice Reynalda, sin titubear. La charla no puede ponerse mejor a partir de entonces, y yo empiezo a reflexionar. ¿Por qué no son igual de visibles los casos de violencia machista ejercida sobre las mujeres indígenas? ¿Cuánto lugar hay para sus historias dentro del feminismo?

En la comunidad de Reynalda no hay una organización exclusivamente de mujeres, pero ella sabe que en otras sí existen, aunque aisladamente. En su caso, no lo tienen porque se mudaron de territorio hace poco tiempo. En otros, por desinterés de ellas mismas o de las agrupaciones de la ciudad en incluirlas.

“Las mujeres indígenas no saben que tienen día de la mujer”

El feminismo es en este momento el movimiento más fuerte y capaz de cargar en su mochila al sector más amplio del campo popular y sus luchas. Sin embargo, la lógica etnocéntrica que rige el sentido común de nuestra sociedad occidental sigue alejándonos de los problemas cotidianos, incluyendo los de género, de los pueblos originarios que sufren una persecución y violencia institucional constante.

“Hay muchas formas de hacer violencia, no solamente física. Dentro de la comunidad, también es de pensamiento y de las exigencias a todas”, argumenta Santiago Escobar, cacique de la comunidad de Fracrán y miembro del Consejo de Caciques de Misiones. En el resto del acto, la voz de Escobar y otros referentes resuena denunciando la explotación sexual y la esclavitud de muchas mujeres en distintas comunidades, cuestiones graves cuyo tratamiento en la justicia es ineficiente. La invisibilización de los pueblos originarios en las agendas de políticas públicas y de los grandes medios de comunicación es sistemática y contribuye a un modelo de exclusión hacia la cultura nativa que se profundiza cada vez más con el correr de los años.

“En nuestra comunidad es lindo vivir, pero cuando salimos al pueblo, ahí sí nos discriminan, nos dicen malas palabras, que somos ladrones, que robamos”, se lamenta Reynalda. “En realidad no somos de malas palabras ni robamos, solo queremos disfrutar la vida”.

En San Ignacio se encuentran las Ruinas Jesuíticas, uno de los puntos turísticos más concurridos del NEA, y es allí donde Roxana y Reynalda venden las artesanías que hacen los hombres de su comunidad. Lo que pasa seguido es que cuando llegan a las Ruinas, los comerciantes y artesanos del lugar las echan porque les dicen que sólo ellos tienen el derecho de vender allí.

Esta discriminación que sufren las dos pone de manifiesto cómo se construye la otredad sobre los pueblos originarios: el racismo, la discriminación y la exclusión operan en micro universos cotidianos para los mbya guaraní en Misiones, los qom en Formosa, los mapuches en el sur, los wichís en Salta, entre otros. Para ellas, no solo por ser indígenas sino también por ser mujeres.

Para revertir esto, podemos pensar en una amplitud del Estado y la justicia para que las estadísticas oficiales incluyan los femicidios en las comunidades indígenas; leyes que acompañen a las víctimas de la violencia machista y políticas públicas que se hagan presentes en las comunidades. Sí, suena utópico en un contexto político donde se vacían los programas contra la violencia de género y donde Milagro Sala lleva más de 500 días presa, pero no podemos dejar de luchar.

A través de la organización, llega la esperanza: casos concretos como la Marcha de Mujeres Originarias o el Foro de Pueblos Originarios, Genocidio y Argentinización son algunos ejemplos que deben inspirar y contagiar la visibilidad de todas las comunidades a lo largo del país.

“Somos mujeres y tenemos derecho de hablar de nosotras”, me tradujo Reynalda al español de lo que dijo Roxana, en palabras aquí más valiosas:

“¡Ore avei kuña; ha tekotevê roñehenduka!”

Discusión (1)

  1. Mas allá de fronteras geográficamente establecidas, se puede compartir claramente el mensaje. Acá en Uruguay se está en un proceso similar en cuanto a la figura de las migrantes (porque lamentablemente los pueblos originarios fueron prácticamente aniquilados)
    Muy buen articulo. Abrazos desde Uruguay, Esteban

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