Según Arlt y según Walsh: La muerte a través del Paraná

Escribe: Laila Pecheny
*Originalmente publicado en Universo Epígrafe


Nadie se baña dos veces en el mismo río. Aún así las aguas del Paraná lograron reunir a dos cronistas que no se conocieron en vida. En 1933 R. Arlt tenía 33 años y se encontraba navegando sus afluentes registrando las series “ Aguafuertes fluviales” para el matutino El Mundo. 33 años más tarde, R. Walsh arribaría al mismo destino y transformaría su viaje en escritos que serían publicados luego por la revista Panorama. Así como el río agita los sedimentos de un lado al otro, las narrativas de ambos autores confluyen para luego bifurcarse, perderse y una vez más reencontrarse. Como en todo viaje homérico, la muerte es uno de los temas que atraviesa el recorrido.
Las particularidades de América Latina y sus contradicciones se hacen presentes en los pueblos que bordean el Paraná donde la representación del fin de la vida adquiere los más diversos matices.Como todo buen bricoleur, recomponen retazos, seccionan entramados, reciclar, recomponen lo descompuesto y lo adaptan a sus costumbres.“El cristo del Ataúd” de R.Arlt transcurre a tan solo seis cuadras de las orillas en la catedral de la Plaza Sargento Cabral que se bosqueja como un cementerio de arboles pelados. “San la Muerte”, en cambio recorre el río sin anclaje. No tiene un espacio físico definido, sino que narra las intermitentes apariciones que el Señor de la Muerte hará a largo del viaje de R.Walsh.
Al advertir la parihuela que aloja en su superficie el féretro de aquel extraño y amarillento Cristo correntino, Roberto Arlt repite el esquema sarmientino donde la civilización convive con la barbarie. Arlt conoce a la perfección las representaciones bíblicas de la enseñanza cristiana donde Cristo aparece en la entrada de Betlem, en el huerto y en la cruz; y se extraña ante la exhibición de un Cristo listo para ser enterrado atravesando el ritual que separa la vida de la muerte en el catolicismo. Esta perspectiva occidental de extrañeza casi antropológica aparecerá en la crónica de Walsh quien haciendo una suerte de observación participante se interesará por los secretos que alberga aquella extraña figura. Según el catolicismo, los santos canonizados son aquellas personas que en vida se destacaron por su férrea moral y por un vínculo con lo sagrado y lo divino. San la Muerte es lo contrario, es un santo no reconocido por las instituciones santificantes que se acuna en una larga tradición popular y pagana. Su figura según se dice es la de un esqueleto que porta una guadaña y se conecta con sus seguidores mediante una figurita pequeña de madera a la que se le piden deseos. Paradójicamente, Walsh dice que este santo cumple todos los 2 requisitos de la ortodoxia: tallado en hueso de cristiano y bendecido siete veces por un sacerdote.
Arlt queda encandilado ante la imagen, preguntándose quién podría haber sido el artífice que talló el Cristo que yace en el ataúd. También se interrogará por el efecto que produce la visión de aquel cuerpo en las imaginaciones de aquellos a los que él llama indígenas. Walsh en cambio intentará buscar respuestas entrevistándose con los fieles de la muerte y con el creador de las miniaturas. Para llegar a San la Muerte, Walsh debe descender agachándose para entrar a un rincón de uno de los ranchos que visita. En esa especie de cripta hogareña, se produce un trastrocamiento de lugares donde la muerte aparece con una valorización positiva: San la Muerte se encuentra en un altar, está arriba y no abajo, más cercano al cielo que al infierno.
Al contrario de la representación de la muerte de la crónica de Arlt que para adquirir materialidad necesita atravesar el cuerpo de Cristo, la muerte que describe Walsh se encarna en su propia complexión, adquiriendo la forma de una figurita tallada, a su vez uno de los testimonios que recoge afirma que “el Señor de la Muerte es la imagen de la calavera de Nuestro Señor Jesucristo” .
A pesar de que el relato “El Cristo en el ataúd” se basa casi únicamente en una descripción la introspección del final indica un movimiento de Arlt como sujeto espectador: Al observar aquel Cristo, Arlt ve su propia muerte, “tan fresca y tan próxima”, que pudo haber ocurrido ayer, pero poco menos de 10 años lo separaban de la misma. Otros 10 años faltarían luego del viaje al nordeste argentino para que Walsh fuera ejecutado por los milicos del 76. Las cenizas de Arlt aún se esparcen por las fluviales del Río Paraná y el paradero del cuerpo de Walsh aún continúa siendo una incógnita. Lo cierto es que el legado de sus obras continúan vigentes venciendo el correr del río, el paso del tiempo y la muerte.

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