Salta 2141, Rosario 938.

En el año 2013, en la ciudad argentina de Rosario a las 9.38hs de la mañana del 6 de agosto, un escape de gas haría colapsar parte de un edificio de viviendas. 22 personas fallecerían.

Expedientes administrativos y judiciales todavía intentan reconstruir esos instantes fatales. A cuatro años de la explosión, se acerca el juicio oral. La empresa Litoral Gas fue multada por el Gobierno provincial, pero resguardandose en distitnas presentaciones judiciales ha logrado evadir su pago. El proceso penal tienen once personas procesadas: dos gasistas, un ayudante, tres persoans de la administración y cinco empleados jerárquicos de Litoral Gas. Durante el proceso, las familias de las víctimas fueron renunciando la querella por miedo a las demandas civiles que podían iniciar contra ellos quienes fueran declarados inocenctes en el juicio penal. Hoy sólo una familia mantiene la querella, y comparte el misimo miedo de las que la abandonaron.

Minutos antes de las 9.38 de ese día, el gasista y su ayudante saldrían corriendo del edificio, ante la certeza atroz de que no podrían controlar el escape de gas que habían generado al manipular el medidor. El portero del edificio, que había bajado a ver qué es lo que sucedía, salió también corriendo, gritando para que sus vecinos salgan de los departamentos: “¡qué hacen? Va a morir gente!” – los increpó. Sus gritos salvaron varias vidas, sin embargo, él sólo puede recordar aquellas que no lograron salir a tiempo: 22

El operativo de rescate duró seis días, fue bastante prolijo y profesional. Se respetaron, más de lo que suelen hacerse en las tragedias de países en desarrollo, las normas y protocolos establecidos. Las distintas áreas que debían intervenir lo hicieron de forma aceptablemente coordinada. Los actores políticos de tres jurisdicciones de distinto color partidario estuvieron a la altura de las circunstancias.

Nosotros estábamos allí para hacer de enlace entre un equipo del Batallón de Ingenieros de Santo Tomé del Ejército Argentino y el resto de los equipos de rescate. Policías, Bomberos, Voluntarios, Soldados, Rescatistas, Médicos, Enfermeros, Trabajadores Humanitarios, Curiosos, Familiares, Víctimas. Y un ingeniero asignado por la Municipalidad para dirigir algunas de las tareas de remoción que estuvo casi los seis días despierto, dando órdenes, yendo y viniendo, mirando mapas, haciendo cálculos, sin derramar una lágrima, sin mostrar ni un sólo indicio de cansancio. Hasta que llegó el último de los seis días, cuando ya había sido encontrado el último de los cuerpos y, al ver su tarea terminada, rompió en un llanto inconsolable.

Estar en la zona cero es oler la muerte. 

Y en la zona cero de la explosión de Rosario estábamos nosotros, con nuestro equipo de soldados, haciendo lo que nos pedían quiénes coordinaban las tareas de rescate. En general tareas relacionadas al apuntalamiento de estructuras o remoción de escombros.

Ese día olí, por primera vez, el olor de la muerte. No estoy hablando de metáforas: se huele la muerte, se siente en los labios, en la nariz, en el pecho, como se siente el olor del café o de la mierda.

Se duerme poco en estos trabajos. Se toma mucho café en estos trabajos. Todavía hoy el olor a café negro me recuerda a ese otro olor indudable. Doblemente indudable: se huele la muerte y se huele el cuerpo de un hombre o una mujer muertos. Es un olor tajante. No tienen que explicártelo, lo reconoces al instante. Es una certeza que huele.

Y también se escucha la muerte. Se escucha en los murmullos sollozantes de los familiares que se instalan en una zona cercana, y se escucha en el silencio.

Podrán imaginarse que los operativos de búsqueda y rescate en estructuras colapsadas no son operativos silenciosos. Comparten sonido ambiente con las obras en construcción y con las demoliciones. Sin embargo, hay ciertos momentos, quizás los de mayor intensidad, los de mayor tensión y expectativa, en donde el silencio es absoluto. Un silencio que es sólo puedo pensar comparable con el silencio de los astronautas en el espacio. En esa vorágine de órdenes, mapas, personas, herramientas y maquinarias, un rescatista cree escuchar un indicio de vida entre los escombros. SILENCIO grita. Todos saben qué significa ese pedido. Instantáneamente todos callan, callan como nunca habían callado en su vida. Y así, de un instante al otro, la zona cero, deja de rugir. Y de repente, todos estamos atentos a un sólo punto, con una esperanza que hincha el pecho y llena los ojos de lágrimas, que llena de fuerza, que quita el hambre, que  detiene el tiempo. Nadie, salvo los dos o tres rescatistas que están tratando de detectar vida, se mueve. Absolutamente nadie. Es una esperanza abrumadora, soberana, avasallante. Y luego, muchas veces (todas en este caso) una desilusión fulminante, que también dura solo un instante. Y vuelven los ruidos, los gritos, el polvo. No recuerdo cuántas veces sucedió, sólo recuerdo ese silencio y el gusto del café negro, las caras de mis compañeros, sus ojos deseando vida, la vida de alguien que no conocieron nunca. Y en ese ambiente trágico, en esos ojos deseantes, se ve sin embargo la llama de la Humanidad.

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