salga a la 170,chino (crónica)

SALGA A LA 170 CHINO

Bogotá termina –o empieza- en la calle 170. Después de ahí se convierte en otra cosa: una zona extraterritorial, un espacio compartido, una especie de terraza de la provincia que se extiende sobre Bogotá robándole espacio a la indiferente y a veces frívola ciudad.
El puente peatonal ubicado sobre el Portal del Norte, entre calles 173 y 174 A, es la primera parada que hacen al llegar a Bogotá los buses provenientes de los departamentos de Boyacá, Santander y de varios municipios de Cundinamarca. Pero también, es el primer capítulo en la historia de muchos de los que llegan por primera vez a Bogotá. Allí, bajo aquel siempre transitado puente, se ubica el punto de encuentro donde tíos, primos, comadres, padrinos o amigas del alma salen a recibir a los recién llegados que vienen a Bogotá a estudiar o trabajar. A lucharla.
Lo primero que se siente es el fuerte olor a orines. La vorágine de vendedores de tinto y minutos, los estridentes gritos de los representantes de las distantes flotas con sus chalecos de colores: La Palma-Yacopí, Directo Sogamoso, Puente Nacional, Macheta-Guateque-Garagoa… Los mendigos, el ejército pidiendo la libreta militar, algún músico callejero. El ruido, la suciedad, la inmundicia. La ciudad que se presenta con descaro y de frente al recién llegado; la urbe sin vaselina.
Pero si usted se toma un tiempito y mira un poco más de cerca empezará a descubrir algo más allá del caos y desorden aparentes. A lado y lado de la autopista se encuentran historias de viajeros, reflejo de pequeñas diásporas internas, hijas de la violencia, la pobreza, la falta de oportunidades en el campo o el simple deseo de ir a triunfar a La Capital para superarse, para ampliar el horizonte. El Sueño Bogotano en toda su expresión. Al costado Occidental los que llegan: El muchacho ventiañero que acaba de bajarse del bus y mira a lado y lado con desconfianza mientras agarra con fuerza su maleta rogando para que no lo roben; una joven madre con un niño de la mano que viene por primera vez a la ciudad y mira con un rostro que no se sabe si es de terror o sorpresa el avión que acaba de pasar sobre sus cabezas; Un hombre sonriente que saluda con la mano a dos bonitas niñas universitarias que no pueden ocultar la vergüenza que les produce ver que su padre llegó ataviado con sombrero, ruana y alpargatas; el abogado que acaba de llegar de visitar su pueblo natal y se fuma un cigarrillo mientras intenta para un taxi, se le nota la cancha, la soltura del movimiento que se logra tan solo después de muchos años de vivir en la ciudad, pero su mirada, lejana, delata la nostalgia que le produce el estar lejos de su tierra.
Al otro lado de la autopista, al oriente, los que se van: La chica con el característico uniforme azul de los estudiantes de medicina que baja corriendo las escaleras del puente para alcanzar a coger el ultimo bus a su pueblo; El muchacho altivo y guapo que lleva el repuesto que hace falta para terminar de reparar el motor del trapiche de la finca y que habla por celular con su novia mientras mira con descaro el hipnótico movimiento de las nalgas de una linda deportista que acaba de pasar en bicicleta; la mamá que llora al despedirse de su hijo –primiparo- y lo encomienda a la mitad del santoral católico; el chico que lleva por primera vez a la bogotanisima novia al pueblo para presentarla a sus padres; La nieta que ayuda a subir a la abuela al bus con una mano mientras en la otra sostiene el sobre con los resultados de los exámenes que le acaban de tomar a la octogenaria señora; el grupo de muchachos melenudos armados con morrales, guitarra , sleeping, sombreros y carpa, que parecen más un grupo de expedicionarios rumbo a Ushuaia que un combo de estudiantes universitarios que van a pasar el puente a la finca de los abuelos de uno de sus compañeros.
Al sur, desplegándose a medida que la atraviesa la Autopista Norte, La Capital, imponente y aterradora. La señora Bacatá, blanca estrella que alumbra en los Andes… Con sus ilusiones, sus luces y sus edificios, pero también con su soledad, sus injusticias y sus tristezas.
Así como abundan las historias, abundan las cajas, las cajitas, de cartón o madera, amarradas con cabuya o forradas en papel periódico; los sobres, las bolsitas, los costales… Con el paso del tiempo se ha establecido un particular servicio de mensajería mucho más confiable y efectivo que FedEx, Western Union o La Poste. El conductor del bus se convierte, gracias a un instintivo ejercicio de fe, en el depositario de la absoluta confianza de un padre que le envía con él la mensualidad a su hijo. -Salga a la 170 chino que el mandaron un paquetico- Ese es el todo el protocolo telefónico que anuncia la llegada del esperado encargo.
Naturalmente, es un correo de doble vía; de salida: Los televisores, computadores, los repuestos, los medicamentos, los documentos urgentes. Todo aquello que no se consigue en el pueblo y toca “encargar a Bogotá”. De llegada, la mercancía realmente importante: Las arepas de maíz, los huevos criollos, el gorrito de lana tejido por la abuela, las hiervas aromáticas que resultan ser el único remedio efectivo contra la maluquera, la carne, la panela, el queso… Este particular servicio de courrier, no se rige por contratos, protocolos de distribución, guías de entrega o estándares de calidad. Acá manda es la bacanería, la amistad, ese natural instinto de conservación que hace que lejos de la caverna uno busque a los miembros de su manada. La regla, son curiosos y rebuscados vínculos familiares que logran demostrar que todos, de algún modo, resultan ser primos lejanos. No importan viejas rencillas o antipatías de la niñez, o que todo el trato que se haya tenido con una persona se reduzca a un “buenos días” dicho alguna vez por estricta cortesía; el hecho de ser paisano ya convierte a aquel “nuevo mejor amigo” en alguien digno de absoluta confianza. El estar lejos de la casa anula las distancias y permite que todos terminen llamándose vecinos.
Esta vecindad de carácter más metafórico que real, ha adquirido con el paso de los años una dimensión mucho más tangible. Los alrededores del Portal del Norte de Transmilenio, se han convertido en uno de los sectores favoritos de boyacenses, santandereanos o llaneros para comprar o arrendar apartamento o casa. Es así, que no resulta nada extraño que en barrios como San Cipriano, Toberín, Nueva Zelandía, Villa del Prado o Mirandela se encuentren cuadras enteras habitadas por personas provenientes de Macheta, Garagoa, Guateque, Chivor, Almeida, Tenza, La Capilla, Tunja, Ventaquemada, San Luis, El Socorro o Barbosa. Tampoco resulta extraño encontrar conjuntos cerrados donde en la junta de copropietarios se pueden encontrar fácilmente hasta 10 personas del mismo pueblo y si alguno, después de mucho esfuerzo y ahorro, logra hacerse a un carrito este se convierte, inmediatamente, en el transporte oficial al pueblo, de todos los paisanos del conjunto cada vez que hay puente. El lugar de encuentro, por supuesto, será la 170.
Tal vez sea el querer sentirse más cerca al pueblo, o la comodidad de bajarse del bus y a los pocos minutos estar en casa, o una búsqueda inconsciente por revivir esa sensación de aldea, donde todos se conocen con todos, pero se han establecido verdaderas colonias de inmigrantes alrededor de la calle 170 en Bogotá, que nada tienen que envidiarles a sus hermanas mayores en Nueva York, París o Londres. Ya incluso se ven negocios que en su nombre quieren rendir un modesto homenaje a la patria chica: Panadería Sutatenza, Supermercado Garagoa o un poco más al norte, Asadero El Guayatuno, todos estos propiedad de algunos de los “pioneros” que llegaron a establecer la colonia hace más de veinte años.
Es domingo, son las 7:10 de la noche y el último bus de Flota la Macarena con destino a Garagoa acaba de arrancar llevando a los ocasionales visitantes de fin de semana de regreso a su pueblo. Ya se intercambiaron las despedidas de rigor entre los que se quedan y los ya van en el bus: La mamá que estaba visitando a su hijo y se despide con llanto dando las respectivas recomendaciones del caso, el amigo que le da un fuerte abrazo al “parcero” que lo acogió ese fin de semana mientras promete que las próximas “polas” corren por su cuenta cuando se reencuentren en el pueblo, el abuelo que le da un beso en la frente al nietecito que vino a conocer después de tantos meses… El bus acelera con los viajeros a bordo – Que Dios los lleve con bien- y los que se quedan deben volver a sus casas. Los rostros se descomponen un poco y los ojos quieren llorar, pero hay que ser fuertes. La Ciudad -como se dice en las películas- siente tu miedo, y tu tristeza. Antes de volver a casa hay que pasar al Éxito a comprar leche, pan y huevos para el desayuno. Mañana es lunes y hay que madrugar. La vida sigue, hay que seguir guerreándola, como siempre. Pero con el corazón lleno de ilusión por regresar algún día al pueblo –tal vez en Semana Santa o Navidad- y poder decirles a todos, con el pecho hinchado y la frente en alto que sobrevivieron, que no se los comió la ciudad.
Bogotá, febrero de 2016

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