Rosario – Tucumán – Tafí del Valle

El camarote nos salvó del calor que Rosario carga en sus eneros. Nunca había viajado en tren, ni siquiera conocía cómo funcionaba el sistema dentro de esa serpiente de metal con ventanas que se mueve sobre dos hierros larguísimos que atraviesan el campo sin pausa. Acomodamos nuestras mochilas y apuramos los saludos para pensar en lo que el futuro nos tenía preparado. Salimos hacia San Miguel de Tucumán cerca de las cinco de la tarde para llegar, después de una cena olvidable, a las once de la mañana.

Las vías no son como la ruta que, apartada de la concentración urbana, traza el viaje por paisajes más bien despoblados. Los rieles muestran la cara de una ciudad que no suele figurar en las fotos, de la que conocemos sus pestes o sospechamos sus necesidades, pero de la que nos falta recorrer muchísimo. Los terrenos linderos a la vía en los arrabales rosarinos, están poblados por familias inmersas en la pobreza más violenta. El destino se eleva como un cuento con un final anunciado del que pocos pueden escaparse. Pibitos desnudos abren los ojos y saludan a unas ventanas que los miran con el asombro de un turista japonés. Algunos, más pillos, apuestan a pegarle con bombas de barro a esos vidrios grandes que decoran las paredes de los vagones. Uno acertó y festeja. Nuestro cristal es ahora un tablero con machas marrones. El chico sonríe y celebra la travesura, y vuelve a reír después de ver mi sonrisa.

Adentro, cientos de viajeros con mochilas que cargan carpas disfrutan poder escaparse del cemento de la urbe y de ellos mismos. Nosotros aparecemos en la lista de los beneficiados. Pero la saliva es más espesa cuando en la garganta anidan sensaciones contradictorias. De un lado del cristal estamos nosotros, clase media, con laburo y acceso a ciertos privilegios de mercado, con tarjetas de débito y facilidades que son solo un mito para los que nos miran desde afuera. La imagen parece robada del film de Solanas Memoria de un saqueo, una postal menemista desgarradora, donde se destruyen los relatos de un presente continuo maquillado que tapaba las brutalidades que sucedían en la periferia. La sangre que el neoliberalismo desparramó al calor de la libertad empresarial y los mercados triunfales – siempre triunfales – se acomodaba en las tierras linderas a las vías del tren, donde trabajadores sin trabajo, con los sueños desplomados por una burbuja que aún no había explotado, pero que ya los utilizaba como variable de ajuste, juraba abandonarlos allí condenados a ver el «progreso» de un futuro en el que no estaban incluidos.

Esos pibes, hijos del desguace de años anteriores, son ahora la carta pendiente de una democracia que los mira con recelo. Que anuncia derechos que a los pasillos de las villas no llegaron. Son los potenciales pobladores de penales, aguantaderos de mugre con gente dentro, perseguidos por una realidad que encierra a los pobres que genera. Son el descarte. La brutalidad disponible para las tareas más duras. Mulos del bienvivir, mártires del verdugueo. Con la clandestinidad como línea transversal. Son los negros, oscurecidos o abandonados en las sombras de la sociedad. Su disyuntiva es clara: explotación laboral o cárcel. Los que merecen las patadas que sacian la sed miserable de los que solo miran para arriba. Apuntados por la policía, responsables de todas las complicaciones del mundo moderno. Somos nosotros con otra suerte.

Allí están viéndonos, desde una pileta de lona con agua sucia, buscando la diversión semidesnudos, con la mirada lejana.

***

Mi compañera acomoda el mate mientras yo me sumerjo en la vida de Soledad Rosas, una piba de barrio norte, criada al calor de padres obsesivos y ropa perfumada. Que pateó los protocolos, renegó de los consejos de la infancia, de las monjas y la pollera larga, de la comunión y la dosificación del placer, del amor y su hijaputez asfixiante, y partió a Italia en busca de una suerte mejor, prometiéndole volver a un novio que devino en Penélope rogando que las sirenas europeas no la endulzaran. En 1997 pisó las calles de Turín y tras caminar en círculos inconexos dio con El Asilo un edificio okupa habitado por anarquistas y squatters que le cambiarían la vida. Apenas un año tardó en convertirse, según la prensa y el estado italiano, en la terrorista más buscada del país, para terminar ahorcada – tras un suicidio dudoso – en el baño de la casa donde cumplía la prisión domiciliaria.

No sé qué habrá sido. Tal vez se trate de muchas cosas juntas que terminaron entrelazadas y arriba de un tren. Cuando conocí la historia solo tenía una referencia de su vida. Estaba en la canción de Los Redondos, cuando Solari canta «y la Sole se fue de lo linda que era». Me animo a decir que nuestra generación le debe al Indio más de lo que supone. La poética ricotera explota desde los márgenes y se apropia del centro, en un juego redondo perfecto. Nacida en el desconcierto político argentino, la banda que agrupó miles resignificó a una generación que arrastraba las heridas de una dictadura reciente y el peso de una democracia virgen que no lograba contenerla. Y después: la década del noventa en su máxima crudeza, Miami y Dolce Gabanna, despidos y ollas populares; pertenecer o no-pertenecer. Los pibes que miran desde las vías.

También puede haber sido también la pluma de Caparrós, uno de los cronistas más interesantes con los que me he cruzado, al que leo desde la vereda de enfrente en la contienda política que nos franquea. Su posición anticapitalista y su pasado guerrillero siempre fueron seductores. Lo conocí con Jorge Dorio en una entrevista a Charly García, llegué a Pamplinas y nunca pude dejarlo por completo. Su libro El Interior me llevó al norte argentino mucho antes de este viaje.

Aunque siendo franco, supongo que quien verdaderamente me conquistó fue ella. Soledad. Creo que el primer fusible que me conectó con su vida fue la edad. Veinticuatro. Me vi allí, pensando qué hace una piba con los mismos años que yo lanzando bombas de pintura contra los íconos del capitalismo en Italia, con los ideales agarrados de los huesos, explicándole a su familia que todo lo que intentaron cultivarle de niña fue en vano. Que las cruces no salvan a nadie, que los sermones enriquecieron a unos pocos. Que el tipo al que veneran andaba en sandalias y calzoncillos y ellos lo adoran desde la riqueza más infame. Que el sistema y sus enseñanzas la habían abrumado y que no quería continuar con la lógica de: trabaja, consume, muere. ¡Pero a vos te mataron Sole!

En cada frase, en cada lectura y denuncia, el anarquismo tiene razón (o así parece). La hipocresía que reina en el planeta es decididamente brutal.

Leo a Soledad en el mundo okupa y me lleva a Lechner y su analogía de las hamacas acerca de cómo una minoría puede dominar al resto, bajando sus propias leyes. Un barco, una serie de hamacas, todos las usan. De pronto, sube un grupo pequeño de personas, se apropia del juego y solo las utilizan ellos. La mayoría, desorganizada, queda separada de los privilegios. Los menos, rápidos, seducen a individuos de la masa para que cuiden de su posición y así perpetuar la comodidad. Aquellos guardianes aceptan porque suponen que ese rol los hace pertenecer al pequeño grupo predilecto. Los individuos que forman la mayoría heterogénea no se rebelan, porque es sumamente peligroso arriesgar lo poco que tienen. Los guardianes tampoco lo hacen, porque son reemplazables. El sistema funciona.

Soledad lucha contra eso desde la inocencia y la convicción. ¿Quién sino vos? ¿Cuándo sino ahora?, me grita, nos grita. Una frase aparece suelta en el libro. Pertenece a Salvatore Quasimodo y resume las sensaciones que me componen ahora: «Cada quien está solo sobre la piel del mundo/ traspasado por un rayo del sol:/ y de pronto es de noche»

                                                             ***

Próximo destino: San Miguel de Tucumán. «Rogamos a los pasajeros acomodar sus lugares para estar listos para descender una vez que las puertas se abran. Gracias».

Once y media de la mañana. Llegamos.

La historia cuenta que fue Sarmiento el que la bautizó como «El Jardín de la República» impresionado por el paisaje que las yungas pintaban en la tierra. Sin embargo debo confesar que la primera imagen que ese nombre me trae es la de la Negra Sosa cantando la zamba –  que bailan tucumanos, con entusiasmo propio de allí – con el bombo sobre las rodillas y la poesía dulce del norte argentino. Tucumán es la casita, la independencia hecha grito y los actos de la escuela en los que pintaba mi cara con corcho quemado para vender empanadas sobre el escenario, mientras buscaba la sonrisa de mi vieja en alguna silla del público. También es, según los datos del último censo, la sexta ciudad con más población del país y uno de los puntos neurálgicos de la trata de blancas. Según datos nacionales, en un recuento que va desde 1990 a 2013, en Argentina se buscan más de tres mil doscientas chicas: 806 son tucumanas.

María de los Ángeles Verón es una de ellas. Tenía 23 años cuando desapareció, uno menos que Sole. Fue en abril del 2002 y su caso ayudó a desnudar una red de mafias que opera en diferentes puntos del país y que tiene conexiones internacionales e impunidad absoluta. Susana Trimarco, madre de Marita y símbolo de una lucha, denunció públicamente el submundo tucumano, en donde los prostíbulos capitalinos eran administrados por la policía local. María también tuvo su canción ricotera, aunque el tema haya salido antes – en una suerte de preludio infernal – con una poesía cruda que esquiva las metáforas ilegibles. «Marita lo hace por la guita, con los bomberos del cuartel (…) La murga de esa virgencita que no quiere besar a nadie». 

***

Apenas unos cuantos metros y comienza la avalancha. Mientras caminamos a la salida, esquivando mochilas con personas debajo, comparamos el tren viejo con nuevo porque están estacionados al lado, para que la diferencia sea evidente. El otro, golpeado por el abandono, es un reflejo de lo que las privatizaciones de los servicios del estado en años noventa dejaron en la Argentina: un armatoste de óxido, esperando al olvido. Postrado allí, es la imagen del desarme del capital privado sobre los tesoros nacionales. Una historia que conocemos y a la que prometimos no regresar, aunque haya quienes vuelvan a pelar los colmillos.

El verde aviejado transmite tristeza. Adentro solo queda la mugre de una primavera en la que pocos brindaron. El tren viejo es ahora un recuento de vagones que aglutina la desesperanza de un pueblo vendido a los buitres de siempre. Los asientos destrozados, enfrentados unos a otros con un ventilador sin paletas colgando del techo, completan la escenografía que tuvo su cumbre en el 2001. Una sociedad que, cansada de mirarse frente a frente en las colas para buscar laburo, prostituyendo hasta las venas, se descubrió abandonada cuando los bancos cerraron las puertas con sus ahorros adentro y la fiesta eran para pocos. El fuego había encendido hacía varios años, pero el calor todavía no había llegado a cocinar el aire. En el 97’ Cutral Co fue una pueblada, el piquete se volvió el arma del pueblo y las fuerzas represoras tuvieron que retroceder. El tren guarda esos recuerdos. Lleva en su vientre la cara de una nación engatusada por patillas y chupetes. Tiene a Norma Pla – a Cavallo lo tienen que matar –  militando por el derecho a los jubilados, material descartable del neoliberalismo, y a las Madres y Abuelas caminando con sus pañuelos blancos reclamando justicia social. También carga con las cacerolas y el Argentinazo. La cana pegándole al pueblo – guardianes defendiendo a la minoría – encarando a quién sea con sus monturas. Los gases lacrimógenos y la macana por la espalda. Lleva también a De La Rúa escapando en helicóptero, a los treinta y nueve muertos que dejó la debacle y a generaciones enteras devastadas por el precio del romance con el FMI. Dicen que carga memoria, pero no me animo a afirmarlo. No puedo, porque algunos años más tarde, las patillas volvieron a ser elegidas. Adentro del tren también resuena el que se vayan todos, todos esos que ahora volvieron afeitados y con revoluciones alegres.

 

«En el primer peronismo, el tren de Retiro a Tucumán viajaba a 120 km/hs», interrumpe un transeúnte, que más tarde me contará su experiencia en el viaje anterior, cuando los nuevos servicios todavía eran promesa. «Te cagabas de calor, era una inmundicia viajar ahí», completó. También me dirá que ahora están preparados para llegar a 150 km/hs pero que los ramales todavía no están listos para soportar semejante velocidad y que por eso hay momentos en los que viajamos tan despacio. 

*** 

Encaramos para la salida. La estación tucumana te despide con un reloj inmenso que esconde la historia del edificio, pero que no está en hora. Afuera nos esperan cientos de remiseros y comerciantes que prometen sacarte de allí por un puñado de pesos. 

« ¿Van para Tafí?». El tipo me mira, sabe que jugamos de visitante y que el titubeo tiene precio. Antes de que respondamos anuncia su tarifa y nos acarrea para un rincón. Se acerca nuevamente, nos presenta a unos platenses que no conoce y abre el baúl. Cacho sabe lo que hace, entiende que debe romper el hielo porque el porteño, nos dice, siempre es desconfiado. Nosotros no somos porteños le contesté, y creo que suspiró aliviado. Después nos dirá que lleva más de veinte años en esto y que siempre pasa lo mismo con los mochileros, hasta que se aflojan y hablan durante todo el trayecto.

Los que nos acompañan, Juan Ignacio y Valentina, todavía siguen callados. Ella ocupa el asiento delantero y él, que viaja a mi lado, me confiesa en secreto su desconfianza. Yo no tengo nada para decirle más que se quede tranquilo, que no creo que pase nada raro. Es el prejuicio del desconocido, que aventaja cualquier segunda lectura. La lluvia se adueña de la vista, así que ahora el equipaje viaja sobre nuestras piernas.

Cacho se llama Ramón y está arriba del remis hace casi la misma cantidad de tiempo que yo en el mundo. Tuvo un micro emprendimiento, una panadería familiar, que andaba bien, que se movía y les dejaba buenas ganancias, pero que se desinfló cuando los precios se fueron por las nubes. La clientela de siempre dejó de ir, porque la plata no alcanzaba. Vendió el local y se compró un taxi. Cuando la cosa anda mal, terminás siempre en el tacho, bromeó. Más tarde nos desnudará su inclinación peronista, el amor de su abuelo por el movimiento popular y su debilidad ante las empanadas tucumanas: «los salteños le ponen pura papa, eso no es una empanada es un guiso».

«Y ustedes… ¿a quién votaron? ¿Scioli o Macri?». Cacho insiste con ablandar el clima pero sacudió un yunque al vacío. Nadie se anima a tomar la posta. Fueron treinta segundos de tensión donde el aire pesaba toneladas. «Qué pregunta. Como para arrancar la marcha.», arriesgué y rieron. Fue tan fuerte la división política de los últimos meses del 2015 que en un remis cualquiera, cinco personas que no volverán a verse, no se animan a desnudar su voto para cuidar los roces. Hay algo claro: cuidar los roces quizá tenga que ver con saber que lo que viene detrás es inevitable. Ya no será fácil hacerse el boludo durante los ciento veinte minutos que restan de camino si el que viaja con vos, del que no tenés la más puta idea quién es, estuvo del otro lado de la mecha hace algunas semanas.

«Bueno, era para charlar de algo nomás», se excusa Cacho y apura una risa. En el espejo retrovisor veo sus ojeras grises que denotan cansancio. Tira la primera piedra y declara haber elegido en contra del candidato de la Propuesta Republicana. Las risas vuelven a ablandarse. «Nosotros también», comentan los platenses. «Entonces podemos hablar sin problemas», bromea mi compañera que respira aliviada luego de imaginarme dos horas de viaje discutiendo en voz alta con desconocidos.

Me cuenta que a Alperovich no lo quiere, que los gobernadores del norte se apropiaron de la imagen del General para juntar sus votos, pero que en verdad son ricos que nombran a sus parientes en los puestos de poder y se olvidan del pueblo. «Son familias millonarias, acá los conocemos a todos», remata. Después vuelve sobre la actualidad. Asegura que estuvo en las movilizaciones del supuesto fraude eleccionario y nos firma que gracias a esas marchas ganó Macri. «Yo fui a ver nomás, porque sabía que era todo un show», se excusa. Pero la represión no lo fue y lo sabe. Se retracta sobre eso y queda en silencio unos segundos, para retomar y decir que los únicos presos por la quema de urnas son unos tipos que él conoce y que estaban con el PRO.

Intenta cerrar el tema, pero antes argumenta su voto. Explica que en los últimos años pudo comprarse su propia casa, que en la última etapa el país está mejor, pero que la presidente debía irse porque se había vuelto loca. Que la soberbia la hacía gritar mucho y que había leído – las nelsoncastreadas funcionan – que estaba enferma de poder.

                                                             *** 

La tormenta nos detiene. Una YPF nos da refugio mientras Cacho cuenta historias inverosímiles. Varios colectivos siguen su curso hacia Tafí, pero nosotros, en un Corsa Clasicc, debemos parar por precaución. «¿Por qué los colectiveros siguen? ¿No dijiste que es muy complicada la ruta con agua?». Una mueca le gana lugar en la cara y me explica que esos choferes manejan desde cuando el camino era de tierra y con un solo carril. «Ahora que está pavimentado y con dos carriles, tienen una manopla que sobresale del volante para conducir con una mano y aprovechar la otra para tomar mate», mintió.

Las curvas nunca terminan. La lluvia golpea como si no nos quisiese. Juan Ignacio nos cuenta de su experiencia en la mina del Cerro Potosí y yo repregunto varias veces porque no le creo la historia. «Fuera de la montaña manda Dios, pero adentro el Diablo maneja las cosas y si no acepta tu ofrenda, tenés que irte lo antes posible», sentenció. Según sus fotos, una estatua de un gordo de más de un metro de alto llena de obsequios te espera a mitad de camino. Siempre hay que dejarle algo. Ellos eligieron un cigarrillo, lo encendieron y lo pusieron en su boca hasta esperar que se consuma: el pucho se apagó, pueden seguir caminando.

Praderas como mesas de pool peinan a las montañas. El paisaje es un almanaque de billetera con alguna imagen de un lugar paradisíaco. Llegamos, confirma el chofer y no podemos dejar de mirar por la ventana. Aquí la lluvia todavía no canta. «Hostel Nómade», recomienda Vale porque una amiga le dijo, aunque ellos vayan a un camping. La entrada al pueblo es un desconcierto burgués. Barrios privados con casas exuberantes inundan los costados de la ruta. No envidio el estilo de vida, de verdad, sólo pienso que ese tipo, el de la Dodge Ram inmensa, que tiene su mansión en el verde más luminoso que recuerde, que no respeta arquitectónicamente nada en relación al escenario que lo abraza, despierta cada mañana con una poesía natural detrás de sus ventanas.

 

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