Quimeras, retórica, relato

En su discurso inaugural de las sesiones del Congreso, Macri sintetizó el itinerario de su gestión: “Los tres grandes desafíos son: la Argentina con pobreza cero, derrotar al narcotráfico y unir a los argentinos”. A continuación, un breve desglose de las implicancias políticas de esos tres puntos capitales.

      1. Pobreza cero

Podemos afirmar, casi sin error, que todos los partidos políticos de todas las épocas adscriben a este noble propósito. Tal consigna, entonces, no es privativa de la fuerza política que representa Macri, sino que alcanzaría –soslayando alguna que otra excepción- el estatuto de universal. También, el de obviedad. Cuando Macri o cualquier otra figura política se comprometen a erradicar o si quiera a combatir la pobreza, casi no los escuchamos; lo que nos interesa escuchar, si no suponemos que nos están mintiendo, es el cómo. Ya iremos a ello; deslizo, entretanto, una pequeña palabra que el propio presidente repitió varias veces en el discurso que nos ocupa: retórica. No es imposible que exista algún vínculo secreto entre ella y la pobreza cero.

¿Cómo propone Macri reducir la pobreza hasta ese esplendoroso cero? En sus palabras: “Para salir de la pobreza necesitamos más trabajo y menos inflación, que es la que devora el salario de los que menos tienen”. La fórmula, ciertamente, seduce: ¿a quién no entusiasma la perspectiva de un mercado laboral más amplio y generoso?; ¿qué trabajador desestimaría el encanto de un salario cuyo valor real no se debilite día a día? Pero, otra vez, rayamos lo obvio; ningún militante kirchnerista elogia el desempleo ni la inflación. Otra vez, nos preocupa el cómo. El presidente proporcionó algunas claves, transcribo una de ellas: “Suprimimos las trabas al comercio exterior, que frenaban la economía y nos ponían en conflicto con la Organización Mundial del Comercio, lo que impulsará el crecimiento de la producción y del trabajo en todas las provincias”. Éste ya es, sí, un enunciado atendible; me aventuro a reconstruir, simplificando al máximo, la secuencia lógica que lo subyace.

El estado quita su mano torpe y el libre juego de importaciones y exportaciones hace su magia: las economías regionales pueden colocar sus productos en el exterior sin rapiñas impositivas, por lo tanto medra la rentabilidad, por lo tanto se multiplican la inversión y el consumo, crece la economía y prolifera el empleo. Además, por supuesto, los consumidores ganamos acceso a todo tipo de productos extranjeros (no sólo banalidades tecnológicas, también maquinarias, insumos, cosas útiles) sin pagar esos sobreprecios que ya conocemos porque ya los estuvimos pagando. Una expresión francesa sintetiza la cuestión: laissez faire, laissez passer. Deje hacer y deje pasar, amigo.

Pero, por supuesto, para volver al mundo hay que pagarle al mundo lo que se le adeuda. Aunque duela, hay que arreglar con los buitres. Y esta vez, asegura al respecto el presidente, “Va a primar la responsabilidad sobre la retórica. Juntos vamos a construir los consensos necesarios”. El estado no desaparece: consensúa, arregla razonablemente y cumple. Argentina resurge en la escena internacional como un país confiable, en el que se puede invertir y al que se le puede otorgar créditos, porque los paga. El estado gana liquidez y puede reinvertir en infraestructura para acicatear todavía más la producción y, con ello, el crecimiento económico. Además, deja de emitir moneda irresponsablemente, se restablece la confianza en el peso, se detiene la inflación, los salarios se reacomodan, la situación de paritaria permanente queda atrás, como un mal sueño. En suma: más trabajo, menos inflación, pobreza cero.

Con toda probabilidad, esta apurada síntesis les resultará familiar. No sólo porque han seguido con atención las últimas campañas presidenciales, sino también porque, en lo esencial, ya la han leído y escuchado incontables veces; desde los noventa, diría, pero del siglo diecinueve. Todos sabemos que, entre la implementación del librecambio y la consecución de la pobreza cero, existe alguna distancia (en mi opinión, un abismo, pero ojalá me equivoque); casi todos sabemos que el tan mentado cero no se alcanzará en los próximos cuatro años de gestión (en mi opinión, ni en los próximos ocho ni doce ni cien, pero ojalá me equivoque); entonces, o bien Macri padece de un optimismo desmedido, rayano a la estupidez o la locura, o bien ha hablado con alguna –digamos- astucia. En otras palabras, ¿por qué el eslogan es “pobreza cero” y no “librecambio”? Porque Macri –dirán algunos- miente. Todos mentimos, y a veces con justicia. Parece más atinado pensar la cuestión en estos términos: a diferencia de lo que ocurre con “pobreza cero”, el eslogan “librecambio” comportaría asumir explícitamente un posicionamiento muy preciso. Un posicionamiento, por supuesto, político, lo cual implicaría a su vez admitir de antemano la existencia de esto: los adversarios. En cambio, la fuerza política que se opone a la erradicación de la pobreza, ¿dónde está? Es importante destacarlo: “pobreza cero” no es una mentira ni un disparate; es, cabalmente, retórica. Comprender eso nos ayudará a elucidar lo que verdaderamente ha ocurrido en el Congreso; a ello vamos.

      2. Derrotar al narcotráfico

Otra vez, un imperativo encomiable, políticamente vacío: es obvio que ninguna fuerza partidaria abrazaría la causa contraria, defender el narcotráfico. Pero revisemos las palabras del presidente:

 

Otro gran objetivo que nos propusimos como gobierno es derrotar al narcotráfico, la principal amenaza a la seguridad. Tal como hablamos con el santo papa, tenemos que trabajar todos juntos en esta lucha contra este flagelo que enferma y mata a nuestros hijos.

 

¿Es el narcotráfico “la principal amenaza a la seguridad”? ¿A la seguridad de quién? Hablando con rigor estadístico, lo que mayormente amenaza nuestras vidas son las enfermedades del corazón y el cáncer, es decir, la mala alimentación, el tabaquismo, la vida sedentaria. También representan un peligro mucho mayor para nuestra seguridad los automóviles y la depresión severa. Pero el narcotráfico “enferma y mata a nuestros hijos”, es fundamentalmente malvado, y por eso es que –como opina el papa- “tenemos que trabajar todos juntos” para aniquilarlo. ¿Cómo? “Desde que empezamos a gobernar reconocimos el problema. Decretamos la emergencia en seguridad y dispusimos que el concejo en seguridad interior permanezca en sesión permanente”. Léase: policía. Si el narcotráfico es una poderosa institución consagrada al envenenamiento y asesinato de niños, es claro que el fortalecimiento de las fuerzas federales de seguridad es imperioso; los narcos son gente esencialmente maligna y no cabe sino ejercer sobre ellos la violencia legítima del estado. Sí, la propuesta tiene sentido.

Sin embargo, no conviene olvidar que el narcotráfico, además de cometer esas atrocidades, vende droga. Vende droga a alguien. Vende droga a alguien porque alguien está dispuesto a comprarla. Alguien: millones de argentinos, diariamente. Obviar al consumidor, ese factor necesariamente imbricado en toda relación comercial, implica obviar nada menos que esto: la guerra contra el narcotráfico es una guerra perdida de antemano, porque esos millones de consumidores no se irán a ninguna parte, y, donde haya un mercado, habrá quien lo ocupe. Desde luego, nadie ignora que hay, sí, una manera de derrotar al narcotráfico –legalizar, reglamentar y controlar la comercialización-, pero ninguna fuerza política parece estar dispuesta a dar el primer paso. Es cuestión de tiempo.

Volvemos a lo mismo: es evidente que el narcotráfico no va a ser derrotado, ¿por qué, entonces, apropiarse de esa consigna imposible? Las razones son análogas a las de “pobreza cero”. La consigna real, que es, obviamente, fortalecer las fuerzas de seguridad, está políticamente sobrecargada de sentido. Todo el arco izquierdo del pensamiento razonará inmediatamente: más policía, más represión. Y represión es una palabra horrible. En cambio, por la magia de la retórica, Macri prefiere decir “derrotar al narcotráfico”, y con ello borra de un plumazo todo el disenso inmediato, porque se trata de una causa noble en la que “todos debemos trabajar juntos”.

      3. Unir a los argentinos

Según el propio presidente, este es el punto crucial en la agenda del gobierno: “El desafío de unir a los argentinos es el más importante de todos, porque es el que necesitamos para concretar el de pobreza cero y derrotar al narcotráfico”. Todo lo que hemos desarrollado hasta aquí se condensa en esta bella idea: la Argentina unida. Macri, el ingeniero hacedor de puentes, no aspira en definitiva a ninguna otra cosa; unirnos. Desde luego, no resulta fácil establecer con precisión qué es lo que está implicado, en medidas políticas concretas, detrás de ese imperativo altruista. Desde luego, todos sabemos que un significante tan vago sólo adquiere un sentido asible cuando lo inscribimos en la coyuntura, en el barro de la historia. Unir, acá, significa ser otra cosa que kirchnerista. Lo que hay que unir es lo que separó la brecha: a los argentinos entre sí; a la Argentina con el mundo. “Durante años”, dice Macri, “fuimos conducidos a un enfrentamiento permanente, de persecuciones, choques y negar al otro”. Alude, por supuesto, al kirchnerismo y su política de confrontación. Pero confrontar, ¿no es precisamente darle al otro su entidad de tal? Pretender unir a todos a toda costa, eso sí se parecería más a una negación del otro. No es eso, sin embargo, lo que está en las miras del presidente. Igual que la pobreza cero y la derrota del narcotráfico, el imperativo de la unión tiene un valor puramente discursivo: es el significante que pretende nuclear una identidad política que no preexiste, que hay que construir, y esa es la gran apuesta de Macri. Es, en otros términos, retórica.

La prueba más cabal de esto último se aprecia con claridad en las siguientes palabras. Habla, por supuesto, el presidente: “Debemos unirnos en esta agenda de crecimiento. Sin importar el partido político al que pertenezcamos, tenemos que trabajar unidos para cuidar a los argentinos”. ¿Pretende realmente que todos los argentinos o todos los representantes del Congreso lo apoyen “sin importar el partido político” al que pertenezcan? Como exhortación, es una futilidad; Macri sabe perfectamente que los partidos políticos, por suerte, nunca dejan de importar. Pero, por supuesto, no es una exhortación. Ya saben lo que es.

En resumen, los tres grandes pilares que, según el presidente, integran la agenda pública son quiméricos. Como seguirá habiendo pobreza, como seguirá habiendo narcotráfico, como seguirá habiendo desunión, seguirá incólume la necesidad del héroe amarillo. Macri no dijo –sino lateralmente y con astucia- lo que va hacer; como bien se ha señalado recientemente, Macri fundó el relato de la identidad política en ciernes. Capítulo aparte son las responsabilidades del kirchnerismo y de la izquierda en todo esto. Capítulo aparte.

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