¿Qué ven quienes observan aves?

Me llevó meses identificar qué ave de gran tamaño es el que siempre veo volando a gran altura en distintas zonas de La Plata, generalmente el Bosque. Primero pensé que era un aguilucho por los colores que lograba distinguir, desde mi suelo, en la parte interna de esas alas en vuelo. Y así fui bastante tiempo, diciendo que había visto un aguilucho. La altura a la que volaba no ayudaba mucho a la identificación sin un binocular, debo decir en mi defensa. Pero luego lo vi más cerca: había dado con su nido, en un pino alto. En realidad, nunca llegué a ver el nido propiamente dicho, pero divisé al macho como vigía en la punta de la conífera, y que de allí bajaba unos centímetros. Iba y volvía. Miré un poco más abajo, y allí estaba la hembra. La conclusión se hizo evidente. Luego, con los colores más definidos, busqué en Google imágenes de aguiluchos, y no se correspondían con esta especie. Fue en el curso de iniciación a la observación de aves, dictado este año por el Club de Observadores de Aves (COA) La Plata, donde supe que aquel par de alas que me rapta la mirada cada vez que la veo era una pareja de gavilán mixto. Y que otro que yo veía muy similar al chimango -al que también identifiqué en estos aires- se llama taguató común. Tres especies rapaces distintas conviviendo sin problemas en un mismo espacio. Y claro, el inconfundible carancho.

Observar aves no es perder el tiempo. Todo lo contrario. Es ganar en conocimiento, armonía, y respeto por la naturaleza. De hecho, en grupos más o menos reducidos, vestidos con ropa cómoda que preferentemente se confunda con el ambiente, provistos de prismáticos y cámaras fotográficas, los observadores de aves son una imagen cada vez más recurrente en el paisaje platense. Congregados por la pasión de admirar en libertad y en su hábitat natural a estas conquistadoras del aire, la ciudad de las diagonales y sus alrededores tiene una gran variedad de estas especies para avistar: cerca de un centenar de las mil que hay en el país. El Bosque, el Parque Saavedra, el Parque Ecológico, el Pereyra Iraola, junto a las numerosas plazas de la ciudad y sus corredores verdes, son lugares que invitan a buscar, o escuchar. Porque a veces las aves no se dejan ver, pero se hacen oír.

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Creado en 2007 con el fin de compartir saberes, relevar las especies locales y educar sobre éstas, el COA La Plata dictó este año en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo, de la UNLP, como desde hace varias ediciones, el curso de iniciación en la observación de estas especies. Clases teóricas, salidas identificatorias en los alrededores de la institución universitaria, y un encuentro final en los terraplenes de Berisso, a pocos minutos del río, fue el programa que conformó esta propuesta.

¿Qué relación hay entre los dinosaurios y las aves? ¿Hay más de un tipo de pluma? ¿Por qué las alas tienen forma de acuerdo al ambiente en que se desplazan? ¿Qué ocurrió con los dedos en estas especies? ¿Por qué aves y pájaros no son lo mismo? Estas y muchas preguntas más tienen respuesta en las charlas que integrantes del COA dan en el curso. Porque no sólo hay que observar a un ave, también hay que conocerlo. Recordar, por ejemplo, por qué es importante mantener limpio el ambiente: a la hora de construir sus nidos, las aves no distinguen de productos artificiales o naturales. Y entre los miembros del COA hay quien encontró nidos que entre sus materiales tenían, por caso, hilos: un hogar que debe servir de protección a los pichones pueden tener materiales que los dañen.
También, en el COA ponen a disposición un tríptico que muestra las especies que habitan en La Plata, sus plazas y Bosque. Permite saber, por ejemplo, que dos tipos de picaflores polinizan en la ciudad: el común y el bronceado, aunque se viene sumando el avistaje del de garganta blanca. O que las palomas son más que las torcaza común: en La Plata se ven otras cuatro variedades de estas aves. También, tres tipos de patos y otros tres de golondrinas, forman parte del variado vecindario aéreo.

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Además de atraer los sentidos con sus cantos y colores, las aves tienen un valor como patrimonio natural, ya que son indicadores de la salud de los ambientes: si hay aves, es porque el lugar es habitable. También juegan un rol trascendental en mantener los ecosistemas, gracias a la dispersión de semillas, y como controladores biológicos, rol que cumplen las rapaces.

En los últimos años se hizo más común la posibilidad de avistar aves que antes eran poco o nada habituales en la zona. Desplazadas desde los campos por el avance de la frontera agrícola y la deforestación; el crecimiento de la urbanización; la forestación en la urbe con sus variados y pensados espacios verdes, son algunos factores que colaboraron en ese proceso. También que en varios espacios se opte por la plantación de árboles nativos. Pero el incremento de la avifauna a veces genera inconvenientes, como ocurre en el caso del estornino pinto, una especie invasora sin predador natural en la región, con una excelente adaptación al ambiente local que favoreció el desarrollo de una gran población en la ciudad y que fue corriendo a habitantes autóctonos, por caso a los pájaros carpinteros, ya que ambas especies utilizan los huecos como hogar.

Como ejemplo de estas “figuritas raras” que eligieron la capital bonaerense, en las salidas con el COA alrededor de la FCNyM observamos un fueguero común hembra, un cuclillo canela, y en esta época estival ya llegó el benteveo rayado.

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“Soy amigo de las aves pero sin jaula, señor”, cantan Los Hermanos Cuestas en la conocida chamarrita entrerriana “El amigo de los pájaros”. Si bien el cancionero popular es rico en las composiciones que refieren a estos animales, esa canción en particular era mi favorita en la infancia gracias a la precisa imitación que hacía del sonido de las aves Rubén Cuestas. Cada vez que mi papá ponía play al casette, yo pasaba tiempo tratando de emular esas notas, pero apenas aprendí a silbar de manera más o menos aceptable. Recordé esa estrofa de la letra apenas arrancó el curso que dictó el COA: la frase asoma como bandera para definir a los adherentes a esta placentera actividad.

Fotos: Romina Gelroth.

Texto publicado orginalmente en La Perinola.

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