Pueblos sutiles

El pueblo de Iruya se encuentra dividido por un valle. Los habitantes de la zona, taciturnos, se comunican con los miles de turista casi con desdén. ¿Qué espíritu posee a la gente y a estas montañas? ¿Qué sucede en el aislamientos y en la aceptación de un destino como el de vivir en esas tierras?

 

Hay poblaciones que de tan aisladas, de tan estáticas, parecen encontrarse al borde de la inexistencia. Algo así como un deseo de vida mínima, que no podríamos llamar supervivencia, las impulsa a mimetizarse, desaparecer en el paisaje o formar parte de él, como si solo fueran una expresión más del terreno que se manifiesta a través de la gente o se les mete adentro. Las casas, la arquitectura, las voces, el carácter, los rostros, todo parece responder a una lógica que debe estar cifrada en el color de las montañas, su altura, sus minerales y la agresividad con la que nacen de la tierra, dividiendo el terreno y aislándolo. Ahora no veo nada. Desde que subimos al micro, el camino de Tilcara a Iruya nos recibió con lluvia y nubes bajas. Son alrededor de cuatro horas –a veces más- de viaje por rutas angostas entre las montañas. El conductor maneja con una mano mientras con la otra fuma y, eventualmente, se saca de la boca peciolos de las hojas de coca que masca o añade bicarbonato. La visibilidad es de un par de metros y los caminos de ripio no están en buen estado. Mis compañeros alternan entre el terror y la entrega mientras miran las nubes lechosas que nos envuelven. En algunos trechos la ruta no es lo suficientemente ancha para dos vehículos y, en caso de encontrarse de frente, siempre alguno de los dos debe ir en reversa hasta encontrar algún espacio que permita el avance.

Viajo con Belén y Federico, compañeros de la facultad. Ella tiene 24, como yo, mientras Federico, que volvió a cursar luego de haber abandonado diez años, tiene 37. La decisión de viajar se tomó rápido y de una forma un tanto improvisada. Los tres nos llevábamos muy bien y habíamos empezado a juntarnos seguido. A Fede lo conocía hace más tiempo, mientras que a Belén no hacía un año siquiera cuando la convencí de viajar. Cuando sacamos los pasajes se sorprendieron un poco. Yo los había involucrado a los dos en un viaje que ellos no tenían en mente. Fede por la diferencia de edad, Belén porque recién habíamos empezado a salir unas dos semanas atrás, ambos por la extraña combinación que implicaba los tres en la carpa. Ninguno de los dos conocía el norte. Yo ya lo había visitado cuatro años atrás, por lo que me transformé en algo similar a un guía.

Cuando llegamos al “Abra del cóndor”, el punto más alto -cuatro mil metros de altura-, dos de los pasajeros le piden bajar ahí. Son ciclistas. El micro para y el chofer baja para sacar del baúl las bicicletas. Uno de los ciclistas agradece y le da, junto con el apretón de manos, un bollo de billetes. Belén me mira como diciendo “¿Qué les pasa?”. Digamos que la idea de bajar en bicicleta desde esa altura con una frazada blanca de nubes, frío y lluvia es difícil de comprender. El chofer vuelve a subir al micro y continúa el viaje descendiendo hasta los dos mil setecientos metros, donde está Iruya.

Con el descenso el clima comienza a mejorar y se puede ver el paisaje. A la distancia, en lo alto, más alto que nosotros, en unas mesetas que parecen inalcanzables e inhabitables se ven los rastros de viejas terrazas de cultivo, incluso alguna choza de piedra, quizás una ruina. Posiblemente sean las ruinas de Titiconte. La población de la zona es de descendencia inca. Contemplando que provienen de una civilización que ha mantenido una red de caminos de más de treinta mil kilómetros, es comprensible que vivir acá no sea un desafío para ellos. Cuando alguien asume que ese lugar donde nació, a causa del azar –o no-, que ese terruño es un destino, algo sucede. No intenta cambiar ya su geografía, no intenta someterla. Por el contrario, se somete a ella como a un dios, se entrena en ella para conocerla mejor, para amarla mejor y ser todo lo que esa tierra le permita ser. Es por eso que para alguien como nosotros, por más buena voluntad que tengamos, la posibilidad de vivir a más de tres mil metros, sobre una meseta que no es más que un plano inclinado y aislado del resto nos parece, cuando menos, algo más similar a la literatura fantástica que a la realidad. Una hora después empezamos a divisar el pueblo, un terreno sin líneas horizontales, de construcciones escalonadas y precarias. Si bien parece crecer lentamente, su expansión no deforma el paisaje, más bien se apoya sutil en sus irregularidades.

Cuando llegamos a Iruya y bajamos del micro se acercan una decena de mujeres y chicos a ofrecernos hospedaje. La escena parece salida de una película o documental del sudeste asiático, donde los turistas tienen el signo “$” en lugar de cara. Es entendible. En los años noventa la población no alcanzaba las seiscientas personas, hoy posiblemente sean más de mil y los turistas se han transformado en una de las fuentes de ingreso más grandes. Por lo menos tres veces al día llegan unos tres o cuatro micros cargados de viajeros. Los chicos nos dan pequeños papeles con faltas de ortografía donde explica los servicios que ofrece la casa de familia. Algunas señoras, algo menos diplomáticas, toman del brazo a la gente y de un tirón les explican su propuesta. Les explico a Fede y a Belén que cruzando el río –el pueblo está dividida en dos por un río casi seco que solo parece llenarse cuando llueve por varios días- hay un camping donde había parado la última vez que fui. El camping de “Gloria” es, básicamente, la base de la montaña. Tiene árboles, una pequeña despensa, agua caliente, muchos árboles y plantas y, por sobre todo, una ubicación estratégica para mirar el paisaje. Para llegar hay que bajar y caminar unos trescientos metros entre las piedras hasta encontrar la subida. La lluvia amenaza con volver y nosotros debemos armar la carpa. Con las mochilas y algunas bolsas, caminando con dificultad como ekekos, apuramos el paso y llegamos al camping. Ya entrenados en el armado de la carpa por las paradas anteriores, logramos dejarla en condiciones en tiempo record. La lluvia comienza a caer con fuerza y vamos a refugiarnos al quincho del lugar. El lugar está lleno de gente jugando al asesino. Belén, Fede y yo miramos acurrucados y con frio desde una esquina. Hay, por lo menos, catorce personas pegadas una al lado de otra y algunos en el suelo. “Me siento un refugiado haitiano”, dice Fede mientras se tapa las rodillas con un pullover y evita mojarse con las gotas de lluvia que se cuelan a causa del viento. Después de una comida improvisada y tardía y varios cigarrillos decidimos ir a dormir a la carpa.

A la mañana el sol es pleno. Es común en estos lugares que de un momento a otro las nubes cubran las montañas y llueva. Comenzamos a discutir sobre el viaje a San Isidro, el pueblo vecino, que está a diez kilómetros aproximadamente. Si llueve se recomienda no ir porque el agua sube y el camino se complica por el desprendimiento de las piedras. Después del mediodía, antes de comer, aprovechamos para sentarnos a leer. Otro grupo se acerca al quincho a preparar su comida. Reconozco haberlos visto días atrás en Purmamarca. Mientras cocinan uno de ellos hace un comentario sobre el libro que estoy leyendo y me mira. Empezamos a hablar. Ellos son seis estudiantes de teatro de la Universidad Nacional de Arte y acaban de llegar hace unas horas. Como en la mesa había un libro sobre tarot que estaba leyendo, la conversación derivó en cuestiones de astrología y esoterismo. Varias de las chicas del grupo me pidieron una tirada para aclarar unas cuestiones y accedí. En Tilcara me había pasado algo similar. Un chico que había visitado San Isidro tuvo una crisis de llanto en la soledad de la montaña y necesitaba aclarar unas cosas sobre un evento del pasado. Los viajes parecen abrir algo. Las relaciones y las ideas fluyen más fácilmente cuando nos despojamos de las suficientes cosas y la extensión del mapa nos libera de los refugios aislados, de las habitaciones y de la posibilidad de esa soledad rígida que se vuelve costumbre en la ciudad. El afuera nos recibe. El afuera, el gran maestro, mudo, nos enseña algo. Un discurso de piedras, plantas y animales, de cielo abierto, de nubes densas nos enseñan de una existencia, de una lógica que, a veces, desconocemos. Llorar en una montaña, solo, en silencio, con el vacío bajo los pies puede ser lo más cercano a la filosofía que alguien puede estar hoy en día.

Planeamos viajar a San Isidro la mañana siguiente para poder comprar algunas cosas y organizarnos mejor. También organizamos la cena. Mientras más somos más barato es. De paso también aprovechamos para ir y recorrer el pueblo mientras comprábamos la comida y el vino. Hay varios comedores y almacenes. Mientras los turistas caminan con esfuerzo por las calles empinadas, los chicos del pueblo corren y juegan al futbol. “Si  la pelota se cae ¿quién la va a buscar?”, me dice Fede que con un promedio de dos atados por día está lejos de ser una forma de vida adaptada al ejercicio físico cerca de los tres mil metros sobre el nivel del mar. Sin embargo resiste y no se queja. Ninguno de los tres es deportista ni tiene una vida que pueda llamarse remotamente sana, sin embargo, después de un par de excursiones ya nos acostumbramos. A eso se suma que Fede coquea continuamente como un animal rumiante. Él dice que lo ayuda. A mi más que mantenerme despierto o ayudarme a la mañana a despejarme frente a la ausencia de café no me ha generado nada. Belén no masca coca pero tampoco se queja. Tiene una sonrisa de oreja a oreja desde que empezamos a viajar. Nada le genera molestia, a todo se adapta con la alegría de un niño. Es lindo verla así. Desde que empezamos a salir, pese a no estar de novios, pasamos mucho tiempo juntos. A los ojos de todos somos novios. No tiene mucho sentido explicarles a los demás como llegamos a viajar juntos si nos estábamos conociendo. ¿Qué mejor oportunidad? No suelo tener muchas dudas cuando decido hacer algo. Tampoco pensé que el hecho de que fuéramos tres, y no solo nosotros dos, fuera un problema. Usando el lenguaje del tarot, siento que vivo “El Colgado” y “La Estrella”. Me entrego y recibo, y así como recibo doy. Será por eso que desconozco eso que se llama extrañar y me siento cómodo en el viaje. Desde que comenzamos a salir ella asumió el mismo plan. De hecho, de las veces que me había visto hablar sobre las cartas, había elegido “El Colgado” como una de sus favoritas: el deseo de una entrega voluntaria, una vulnerabilidad elegida para lograr recibirlo todo, para que la atraviese todo, porque no hay estrategias para entender una montaña, como no las hay tampoco en el amor.

A las once de la mañana comenzamos a organizar el viaje a pie. Son diez kilómetros y el único riesgo es mojarse un poco. El camino es irregular y hay que atravesar el río que serpentea y, por esa zona ya puede llegar a la rodilla o incluso a la cintura. Está algo nublado y, si bien la lluvia parece amenazar, es mejor salir con este clima que con sol pleno.

Para comenzar el camino primero debemos ir al otro lado del pueblo y atravesarlo. Si bien a simple vista Iruya parece agotarse en ese conglomerado de casitas divididas por el río, la vida se extiende más allá, por varios kilómetros, hasta desembocar en el camino a San Isidro. Una vez que llegamos nos encontramos en medio del valle, rodeados por montañas y nada más. Al igual que cuando estábamos descendiendo con el micro, esta geografía imposible –al menos para nosotros- nos parece incapaz de la ocultar, en su naturaleza vertical y rocosa, algún otro pueblo.

Por varios kilómetros el terreno es monótono y solo nos sorprende imaginar cuanto caminamos y cuanto nos falta por caminar. Poco a poco empezamos a ver que el paisaje cambia, el verde se hace más intenso y el agua más clara. Yo camino adelante, casi solo, mientras los demás, algo más atrás, camina en grupos de a dos o tres. Cada vez que empiezo a caminar en laguna excursión tengo el impulso de ir adelante, caminar rápido, treparme a las piedras, olvidando de forma casi mágica la torpeza que me caracteriza cotidianamente. Sin embargo cada tanto giro la cabeza, la busco a Belén con la vista y la encuentro ahí, a unos metros, con una felicidad estoica, mojada hasta las rodillas, sonriendo. Sonrío y sigo caminando. El viento golpea el filo de las montañas y hace un sonido similar al de un sicu. Tiene sentido.

Unos chicos de poco más de doce años guían a unos turistas hasta San Isidro. Cuando les consultamos si falta mucho nos dicen que no, que solo un par de curvas. Media hora después vemos el cartel que indica la subida al pueblo. Una escalera de piedra empinada nos hace entrar en calor, luego de haber caminado varios kilómetros con los pies mojados y fríos. Tenemos que hacer una recorrida rápida, comer y volver. Volver de noche no es recomendable y nos vuelven a decir que hay probabilidades de lluvia. Comenzamos a adentrarnos en el pueblo, mínimo, más pequeño que Iruya y más aislado. No hay ningún otro acceso visible que parezca práctico para llevar mercadería. El valle se muestra cada vez más fértil mientras avanzamos. El camino se angosta y se extiende muy lejos hacia adelante hasta llegar al cementerio. A un costado, montaña abajo, se ven diversos cultivos y casas mínimas rodeadas de cabras, caballos y vacas. Ahí el tiempo no avanzó. Un fragmento de tierra, una porción de mundo a veces puede oponerse al avance homogéneo del tiempo, ser su propia esfera y resistir.

Después de una breve caminata buscamos un comedor. Los pies helados nos torturan lentamente. Fede y yo, como no trajimos medias para cambiarnos, tuvimos que comprar unas de llama para el viaje de vuelta. La dueña del comedor nos indica que hay otro camino de vuelta, que se hace por arriba de la montaña de en frente y va a impedir que nos volvamos a mojar. La comida es abundante y barata. Entramos en calor rápido y empezamos a planear la vuelta antes de que se haga de noche. Hacemos una pausa breve para la digestión y emprendemos la vuelta.  Un perro decide seguirnos sin que nosotros le hayamos hecho ninguna invitación.

El camino de vuelta es una versión reducida de la caminera del Tahuantinsuyu. Eso mismo que veíamos a la distancia cuando llegábamos, las mesetas aisladas, las tierras cultivadas y las casas de piedra era por donde ahora caminamos. Cultivos de papa, telares, flores, hierbas y casas de piedra. El sendero, perfectamente delineado, serpentea bordeando las casas y el vacío. De nuevo, el tiempo se estanca. Nosotros caminamos mirando de cerca como turistas en el tiempo. Los habitantes a veces nos miran y nos saludan, otros hacen lo posible por ignorar nuestra existencia intrusa. La tarde avanza y la temperatura comienza a bajar. Con una botella de vino en mano apuramos el paso. Unas chicas que se unieron a nosotros en la vuelta no paran de hablar, su voz aguda hiere el paisaje. Ellas caminan como si nada de eso existiera y el camino fuera nada más que un nexo entre en punto A y el punto B. Fede y yo nos alejamos todo lo posible para no oírlas.

Cuando abandonamos el sendero, las terrazas de cultivo ocultas entre las montañas y el verde violento que surge sin esfuerzo de entre las piedras,  siento que estoy alejándome de una visión, del fantasma de una existencia más antigua y más compleja que la que contemplo superficialmente. Algo me dice que si vuelvo alguna vez, esto estará igual. Incluso pienso que, felizmente para ellos, cada vez que los turistas dejan de ir el pueblo olvida la presencia del tiempo o el tiempo los olvida. El paisaje al que se entregaron los protege permitiéndoles una existencia sólida y tenue, algo que los que venimos de la ciudad desconocemos.

Etiquetas: Esoterismo, iruya, norte, viaje

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