Por qué se mata

La vida cambia deprisa.

La vida cambia en un instante.

Te sientas a comer y la vida que conocías se acaba.

La vida cambia en un instante.

El instante normal.

 

Joan Didion

 

Esa mañana llevé a mi hijo al parque.

 

Extendí la toalla azul de ranas en la hierba crecida y dejé que el sol lo calentara durante cinco minutos por delante y otros cinco por detrás. Era un día cualquiera entre semana. No había nadie más allí. Estábamos solos él y yo. Tal vez durante algún minuto contemplé el cielo típico de las mañanas tranquilas, tan suave que nada pasa, claro y anodino. Podría ser un jueves o un martes, da igual. Pero mientras yo estaba ahí cantando sol solecito caliéntame un poquito, fijándome en esos pelos finos y dorados que pintaba la luz en sus piernas chiquitas. Mi mamá se cayó al piso y su cuerpo entero se estremeció en una convulsión tan violenta que quedó inconsciente tendida boca abajo sobre las baldosas frías.

 

También estaba sola, no había nadie cerca que pudiera verla.

 

Me quedé sin aire cuando recibí la llamada. Nunca me preparé para atender esas frases ásperas que se empeñaron en cortar sin tregua la mañana. Recuerdo que escuché mis propios gritos como si fueran los gritos de una desconocida. Las imágenes que siguen regresan huérfanas, divididas entre velo y espanto. Pero sé que pedí que alguien más cuidara a mi hijo y salí con la más vieja de mis camisas, el pantalón de dormir y el pelo revuelto. Cuando el conductor del taxi me preguntó si estaba bien, me quedé en silencio siguiendo las ramas de los árboles por la ventanilla para no ahogarme del todo.

 

La ambulancia entró despacio. Vi sus piernas –esas piernas- tendidas en la camilla. Corrí para abrazar a mi hermana y observé la carpeta de plástico que papá llevaba entre las manos. Ahí estaban los resultados de cada uno de los exámenes que durante años le habían sacado, luego de que empezara a olvidar algunas cosas, cosas pequeñas y aparentemente ordinarias. Me sentí aturdida cuando la miré desaparecer por la puerta de urgencias. No pude evitar pensar en otra ambulancia años atrás, en donde era yo quien viajaba acostada y ella la que me susurraba al oído que todo iba a estar bien, que estábamos en uno de esos carros que resuenan sus bocinas en las películas. Como en los filmes de suspenso, la realidad era una sustancia viscosa e ilegible de la que ya no había forma de escapar.

 

La tarde se hizo noche en los pasillos de la clínica. Encontramos un sillón alejado de la sala de espera ardida de rostros adoloridos. Habíamos pasado allí las últimas horas, pero cuando mi papá cruzó la puerta de urgencias buscamos un lugar silencioso para que nos explicara lo que había sucedido. Recuerdo que se tapó la cara con las manos luego de contarnos que iban a internarla. Entre sollozos lo escuché preguntarle a la vida por qué cambiaba. No sé con qué memorias se encontró, quizás con días antiguos en los que esa vida se proyectaba toda hacia delante. Ahora, detenidos en alguna parte de la carretera no sabíamos qué páramos nos esperaban y si esperar era realmente el verbo que seguía a esa sala de luces de neón.

 

Alguien advirtió que ella estaba sola en algún cubículo y que debíamos acompañarla. Me ofrecí a entrar porque mi papá necesitaba de ese aire meditativo de la noche. Mientras le aclaraba al celador a qué paciente vería, me dije, en silencio, que no sabía cómo ser fuerte, pero intentaría no quebrarme. Se me ocurrió que hablarle de su nieto podría ser una buena idea.

 

La encontré más blanca de lo que siempre había sido. Con la boca abultada y los ojos entrecerrados. Sus lamentos me hicieron sentir tanto miedo que no supe armar ninguna frase comprensible. Dijo que le dolía, que tenía frio, preguntó de dónde venía tanto dolor junto, pidió auxilio. Entonces exigí un médico a la primera enfermera que pasó. Ella me señaló el doctor que le habían asignado. Era un hombre alto, de brazos ejercitados, con el pelo peinado con gomina y un escapulario en el pecho. No parecía un médico. Tecleaba  en su computador mientras yo le pedía “ayuda por favor”. En un minuto sí se giró y me dedicó una mirada lenta que empezó en mis pies y terminó en el pelo sin peinar. Luego soltó una frase seca. “Ya le expliqué todo al señor”. Dijo y volvió a ponerse de espaldas. Fui grosera adrede porque nunca me había sentido tan humillada, tan frágil, tan asustada. Recuerdo que lo vi levantarse y que sus gritos invocaron la misma punzada que en la infancia me producían los regaños de todos los adultos que no eran mis padres.

 

Un grito más retumbó en la sala. Era mi papá que había entrado sin que me diera cuenta. Al correr la cortina celeste que aislaba la camilla, la vi poseída por una nueva convulsión, frenética, extraña, inhumana. Él la sostenía, el miedo le agrietaba el rostro que no entendía y preguntaba qué era eso y de dónde se detenía. Entonces observé a mi cuerpo adelantarse, volver a la cabina donde el doctor seguía atento al computador; extendí las manos y agarré con fuerza, con furia, sus brazos. Como si mis dedos fueran garras y ya no hubiera más, no hubiera más. Mis latidos crecieron tanto que apagaron los demás sonidos. Me quedé quieta en ese calor que enceguece ignorando las amenazas del médico, las ordenes del celador. Inmóvil en ese dolor que dobla y endurece a la vez. Viéndolo crecer hasta convertirse en una llamarada indómita y desconocida.

 

Entendiendo de golpe y para siempre por qué es que se mata.

Attachments

Discusión (0)

No hay comentarios para este documento aún.

La generación de comentarios ha sido deactivada en este documento.