Por dos pesos

5 a.m, martes 3 de Enero, el sol calienta las chapas del rancho donde vive María con sus cuatro hijos, todos duermen en un mismo ambiente, también ahí comen, juegan, charlan, toman mate y reciben las visitas.
El más chico, Julián, tiene parálisis cerebral, se pasa todo el día sentado en la misma silla, cada tanto Romina, la mayor de los hermanos, lo cambia de posición para que no se escare.
Suena el despertador y aún no amaneció, como cada día en la vida de María, trabaja los 365 días del año, no tiene vacaciones, no se las toma, cuando los chicos se van a lo de su padre, ella sigue trabajando, es que no sabe si a fin de mes podrá pagar la luz, el gas y por sobre todo si tendrá comida para los cuatro y para comprar los pañales del Julián.
La casa queda en el centro de la villa 31 en el barrio de Retiro, Buenos Aires, la construyó Juan, el hermano de María, cuando ella quedó embarazada de Romina, y el padre de la criatura la abandonó, pero antes vendió la casa que tenían en común y le dio un par de buenos golpes, por las dudas, no vaya a ser que María aún dudara de su miseria humana.
En éste martes caluroso, las chapas empiezan a crujir y hacen un ruido que despierta temprano a los cinco dentro de la casa, todos desayunan mate cocido y tres galletas del día anterior que ella divide entre los cuatro hijos.
María se va a trabajar a Pilar, limpia la casa de un empresario en un barrio privado, y si le quedan energías y horas extra, cuida los chicos de la casa de al lado de la de sus jefes, sobre todo los fines de semana.
Ese día María no volvió a la casa, Romina esperó hasta las 3 de la mañana en la puerta del rancho, hasta quedarse dormida. A las 7 de la mañana su abuela llega con la noticia: María había muerto en un intento de asalto en la parada de colectivo, le habían querido sacar los $200 pesos que había hecho ese día para comprar la leche y los pañales para el Julián.
Por $200 la mataron.
A María la mató la miseria, la mato la indiferencia, la mato el miserable sistema capitalista que no hace más que marcar diferencias entre ricos y pobres, educación privada y pública, acceso si y acceso no, enriquecimiento desmedido y avaricia, la mataron las grandes marcas y el consumismo, las malas políticas de Estado de décadas, donde importó más vender las tierras a extranjeros que procurar vivienda digna para los propios.

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