PANDEMIA, AUSCHWITZ Y CINE

PANDEMIA, AUSCHWITZ Y CINE

El lector tal vez se pregunte qué relación puede haber entre los tres términos del título. La hay y la misma se pondrá en evidencia en las líneas que siguen.
Empezaré por el final, es decir por el cine.

Cine
En el film La excepción (The exception, 2016), primera película del director teatral británico David Leveaux, se cuenta la historia del romance entre un oficial del ejército alemán y una holandesa judía en 1940 en la Holanda ocupada, es decir a un año de que estallara la Segunda Guerra Mundial. La particularidad del hecho no radica solo en las contradicciones de un vínculo amoroso que nace entre una víctima y su teórico victimario, sino en que la trama se desarrolla en el castillo que habita desde 1918 el káiser Wilhelm II de Alemania, tras su abdicación al trono y exilio en Holanda.
El papel del káiser lo interpreta Christopher Plummer con su solvencia habitual, encarnando un personaje que, sin haber abandonado su continente aristocrático ni sus esperanzas de volver a reinar en su país de origen, exhibe suficiente tolerancia y comprensión como para llegar, a partir de cierto momento, a proteger los amores del oficial con la joven judía de buena familia. Esta aparentemente había caído en la escala social tras la invasión nazi de su país hasta convertirse en mucama de la familia real exiliada.
La protección de Wilhelm llega a extremos que no relataré para no develar el final de una película que reúne méritos bastantes como para aconsejar al lector que la visione si se la exhibiera en algún ciclo cinematográfico retrospectivo o, de no poder ser en una sala de cine, al menos por televisión o internet.
La trama del film transita con acierto por dos géneros frecuentemente emparejados en el arte cinematográfico: el del suspenso y el romántico. En todo caso cabe aclarar que Leveaux trata al personaje que confía a la expertise de Plummer con mayor benevolencia de lo que lo hace la historia, que carga sobre los hombros y la incapacidad política de Wilehlm II gran parte de la responsabilidad por el estallido de la Primera Guerra Mundial.
El káiser abdicó a su trono, pero nunca a la esperanza de recuperarlo, y eso incluso durante el gobierno de Adolf Hitler. En su intento contó con la activa colaboración de su esposa Hermione que en 1940, habiendo llegado a creer que el presunto propósito de Hitler de restaurar la monarquía en Alemania coincidía estratégicamente con las aspiraciones de su marido de recuperar el trono, no dudó en buscar un pacto con el gobierno nazi. A tal fin invita a Heinrich Himmler, el jefe de las SS, a visitar al ex káiser en su castillo holandés.
Y aquí aparece el vínculo entre el film y los campos de exterminio nazi.

Auschwitz
Al tiempo de la llegada de Himmler las SS están realizando una pesquisa en el entorno del castillo de Wilhelm II a fin de descubrir el paradero de un agente británico encubierto. La intriga del film vincula esta circunstancia con el romance del oficial alemán y la mucama. El oficial Stefan Brandt había sido retirado del frente para hacerse cargo de la custodia del káiser exiliado con la excusa de una herida sufrida en acción, pero en realidad a consecuencia de sus críticas por la masacre de mujeres y niños cometida por sus compañeros de armas durante la invasión de Polonia. El oficial cree que el comportamiento atroz de los militares es la “excepción” en la conducta honorable del ejército alemán.
La llegada de Himmler representa el punto de inflexión en la peripecia narrativa y en el devenir histórico. Leveaux presenta a Himmler como un patán pequeño burgués que ignora o desprecia las normas más elementales de cortesía. Cuando al fin de la cena con que lo agasaja el káiser este lo invita a visitar su colección de uniformes, Himmler se limita a responder que se va a dormir porque está cansado del viaje y al día siguiente ha de levantarse temprano. El retrato del jerarca nazi se completa cuando la esposa del káiser llama a la habitación del huésped para ofrecerle el dinero de las propinas para la servidumbre, con que por entonces se acostumbraba que los invitados recompensaran la atención del personal de servicio de sus anfitriones. Himmler no solo no rechaza por consideración a la elegancia social el gesto de Hermione, sino que acepta el dinero en silencio, sin una sola palabra de agradecimiento.
El cambio histórico se produce porque la pareja real llega a la conclusión de que ese ser miserable es un representante genuino del espíritu del nazismo. En consecuencia ambos pierden la esperanza de que sea viable un pacto con Hitler para que Wilhelm recupere el trono. Aceptan que están en lo cierto aquellos que opinan que los nazis dejan correr la versión de que el führer desea llevar al káiser a Berlín para reponerlo en el trono, para que salgan a la luz los partidarios de la monarquía y así acabar con ellos.
Durante la cena, de la que participa Brandt, el oficial encargado de cuidar la seguridad del káiser, Himmler solo habla para exponer los métodos que, bajo su dirección, el régimen emplea para avanzar en la purificación de la raza aria y de ese modo modelar el súper hombre que al fin de la guerra regirá el mundo. Entonces describe con absoluta frialdad las prácticas de eutanasia empleadas para eliminar a los discapacitados físicos y psíquicos, así como a los miembros de las razas “inferiores”. La declaración impávida de Himmler, que deja en evidencia no solo su sadismo sino su convicción de que el futuro le asegura impunidad, justifica el vínculo que mi artículo establece entre Auschwitz y el cine a través del film que comento. Así también es el punto de inflexión del relato que provoca el cambio de actitud del oficial amante de la camarera judía. El parlamento casi autista de Himmler ilumina el conocimiento del militar. En ese instante comprende que la “excepción” no fue el comportamiento atrabiliario de sus compañeros de armas que masacraron a mujeres y niños indefensos; ese es el sistema, la excepción es él mismo que no puede aceptarlo como la normalidad, sino que se asombra y se horroriza. Entonces, para conservar la humanidad, la dignidad y la cordura solo tiene un camino: la resistencia.
Nos queda por descubrir cuál es la relación entre Auschwitz y la pandemia a que también se refiere el título de estas líneas.

Pandemia
Lo dijo Christine Lagarde, antes de ser premiada con la presidencia del Banco Central Europeo, cuando aún era directora general del Fondo Monetario Internacional. Y lo dijo reiteradamente, que los viejos viven demasiado y que en tal caso el sistema jubilatorio es insustentable. Lo dijeron muchos otros personajes importantes por su poder económico o político, aunque menos notorios públicamente que la Lagarde. Lo dijeron cuando la pandemia no era un hecho declarado, pero se estaba gestando. Por entonces, y desde hacía cincuenta años, el neoliberalismo impuesto como único programa cultural posible estaba desfinanciando y privatizando el sistema
público de salud. La última etapa del capitalismo, el capitalismo tecno-financiero, el tánatocapitalismo, necesita de la muerte, ama la muerte.
Una vez declarada la pandemia el vínculo entre esta y Auschwitz es evidente. Se trata de un asesinato ecuménico, de un genocidio que, admitiendo que no haya sido programado, sí al menos tiene como causa concurrente el abandono de la prevención sanitaria cuyo resultado tal vez logre hacer sustentable el proyecto neoliberal. La pandemia es un medio eficiente, quizá tanto o más que las cámaras de gas de Himmler. Pero la masacre ya venía en marcha en las aguas del Mediterráneo, en los campos de refugiados de guerra en las fronteras exteriores de la Europa opulenta, en los cordones miserables de las megalópolis de América Latina, en la intemperie de las calles de todas las ciudades del mundo. “Siempre habrá pobres”, elevan la oración de gracias a su señor los salvados.
Hoy, desde las cloacas de los medios masivos y de las redes sociales se levantan las voces indignadas de los mercenarios notorios y de los aficionados ignotos. Se indignan porque no se privilegia la economía sobre la vida atestando así las fábricas, las oficinas y los medios de transporte con una multitud de trabajadores sujetos al contagio, lo que en definitiva revertirá sobre la economía y hará colapsar esta así como la capacidad de respuesta del sistema de salud. Se indignan porque se pretenda gravar con un impuesto de emergencia, por única vez, a una minoría ínfima de la población, los poseedores de grandes fortunas, sus amos. Se indignan contra los gobiernos y los jueces que para descomprimir la súper población de las cárceles deciden conceder la prisión domiciliaria a presos sin condena, procesados por delitos menores. Se indignan porque consideran que el hacinamiento y en consecuencia la infección masiva de reclusos, es una buena herramienta de limpieza étnica. En definitiva, los mercenarios de los medios se indignan porque el estado recupera protagonismo siendo ellos los portavoces de los usufructuarios privados del neoliberalismo. Y los aficionados de las redes sociales aunque no se beneficien se indignan, porque al odio hay que darle salida para que no te envenene.
Primo Levi, que sobrevivió al horror de Auschwitz, dice en su libro Si esto es un hombre:
“Si comprender es imposible, conocer es necesario porque lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también.”
De Auschwitz han pasado solo ochenta años.

Mayo, 2020
Jorge Andrade
Escritor y economista

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