PALABRA Y ACCIÓN EN LOS BOSQUES SECOS DE SAN MARTÍN

I

Hace varias noches hablaba con un amigo sobre las potencialidades del lenguaje y si es que existe algún valor del que se desprendan los demás valores. Dicha conversación de madrugada me despabiló y nos dio como resultado la siguiente conclusión: si un ser humano llega a convertir su palabra en acción pues ha cumplido con su propósito de vida, por la tanto sus valores fueron los correctos. Pero ¿Cuál es el valor necesario para lograr esto? Se necesita de dos sustantivos: palabra y acción, juntos crean el valor de la coherencia. Javier Heraud fue palabra y acción; María Elena Moyano fue palabra y acción; Edwin Chota, Jorge Ríos, Leoncio Quinticima y Francisco Pinedo, cazados como si fueran animales en los caminos de la Comunidad Nativa de Alto Tamaya Saweto, fueron palabra y acción. La historia de las asociaciones y campesinos del Bosque del Quinillal y del Valle del Biavo por conservar el bosque de ojos secos en San Martín, es otro ejemplo de la causa-efecto entre estos dos sustantivos.

Los bosques secos en el Perú tienen presencia geográfica en la parte de la costa, abarcan desde los límites de Chile hasta los límites con el Ecuador, al menos así lo enseñan las clases de ciencia y ambiente en el colegio. Pero en San Martín hay una excepción: tenemos un bosque estacionalmente seco tropical. Lo llaman el Bosque Seco Tropical del Huallaga. Dichos bosques poseen la particularidad de albergar en una distancia de tres o cuatro kilómetros ecosistema muy diverso que acogen especies comunes presentes en la cuenca amazónica al igual que especies endémicas del Bosque Seco Tropical del Huallaga. En cada zona del bosque hay árboles que se agrupan de acuerdo a ciertas condiciones que el bosque seco brinda. De esta manera aparecen los árboles de manchinga (Brosimum sp.), estoraque (Myroxylon balsamum), espintana (Xilopia sp.), shucshumbo (Myrcia sp.), ojé (Ficus spp.), yanchama (Poulsenia armata), chuchu-washa (Maytenus sp.), coco-bolo (Astronium sp.), bola-quiro (Schinopsis peruviana), ajo-sacha (Mansoa alliacea). Todos agrupados en diferentes zonas, a excepción de la quinilla (Manilkara bidentata) que está presente como un guardián en todo el bosque seco.

Para poder redactar esta crónica, he viajado a Tarapoto, una ciudad que vive igual tanto de día como de noche. En la ciudad de las palmeras me encuentro con Iván, un ingeniero ambiental que trabaja conservando la Amazonía. Me cuenta que se levantó temprano para revisar unos correos y que la noche anterior regresaba de Picota. Tiene una cicatriz en la frente y en la nariz, que trata de ocultar con unos lentes negros. La herida fue producida por un golpe, con un listón de madera del árbol de quinilla; un parásito de la selva le ha causado infección al estómago, le llaman por celular y se compromete a revisar por la noche los procesos de la quinua en el Alto Huayabamba. Mientras nos dirigimos a Picota, me cuenta que en su cabeza retumba fuerte la idea de estudiar derecho para que nadie le mienta.

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II

El Quinillal

Bajo el penetrante sol de marzo hemos llegado a Picota. Teníamos que comprar calaminas, pernos, clavos, superboard y 15 metros de soga para asegurar todo lo que debíamos llevar al puesto de conservación ubicado en la Concesión para la Conservación “El Quinillal”. En el camino, observo el cielo y varios gallinazos husmean el lugar desde lo alto. Es fácil llegar a la entrada de la concesión si tienes una moto o un carro, todo es carretera. Luego de pasar por el acecho de las carroñeras como serviciales aves, pasamos por los pueblos de Nuevo Mundo y Dos Unidos. De pronto, Iván frena la camioneta y se mete por un sendero muy angosto, avanzando aproximadamente cincuenta metros. Hemos llegado al lugar de la construcción del puesto de conservación de “El Quinillal”.

Los tres puestos de conservación que se vienen construyendo tienen la finalidad de desarrollar actividades de vigilancia y protección de los recursos naturales de estas áreas de conservación que en su conjunto resguardan 25 mil hectáreas de bosques de la región San Martín, de las cuales 17 mil hectáreas pertenecen a los bosques secos tropicales del Huallaga ubicados en las provincias de Picota y Bellavista, en las Concesiones para Conservación El Quinillal y Valle del Biavo. Asimismo servirán como centro de interpretación para los visitantes, para educación ambiental y para albergar a investigadores

Don Hugo, quien se describe como un hombre de monte, parece dirigir la construcción del puesto de conservación. Fuma un cigarrillo y luego se acerca a cortar un pedazo de madera que tiene que encajar en una parte del techo. Iván agarra el taladro e inserta los pernos en las vigas. Todos trabajan en conjunto. Estoy en presencia de campesinos que conservan el bosque y se han dado cuenta de los servicios, bienes y potencialidades que tiene un bosque cuando está en pie, de campesinos coherentes con sus actividades productivas, de campesinos capaces de hacerle frente al despotismo con que la gente trata al bosque, de campesinos que sienten lo mismo que yo: amor por la tierra. Mientras están levantando una de las vigas del techo, conversan sobre la migración y ocupación con fines agrícolas que está afectando los suelos del bosque de la quinilla. En efecto, esta historia también tiene otro rostro, el de campesinos foráneos que han entrado a la concesión para usar los suelos de aptitud forestal con fines de producción agrícola condenada a la insostenibilidad. En un inicio, la tierra virgen que albergaba el bosque te puede dar papaya, maíz y arroz por un tiempo, pero luego, los suelos expuestos a la intemperie y sin la provisión de la materia orgánica que antes aportaba el bosque, se van degradando con rapidez y dejando de producir igual. Lo ideal para los concesionarios es generar alianzas y no dejar que la migración agrícola siga avanzando. Iván les enseña cual debe ser su posición frente a esta problemática. -Ya entraron al bosque, ya talaron, ahora solo trabajen lo que tienen en ese espacio de tierra, pero no queremos que esto se extienda o siga avanzando-, les dice, para que lo trasmitan cuando se encuentren con esta dificultad.

Han pasado las horas, es la una de la tarde y me dirijo con Iván a traer el almuerzo desde la comunidad de Nuevo Control. El camino es poblado por mariposas de diferentes colores: distintos amarillos, desiguales rojos, diversos negros y disímiles blancos. De regreso a la construcción del puesto de control nos encontramos con personas dentro de la concesión que estaban quemando la vegetación al costado del camino. Iván frena y estaciona raudamente la camioneta, vocifera clara y enérgicamente – esta es una concesión con resolución de la Autoridad Regional Ambiental, ¿quién es el responsable de esto? –, pregunta de manera indignada, mientras enciende la camioneta – que no vaya más allá este fuego – dice, y pone la cuatro por cuatro de neutro a primera.

La mayor amenaza del bosque de quinilla y de todo el bosque seco es la agricultura migratoria, incluso de personas de la misma zona que buscan espacios para sembrar maíz y papaya. Don Hugo les dice zorros a las personas que cosechan la papaya, dado que dicho fruto es una de las comidas favoritas del astuto animal. Por la concesión pasa una carretera, de esta manera los amenazantes del bosque tienen más facilidades para sacar su producto, lo que hace más tentadora la siembra. Otros puñales para este bosque son el tráfico de madera, la cacería con fines comerciales y la elaboración de carbón.

El 80 por ciento de la madera que exporta el Perú tiene origen ilegal según el Banco Mundial. A comienzos del 2014, la Interpol y la Organización Mundial de Aduanas realizaron un operativo contra la tala ilegal en el país y sólo en tres meses decomisaron tantos troncos como para llenar casi setecientos camiones . El “lavado” de la madera, es decir la adulteración de papeles para convertirla en un producto legal, es un negocio rentable. La madera ilegal mueve hasta veinte mil millones de dólares al año. Un estudio en Brasil, Filipinas, Indonesia y México, descubrió que la probabilidad de que el delito de tala ilegal sea castigado es de 0.084%. Esto sucede sobre todo en países ineficientes, corruptos o víctimas de la violencia política. A diferencia del dinero del narcotráfico, la madera ilegal es más fácil de lavar porque parece inofensiva. Mientras la cocaína mata, la madera de la Amazonía adorna la sala de una casa en forma de una mesa. La ONU considera al tráfico de madera similar al de los ‘diamantes de sangre’, que ha financiado guerras y violaciones masivas de derechos humanos en África. Sin embargo, las autoridades siguen acumulando denuncias que nadie revisa. Ningún empresario maderero ha ido a la cárcel por talar o traficar árboles en el Perú.

La quinilla es un árbol de madera dura, bastante resistente a la intemperie como a las condiciones bajo tierra, y de gran poder calorífico; de ahí que sea bastante cotizada –y entonces traficada- para la construcción de casas, cercos para las chacras, leña y carbón, etc. El árbol alcanza su mayor dureza cuando es un árbol viejo, por eso buscan árboles de mayor volumen y antigüedad, de esta forma se aseguran que la madera sea buena. Además de la presencia de la quinilla en este bosque, existen otros árboles como la manchinga, la espintana y el estoraque. También hay cedro y caoba, nos dice Don Hugo, pero por la depredación sufrida ya son raros. Además es el hábitat de una especie de muy rara presencia en el Perú, la tortuga de patas rojas (Chelonoidis carbonaria) y de una fauna muy perseguida y en situación vulnerable como el sajino, el majás y una gran variedad de aves.

Iván es, lo que en la comunicación se denominaría, un mediador de conflictos. Absuelve las inquietudes de los campesinos y propone soluciones e ideas. Mientras descansamos de la jornada del día en la comunidad de Nuevo Control escucho lo que les dice. Habla de lo importante que es fortalecer sus capacidades en el enfoque de gestión territorial sostenible para que nadie les mienta – lo que nosotros queremos es que ustedes caminen solos y con su bosque; hay grandes cosas por venir, sólo tienen que estar organizados, creando sinergias en favor de la prevención y custodia de las concesiones para conservación – les explica.

Dicen que la revolución empieza por uno mismo. Iván empezó la suya hace cuatro años: dejó de comer carne. Acción que aprendió de su padre, un recio hombre próximo a los 80 años que no come carne hace 30 años. – Yo soy un conservacionista del bosque, por eso he dejado de comer carne, el ganado contamina, los pollos contaminan, peor aún la carne del monte, me indigna cuando me ofrecen eso; es más por un tema de convicción que he dejado de hacerlo – me dice. Le respondo que lo que me cuenta es otro ejemplo de la unión y consecuencia entre dos sustantivos: palabra y acción.

Son las nueve de la noche, hay estrellas en el cielo y estamos en la carretera rumbo a Bellavista. Esa noche nos quedamos ahí. Con nosotros viene Don Hugo y su moto, una CGL Honda que me hace recordar a la AG 100 Yamaha. Su moto azul está amarrada en la tolva de la camioneta con la soga de 15 metros que compramos en Picota. Dejamos a Don Hugo en un desvío de la carretera, vemos cómo se va perdiendo en la oscuridad de la noche. Al avanzar con la camioneta, Iván frena de golpe; el motivo: una hermosa boa constrictor luce sus colores en medio de la pista. Bajamos a verla y la fotografiamos. Sus colores son impresionantes, todos disipados de manera contigua en el cuerpo del reptil: plomo, blanco, negro, naranja-rojo y amarillo. Mucha gente no aprecia las serpientes, mi madre les tiene fobia y repulsión. Iván trata de cogerla de la cola mientras yo palmeo el piso para obtener su atención. No es tonta, no se deja engañar y se enfrenta moviendo su cabeza velozmente hacia mi mano, la esquivo. Lo que no sabe la Boa constrictor es que tratamos de salvarla de ser atropellada. – La gente le mete la llanta no más si ven a estos animales, son muy amenazados – me dice Iván mientras logra cogerla de la cola para sacarla de la pista. Lo logramos, alejamos a la mantona de la carretera. Le tomo una foto más en la que aparece sacando su lengua bífida como muestra, creo yo, de haber entendido que solo queríamos protegerla.

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III

El Valle del Biavo

Son las cinco de la madrugada en Bellavista y ya no puedo dormir. El calor es intenso y ni el ventilador del hotel puede ofrecerme frescura. Ese día fui al Valle del Biavo, otra de las Concesiones para Conservación del bosque de ojos secos en San Martín, en el que se está construyendo un puesto de conservación. Me dirijo con Iván a la comunidad de Dos Unidos. Me presenta a Euler, el líder de la Asociación de Conservación y Protección Ecológica “El Valle del Biavo”. Iván regresa rumbo a la concesión del bosque del quinillal en Nuevo Control. Quiere dejar ese puesto listo para techarlo con calaminas.

Euler me lleva a la casa de Oscar, el presidente del Comité de Dos Unidos, me invita a desayunar para luego dirigirnos a la Concesión para Conservación Valle del Biavo. En el camino, Oscar me cuenta sobre la incredulidad que tenían los pobladores con la asociación – acaso creían que íbamos a tener un puesto de control, que íbamos hacer que nuestro bosque sea una concesión para la conservación, nada nos creían – me dice mientras atravesamos un platanal. En el camino aparece un río: el Biavo. Cruzamos el río en una balsa, al surcarlo dos patos silvestres vuelan en el cielo y un gavilán se muestra erguido en la rama más alta de un árbol que observo de lejos.

La Concesión para Conservación Valle del Biavo abarca cinco sectores. Cuatro del distrito de Bajo Biavo: Vainillas, Pacasmayo, Dos Unidos, Dos de Mayo; y uno del distrito de Alto Biavo: Abancay

La amenaza presente en el Valle del Biavo es la deforestación para cultivos agrícolas y la extracción de madera – hemos frenado mucho la deforestación, la gente ya no tumba monte virgen, solo en el sector de Huallaga Ledoy tenemos problemas – me dice Euler. Ahora la gente ha optado por cosechar maíz en las islas que se forman en el río. Oscar me cuenta que ya no chapanea (caza) hace mucho tiempo, porque ahora es un conservacionista del bosque. Mientras caminamos me dice que mire hacia abajo. El porqué: un sapo-toro luce estático, camuflado e imponente en las hojas secas de la tierra.

Para llegar al puesto de control se camina media hora, en el camino imponentes y saludables árboles de quinilla lucen erguidos y rígidos en medio de la enramada espesura del bosque. Euler camina rápido, me anuncia que pronto llegaremos, pero primero tendremos que subir una cima en medio del bosque. No me asusta caminar, ni subir pendientes que son complejas geográficamente. Vivo en Trujillo y he escalado el Apu Blanco, el Apu Cabra y el Apu Campana, así que sigo caminando observando los colores y escuchando los sonidos que el bosque me muestra.

Llegamos al puesto de control. Uno de los responsables del sector del bosque que conservan espera sentado al costado de su carpa, ha pernoctado en la selva toda la noche. Euler me quiere mostrar algo, no sé qué es y solo sigo sus pasos. – Hay 18 especies de esta planta y esta es considerada la más grande de las américas – me dice, mientras puedo escuchar el zumbido de los zancudos que vuelan muy cerca de mis oídos. La planta que me mostró Euler es el Platycerium andinum o Corona de los Ángeles, un helecho magnífico que encontramos en lo más alto de un árbol de quinilla. Existen 18 especies del Platycerium: cuatro en Australia, tres en África, cuatro en la isla de Madagascar, seis en el Asia Tropical y en América, ésta es la única. Tienen una distribución muy limitada, solo existen en los bosques tropicales secos del noreste del Perú y en una pequeña parte de Bolivia. Soy un privilegiado al poder ver un helecho gigante, acerco la cámara fotográfica y la planta luce radiante por algunos rayos de sol que logran traspasar la espesura de los árboles. Cada helecho puede tener dos metros de alto, y la corona dos metros o más de diámetro. La razón porqué el Platycerium andinum es tan grande y cómo cruzó el África, el océano Atlántico y la Amazonía hasta llegar a San Martín, es una pregunta que estalla en mi cabeza hasta que la bióloga María José en un tono muy intelectual me hace aterrizar en el plano científico-comprobable y me dice: a eso se le llama deriva continental, antes África y América estaban unidas y es el motivo por el que la familia de helechos solo se encuentran en partes muy específicas del mundo, porque solía ser una sola superficie de territorio, antes de la susodicha deriva continental.

Ha pasado la mañana, entre caminatas por el bosque y conversaciones con Euler y Oscar. Es hora de regresar a Bellavista, donde me encontraré con Iván.

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IV

Estoy de regreso a casa, el bosque de ojos secos me ha dado pequeñas luces de sus saberes y conocimientos. Tan sabio es el bosque que nunca te muestra todo, algo se reserva para otra ocasión. A la selva tienes que ganártela y conquistarla para que te siga mostrando sus caminos. Una de las funciones que tienen los bosques o deberíamos llamarla una virtud, es generar condiciones para que haya presencia de lluvias. Estos últimos días ha llovido muy poco por la zona de Bellavista, mientras que en la Concesión para Conservación El Quinillal han tenido lluvias permanentes. En esa zona se ha cosechado maíz y papaya, por otros lugares la ausencia de lluvias ha afectado la agricultura. En conclusión: el bosque de quinilla genera condiciones hidrográficas muy importantes que benefician ese sector. La comunidad de Nuevo Control e incluso población de lugares alejados, se han dado cuenta que las lluvias se originan en ese bosque.

En la carretera, rumbo a Tarapoto, la teoría se hace práctica: empieza a llover. Abro la ventana del auto, saco mi brazo derecho y dejo que la lluvia moje mis manos mientras agradezco a la selva por haber permitido que me sumerja en sus entrañas, por consentir que use sus ríos y sus ramas para conectarlos con mis vasos sanguíneos, por haberme dado uno de sus árboles para usarlo como muletas de mi esencia y sus hermosos animales para sentirme como uno de ellos, para ya no seguir cuestionando mi sed, mi hambre, mi lado bestia. Gracias naturaleza vestida con marañas y leyendas, por tolerar que ingrese como una tormenta tropical entre tus senos y dejar que me quede dormido entre tus piernas, porque tú sabes selva mía, que si espero afuera me demolerán como a uno de los tuyos.

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