Oyes ladrar los perros

Oyes ladrar los perros

 

Es nuestra primera noche en el barrio Tiro Federal de la periferia de Roque Sáenz Peña, la ciudad más poblada de Chaco después de Resistencia. El cielo está estrellado y el calor de la tarde todavía se siente. Terminamos de cenar en la escuela N°327 y oímos risas. No sabemos de dónde vienen pero a cada segundo se oyen más cercanas. Hasta que alguien ve y señala a los chicos, a sus sombras caminar sobre los muros perimetrales del colegio. Juegan y se divierten en los bordes, a punto de caer. Hacen equilibrio mientras actúan una metáfora real sobre sus vidas.

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Antes de la cena salimos a comprar a un almacén familiar manejado por vecinos que habíamos visto en la capilla. Nos reconocen. Reconocen a los misioneros que vienen de Luján Porteño, una parroquia de la Ciudad de Buenos Aires.

—Tengan cuidado. No dejen nada afuera de noche. Acá los chicos son medio pirañas.

—¿Las sillas también?

—Se llevan cualquier cosa.

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La escuela en la que nos hospedamos limita con la avenida Malvinas Argentinas, donde termina el asfalto y empieza el Tiro Federal con sus calles de tierra. El barrio tiene alrededor de veinte manzanas y se extiende diez cuadras hacia dentro. Una laguna y un baldío de gran dimensión lo separan del barrio Ginés González al norte. El límite al sur es la avenida Sarmiento.

El patio abarca casi la mitad de la superficie de la escuela. Llega hasta el alambrado del fondo y también al muro de dos metros de altura que comparte con un hogar para jóvenes, inactivo durante las vacaciones de invierno. A tres cuadras está la Capilla de Nuestra Señora de la Merced, el centro de las actividades de la misión que con el pasar de los días se poblará de chicos hasta rebalsar.

 

El grupo

Quique Carri es cura, músico y el encargado de la misión junto al párroco Lucas Arguimbau. El proyecto consistía en salir a misionar a algún lugar con exalumnos del colegio parroquial. Las hermanas de Don Orione, que tienen su Casa Provincial frente al Parque Avellaneda, a pocas cuadras del Luján Porteño, aportaron el barrio Tiro Federal tras gestionarlo con la diócesis de Roque Sáenz Peña. La presencia de las hermanas en la ciudad de 100.000 habitantes es extendida. Administran varios colegios, una parroquia, un hogar de niñas y un Pequeño Cottolengo. La diócesis sufre la falta de curas. Muchas capillas no tienen sacerdote la mayor parte del tiempo, como la de La Merced.

El grupo lo integran doce personas. Además de los curas, tres seminaristas, cuatro exalumnos, una profesora y dos hermanas de Don Orione.

“Parece el cielo”

El sábado 23 de julio al mediodía llegamos a la ciudad. Las actividades están programadas con meticulosidad. Desde el lunes las mañanas serán para visitar las casas del barrio y a la tarde se harán juegos en la capilla. El domingo es el día de visita al Pequeño Cottolengo Don Orione donde viven 73 personas con discapacidades mentales, cuyas edades oscilan entre los 12 y los 75 años. El nombre se debe a San José Benito Cottolengo, un sacerdote italiano que en 1832 creó un centro en las afueras de Turín para albergar a personas con discapacidades. San Luis Orione siguió el ejemplo de Cottolengo y creó casas similares en Italia y Argentina, como el de Claypole en 1935.

El ingreso al predio de casi diez hectáreas es por Malvinas Argentinas. Para llegar al albergue hay que atravesar un camino de 300 metros rodeado de pasto y árboles. Lo primero que vemos cuando entramos es un grupo de chicas jugando y corriendo. La hermana Cristina que forma parte de la misión y es chaqueña explica que son del hogar de niñas de la congregación.

—Las traemos cuando festejamos los cumpleaños del mes para que se integren. Es la tercera vez que vienen. Hoy va a ser especial porque están ustedes.

Las personas con discapacidad salen al encuentro de los visitantes. Nos buscan con la mirada, se acercan. El primero que me habla es Hugo, que tendrá unos treinta años y viene con una pelota de fútbol. Me pregunta de qué cuadro soy.

—De Boca —y le muestro el escudo en el pantalón.

—Yo también. Viste que se va Cata. Y Orión. ¿Y Carlito? Viste ahora viene Marshesín.

Hugo no se va a despegar de mí hasta que nos vayamos. Y a cada uno de nosotros le va a preguntar de qué cuadro es. Al que responda Boca le contará sobre los refuerzos y se lamentará por la eliminación en la Libertadores. Se me acerca otro hombre, rapado, más petiso y de edad similar.

—Yo soy de River —dice saltando.

Vamos los tres a la cancha de fútbol del Cottolengo. Una señora baja, de piel oscura, se para con timidez al lado mío. Le pregunto si quiere venir a ver el partido. Dice sí y se prende de mi mano. Escucho desde lejos un grito de la hermana Cristina.

—¡Vicenta, cantale en tu idioma!

La mujer canta en una lengua que desconozco.

—Es toba. Tiene retraso mental. La mente de una nena de seis años.

Vicenta me agarra con fuerza y señala unas pulseras que tiene puestas. Las miro y se alegra. Apenas pisamos la cancha las hermanas que trabajan todos los días en el lugar nos llaman para llevarlos al patio donde se van a celebrar los cumpleaños. Va a haber música, baile y comida.

Cristina me alcanza nuevamente y me presenta a Susana, una señora de cara rugosa y semblante alegre.

—El primo o no sé quién vive al lado de lo del intendente. Lo detesta. Nombráselo si te querés divertir.

El intendente es radical y se apellida Cipolini. Saludo a Susana. Me responde con amabilidad. Cuando le digo que Cipolini viene a festejar los cumpleaños me clava los ojos y todo su cuerpo adquiere una postura grave.

—¡Más vale que se cuide ese desgraciado! ¡Que ni se acerque porque cobra!

Cristina y yo reímos. Seguimos hasta el patio. La música suena. Rafael, uno de los seminaristas, saca a bailar a las personas con discapacidad y de a poco nos animamos. El movimiento de los cuerpos los entusiasma y nos contagian. Una mujer de no más de cincuenta años me pregunta al oído con expresión curiosa:

—¿Tenés novia?

—Sí. En Buenos Aires.

—¿Y la vas a llamar?

—Después, a la noche.

—Ah. ¿No hay problema, no?

—No, señora, lo que pase acá queda entre nosotros.

Nos tomamos de la mano y bailamos. “No me arrepiento de este amor…”, canta Gilda desde los parlantes del Cottolengo. Los miramos a los ojos y sonríen. Su felicidad nos desborda. Todos bailamos. Lentamente nos adaptamos a su forma de comunicarse y descubrimos una existencia distinta, profunda en su generosidad y sencillez. Cristina me alcanza una bandeja grande con papas fritas y chizitos para repartir. Cristian, que de cara es parecido a Riquelme, me toca el brazo.

—¿Cómo andás? ¿Cómo te llamás? ¿Qué necesitas?

Me mira como si yo no entendiera nada. No habla. Vuelve a tocarme y señala a un compañero. Con la mano me hace el gesto de que vaya con él. Me sigue. Señala la comida que hay en la bandeja y luego el plato vacío de su compañero. Entonces lo comprendo. Repite la misma acción con cada uno al que le falta comida hasta que aprueba con la cabeza y se aleja. No sé si lo sabe pero pienso que acaba de darme una lección que nunca voy a olvidar. La miro a Susana, sentada a un costado. Levanta el pulgar cada vez que me ve. Le hago la V peronista. Mueve con brusquedad los brazos e insulta, grita que no le gusta. Me dedica una mirada socarrona y ante mi incredulidad junta las dos manos, sonríe y las lleva a un costado de la cara, como Alfonsín.

—¿Qué opina de Alfonsín?

—¡Ése era buenísimo!

—¿Y del nuevo? ¿De Macri?

—¡Ése nos va a matar a todos!

Vuelvo al centro del patio. Quique baila con la más pequeña de las personas con discapacidad y una señora mayor. Nos miramos.

—Parece el cielo, boludo.

Y es verdad. Parece el cielo.

Visita a las casas I

Las casas del barrio, en general, son de ladrillo sin revocar, con techo de chapa y piso de cemento. También hay algunas construcciones con madera y todas tienen un fondo de tierra donde juegan chicos y animales. Para visitarlas nos dividimos en parejas o tríos. Me toca con Cristina y Rafael. Salimos con estampitas, agua bendita y una Virgen de Luján en la mano, la responsable de que nos atiendan. El objetivo es charlar con los que viven en el barrio, conocer sus problemas y acercarlos a las actividades que vamos a realizar en la capilla.

Hernanda nos recibe. Sus ojos celestes resaltan en medio de su piel dorada y áspera. Abre la puerta de su casa. Convida un mate de sabor inolvidable. Y cuenta.

Vive con dos hijos, Mariana, que trabaja hasta las once de la noche y tiene presión alta, y Lucas, adolescente y con problemas respiratorios. Sus otras hijas, ya casadas, viven en Roque Sáenz Peña. Hernanda enfatiza la unión de su familia. Cuando una de las hijas quiso mudarse a Resistencia por el trabajo de su marido no la autorizó. Y cuando ella quiso volverse a sus pagos en Pampa del Indio, un pueblo del norte de Chaco, pegado a Formosa, su hija se lo negó.

—Porque juntas es más fácil llevar la vida.

La Virgen de Itatí, patrona de Corrientes, es la imagen más venerada en la religiosidad popular de la zona. Hernanda es promesera de la virgen.

—La visité años y años por la salud de mis hijos hasta que cumplí mi promesa.

No menciona marido ni padre de sus hijos. Las mujeres reciben e invitan a pasar. Los hombres, ausentes, están presentes en los silencios. La mayoría son albañiles. Trabajan, se fueron o murieron en circunstancias que pocas veces se cuentan. Nos levantamos y nos despedimos para visitar otras casas. Antes de salir, la hermana dice una oración, Rafael bendice la casa y rezamos un Ave María.

—Ya estaba preparada para tomar mate sola esta mañana. Y nunca me voy a olvidar que unos porteñitos vinieron a visitarme y hacerme compañía.

– – –

Sandra está casualmente en la casa de su mamá. Una de sus sobrinas abre y ella nos ofrece asiento al fondo, bajo un techo construido con madera y chapas sobre la tierra. Cuenta que es de Santiago del Estero. Habla de sobrinos y hermanos de a decenas sin olvidar sus nombres. Alejandro, uno de los más chiquitos de la familia, corre de un lado para el otro y se detiene para jugar con el celular. Le preguntamos a Sandra por la situación del barrio. Fija sus ojos en la figura de la virgen. Responde que en su familia hubo varias muertes

—En la canchita de acá, de ahí afuera, una vez me mataron un sobrino. Fue uno que le tenía miedo porque le había hecho algo malo. Mi sobrino estaba parado ahí y este lo fue a insultar. Tenía veintiuno o veintidós años cuando pasó. Mi hijo estaba ensillando la yegua y le fui a decir. Me dijo que el animal estaba inquieto, que eso quería decir que algo iba a pasar. A los diez minutos escucho dos tiros. Había sido el tipo este que fue a buscar el arma a la casa y le metió dos tiros en el pecho a mi sobrino.

Sandra habla pausado, casi en susurros. La charla se prolonga. Recuerda y narra momentos dolorosos.

—Y a un hermano lo tuve entre los brazos cuando murió. Tenía un tiro en la cabeza y tres en el pecho. Apareció así en una zanja de acá del barrio. Apenas me enteré salí corriendo a verlo. Ya estaba la policía. Me dijeron que no podía tocar el cuerpo. Los mandé a la mierda. Si es mi hermano, cómo no voy a poder tocarlo. Le agarré la mano y sentí que me la apretó.

Alejandro sigue correteando por el fondo de la casa. A veces entra y vuelve con un juguete, otras prefiere entretenerse con el celular. Se detiene a mirarnos un segundo, ríe y corre de nuevo. Los días siguientes vino a jugar a la capilla.

Diálogo con chicos

Sábado a la tarde. Primera misa en la capilla. Patricio y Brian me acompañan. Tienen doce y once años.

—¿Cómo se llaman los barrios vecinos?

—No sé pero el más peligroso es el Sarmiento. Igual acá en la esquina hubo un tiroteo.

—¿Y sabés por qué fue el tiroteo?

—Porque son malas personas.

—En mi casa no pasa nada. La cuidan unos que son medio ladrones. Lo arreglaron mis papás —agrega Braian.

¡Juegue!

La capilla tiene un espacio afuera para que los chicos puedan jugar. Hay un pequeño playón de cemento, un sector con pasto y un par de salones para reuniones. La primera tarde armamos dos equipos en el playón para que los varones jugaran al fútbol mientras las chicas se entretenían con el resto de los misioneros.

Con el pasar de los días el barrio se entera de nuestra llegada y cada vez más chicos vienen a la capilla. El lunes son tantos los varones que no los puedo controlar. Intento armar un partido, pero Santiago, otro seminarista, me sugiere elegir capitanes para hacer tres equipos. Acomoda a los chicos y me salva. Como los equipos quedan iguales en cantidad de jugadores mi rol pasa a ser el de árbitro. Los partidos son a un gol y el ganador queda en cancha.

Pasan pocos minutos y compruebo la falsedad del lugar común de que los chicos no mienten. Simulan faltas, contradicen todo lo que cobro y se acusan de mentirosos entre ellos. Me distrae pensar lo que padecen los árbitros de verdad, pero una pelea me devuelve al playón. Una trompada voló de un chico a otro. Doy un par de pasos largos, grito fuerte para que el resto se aleje y me voy con los que se pegaron.

—Qué pasa. Mírenme a los ojos. Ahora se miran entre ustedes.

Alrededor se forma un grupo cada vez más creciente de chicos.

—¡No quiero cotorras! ¡Afuera o se acaba el fútbol!

Se alejan. Les exijo que se pidan perdón. Lo único que hacen es mirar el cemento. Se niegan. Agarro la pelota y grito que no hay más fútbol. El resto protesta, pide que no jueguen más solamente los que se pegaron.

—Hablen con sus compañeros si quieren que haya más fútbol.

Me siento y en un par de minutos vienen todos.

—Ya está, profe. Se pidieron perdón.

—Que lo hagan conmigo.

Se arriman y se dan la mano frente a mí. Voy con la pelota a la mitad del playón y les advierto que si hay una piña más se termina definitivamente. Sigo arbitrando. Los chicos juegan más contentos y me miran distinto. Buscan complicidad y reconocimiento.

– – –

Las chicas llaman seño a Daiana, que tiene veinticuatro años y es la mayor entre los exalumnos. El lunes toca hacer pulseras y pintar libritos de esos que vienen para colorear. Ornella, otra exalumna, Franco, seminarista, y Verónica, profesora de psicología en el secundario Luján Porteño, se encargan con ella de las mujeres y de servir la merienda ante la presencia dispuesta de la hermana María de los Ángeles.

Las chicas son las más cariñosas. Desde el primer día se cuelgan de la cintura para abrazarnos. Su sonrisa en la capilla parece imborrable. Las pulseras y los libritos recibidos las ponen más contentas todavía. Se dificulta encauzarlas para que trabajen todas más o menos al mismo tiempo. Algunos varones se suman.

Daiana va a buscar más lápices y biromes a su mochila, a un costado de donde juegan los chicos. Ve los cierres abiertos. Revisa y no falta nada.

Después, en la misa, tres chicas se le acercan cabizbajas. Tienen entre diez y once años.

—Hicimos algo malo. Abrimos una mochila.

—¿Para qué?

—Queríamos más libros para dibujar.

—No importa. La próxima si necesitan algo me lo piden.

Las chicas no se despegan de Daiana durante la misa. Se sientan a su lado, la buscan, demandan su atención. Una, la más grande, le pregunta:

—¿Está el padre para confesarse?

Al rato se va y luego vuelve. El padre Lucas no niega ni afirma en la cena en la escuela, pero yo la vi salir del confesionario.

– – –

Es la última tarde, el miércoles. Hay cien chicos en la capilla. Los adultos que van siempre dicen que nunca hubo tantos. Los varones son más de cuarenta y los llevamos al potrero del terreno de al lado. Armamos tres equipos de más de once jugadores. Los chicos que miran desde afuera se divierten como si estuvieran ante un espectáculo.

—¡Arriba! ¡No pasó nada! ¡Juegue!, ¡juegue! —les hago cuando simulan y acompaño con la mano con el gesto de que se levanten—.

—Espere la orden antes de patear —digo en un tiro libre—.

No esperan y lo hago patear de vuelta. Primero se escandalizan y después ríen.

La cancha da a la laguna. El día está soleado y hace calor. Esta vez no me distraen las peleas sino la belleza del paisaje, de los chicos corriendo mientras la gente sale de las casas para verlos jugar. Necesito atesorar la imagen. Cobro cualquier cosa. Sé que a los demás en la capilla les pasa algo parecido.

Es la hora de tomar la leche y el partido no termina. Decido que haya penales. Cuento los pasos para poner la pelota, le digo a los arqueros que no se adelanten y a los pateadores que esperen la orden. Los chicos lo viven como la final del mundial. Y el equipo que gana celebra como si la hubiera ganado. Parece un carnaval. Entramos a la capilla y las chicas están sentadas en ronda, desbordantes de alegría, listas para la merienda. Los varones se suman y el festejo es total.

Lo inefable

El martes a la mañana las hermanas nos llevan a conocer la Basílica de Nuestra Señora de Itatí en Corrientes, a metros del Río Paraná. Los fieles rezan con una voz casi inaudible en la misa que dan Lucas y Quique.

Luego vamos a la orilla del río. Hay un puesto de Prefectura Naval. Enfrente se ve Paraguay. Cristina señala una lancha amarrada.

—Llevan cada cosa las lanchas acá.

Nos levantamos a las cinco para ir a Itatí. A las once de la noche todos duermen menos Quique y yo. Por primera vez hace frío desde que estamos en Chaco. Nuestra charla en el patio de la escuela se extiende.

—Todo está saliendo demasiado bien. No encuentro las razones.

—Es el Barba. Hay algo que nos trasciende y nos une a todos. Lo inefable, lo que no se puede decir ni explicar. Solamente se lo bordea —me dice mientras tiembla y mira el cielo.

Visita a las casas II

El marido de Natalia está presente en su miedo. Llegamos con la virgen a su casa y luego de una mueca alegre su cara muestra preocupación. Atrás sus hijas miran expectantes.

—Me encantaría que pasen con la virgen a bendecir. Soy cristiana. Pero mi marido es evangelista y llega en cualquier momento del trabajo. No le gustaría verlos acá. No quiero que pasen un mal momento.

Rafael quiere sacar charla pero Cristina lo corta. Hacemos rápidamente una oración juntos y nos vamos. Natalia agradece la visita. Caminamos unos metros y Cristina nos comenta con su voz que siempre es un susurro:

—Acá hay mucha violencia contra las mujeres.

El ladrido de los perros

Primera tarde antes de la misa. Los perros pelean en la calle. Se chocan, muerden y violan sin dejar de ladrar. Los vencidos salen lastimados, cojeando, de la batalla. Algunos chicos los observan y luego los corren.

En un cuento de Juan Rulfo un padre lleva en andas a su hijo a un pueblo para que lo curen de una herida. Para guiarse necesita oír el ladrido de los perros. Le pregunta si los oye. El hijo responde que no. Cuando llegan al pueblo y se libera de las manos del hijo que le tapan las orejas siente a los perros ladrar por todas partes.

 

—¿Y tú no los oías, Ignacio? —dice el padre en el cuento—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.

En el Tiro Federal los ladridos de los perros se oyen durante todo el día y hasta bien entrada la noche. Pasan casi inadvertidos, como una música de fondo, hasta que se recuerda un cuento de Rulfo.

Visita a las casas III

El padre Lucas y Daiana recorren el sur del barrio, sobre la avenida Sarmiento. Aplauden frente a una casa pequeña, delimitada por un alambrado en mal estado. Los reciben varios chicos descalzos. Después aparece una mujer. Los invitan a entrar. Atrás de las casas pasa un tren que transporta mercadería tres veces por semana.  Al fondo, antes de los rieles, hay bolsas de plástico y bidones amontonados.

Daiana se sienta y en una mesa se pone a dibujar con los chicos. Son tres, dos varones y una mujer. Todos menores de seis años. Se entusiasman con su presencia y la llaman madrina. Al día siguiente, cuando vuelvan a la casa, los chicos le entregarán un dibujo a cada uno. El de Daiana dirá “para la marina” y el de Lucas “para el parre”.

Lucas está en la cocina con la madre. Daiana oye casi sin querer la voz serena de la mujer:

—A mi marido lo mataron de dos tiros frente a nosotros. Fue a principios de este año.

La sonrisa de los chicos adquiere otro significado para Lucas y Daiana. A la tarde irán a la capilla para bautizarse con la misma alegría que tienen en la mesa mientras dibujan, aunque les cueste creerlo.

La calle de la alegría

Ángel tiene ocho años, el pelo claro y los ojos celestes. Se sienta con nosotros cuando visitamos su casa. No lo demuestra pero está contento. Mira todos los detalles y no se pierde nada de lo que hablamos. Su mamá cuenta que el marido es albañil y que este año es peor que el anterior porque hay poco trabajo. Cuando nos estamos por ir, Rafael le pregunta a Ángel si para él hay problemas en el barrio. Se traba pero le responde pesando cada palabra.

—Escucho más que lo que la gente escucha.

La mañana del jueves 28, la última, volvemos a la calle donde viven para visitar una casa que nos falta. Salimos de la casa y Rafael se queda quieto. Nos dice a Cristina y a mí que miremos la calle. Está poblada de chicos que juegan, entre ellos los hermanos de Ángel que hacen rodar una rueda vieja de bicicleta. Un nene de dos años persigue a un cachorro con un palo, algunas chicas juegan a la cachada, similar a la mancha, y no paran de correr. Las risas se oyen por todas partes.

Ángel sale de su casa a saludarnos. La tarde anterior había venido a la capilla con su mamá y todos sus hermanos.

Es la calle de la alegría. Y tuvimos que ir al barrio Tiro Federal en Roque Sáenz Peña, Chaco, para encontrarla.

Y quien se acerca se enciende

El lunes a la noche, después de la misa, organizamos en uno de los salones de la capilla un encuentro para jóvenes y adolescentes. Vienen alrededor de veinte que tienen entre doce y dieciocho años. Daiana y Verónica se encargan de la actividad central. Cada uno tiene que armar un Ojo de Dios Huichol. Para eso les dan un par de varillas de madera y sobre una mesa ponen hilos de colores que representan distintas áreas de la vida. Los entrelazan y el Ojo se forma, queda un cuadrado de colores distintos que se superponen. Esperamos a que todos terminen para que expliquen el significado de su Ojo.

Daiana cierra la actividad. Quique, que se había mantenido en silencio, nos sorprende y toca sin aviso previo una canción de su autoría en la guitarra. Una frase alcanza los oídos de todos con un impacto especial. Canta:

—Un niño espera que lo ayudes a ser niño solo así tu niñez volverá.

Los participantes quedan en silencio, a la espera de la conclusión del encuentro. Miro a Daiana y decidimos leerles el texto de Galeano que abre El libro de los abrazos, el del mar de fueguitos que ve un hombre desde el cielo.

Mientras lo leo redescubro el poder de las palabras escritas por Galeano, su precisión y la potencia que tienen cuando se las recita en voz alta.

—Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman —les leo—; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Hago una pausa, los miro. Verónica cierra el puño. Digo que esas últimas palabras son el mensaje que queremos darles.

Y siento que, pese a todo, en el salón hay un calor lindo.

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