Oye, perro, ¿eres caca seca o mierda seca?

Es una tarde imposible. El reloj del remís marca las cinco. El calor bochornoso invita a pensar en la costa del río, en la pileta, en vaciar de un trago una cerveza helada, cualquier actividad al aire libre menos enclaustrarse abajo de un tinglado y darle duro con una lija a la carrocería de un auto. En esa tarea está enfrascado Migue, el salvadoreño, en un taller de la periferia de la ciudad cordobesa de Río Cuarto.

Pantalones largos, remera apretada que deja al descubierto la parte baja del abdomen y gorra, el hombre que sobrepasa apenas el metro sesenta está inclinado sobre el capó desmontado y sin quitarle la vista a su tarea, saluda inclinando la cabeza, con timidez.

El 5 de diciembre se cumplieron dos años de su llegada a Argentina. Desde entonces, Migue se arriesga a ser un “sin papeles” en un país extraño. Trabajó durante meses para un pintor por migajas, tomaba cuanta changa se le presentaba y como no tenía en claro cuánto debía cobrar por pintar una casa o hacer alguna refacción de albañilería le pedía a su ocasional contratista que le pagara lo que le pareciera.

“Trabajaba para el pintor, comía una fruta, una manzana o una banana, y salía disparado a hacer alguna chamba por mi cuenta, y a la tarde de nuevo a pintar”. Todo ese esfuerzo, explica Migue, el trabajo a destajo, las interminables noches lidiando con el wifi para poder mirar el rostro de su esposa y de sus dos hijos de 4 y 14 años en la pantalla del celular, dos navidades en soledad, sin un rostro conocido con quien brindar. Todo eso tenía un sentido si le ayudaba a cumplir el objetivo tatuado entre ceja y ceja. Dejar atrás la amenaza de muerte que lo paralizó y lo obligó a renunciar en el acto a un redituable trabajo en una fábrica de snacks de su país. Eso y, sobre todo, rearmar una familia mutilada.

Eran los primeros días de noviembre de 2015. Migue volvía en colectivo de la fábrica Bocaneli a su casa, en una barriada de San Salvador, cuando fue interceptado por un pandillero. Era joven, iba armado, y encaró a Migue con una frase que aquí resultaría graciosa pero no en El Salvador.

-Oye, perro, ¿eres caca seca o mierda seca?
Así, les llaman en la jerga a las dos principales maras de El Salvador, un país donde las pandillas integradas por jóvenes violentos, sin nada que esperar y nada que perder, compiten palmo a palmo por el poder contra un gobierno que tampoco ahorra mano dura.

Migue le explica al pandillero que no pertenece a ninguna de las dos maras.
No lo convence.

El extraño le exige la documentación. Migue sabe que no tiene opción. El pandillero le revuelve la billetera, a la vista de todos, como si fuera una autoridad oficial, da con el documento de identidad de Migue y con el carné de la fábrica.

-Te doy un día para que te vayas, ahora sabemos dónde laburás. Te vamos a ir a buscar y si te encontramos, estás muerto.

Esa sentencia y ese día quedaron marcados con trazo fosforecente en la vida de Migue. Sabía que nada volvería a ser lo mismo. A fuerza de sangre y balas, las amenazas en El Salvador se toman en serio.

La charla ahora continúa en el pequeño departamento que Migue le alquiló a su nuevo patrón, a diez metros del taller.

Es una construcción nueva, no da la impresión de ser un hogar, todavía. La mesa es un islote en medio de un comedor sin muebles. Encima de la mesa hay un televisor ciego y mudo con el cable enrollado a la pantalla (“se me rompió, lo tengo que arreglar”, dice Migue). Al lado, una cesta de plástico ofrece la única chance para la cena o el almuerzo del día siguiente: tres manzanas.

Migue vuelve a la escena que le cambió la vida. Explica que al día siguiente de ser amenazado presentó la renuncia en la empresa. Después de haber escalado de la sección limpieza a codearse con los ingenerios que manejaban la tecnología de las máquinas industriales, el muchacho que en su currículum apenas había llegado a un quinto grado tuvo que abandonar el puesto que tanto había anhelado.

Del día a la noche, la geografía de San Salvador se redujo para Migue a unas pocas cuadras a la redonda de su casa. Enclavado en el sector de las maras que están enfrentadas a muerte con la pandilla que lo tenía amenazado, sabía que un paso en falso podría ponerle en riesgo a él y, peor aún, a su familia.

“Con mi mujer sobrevivimos esos primeros días vendiendo enchiladas en la calle; igual tenía en claro, bah, los dos sabíamos que no podía quedarme mucho más”.

Buscando “cancha”

El destino elegido fue Estados Unidos. Para eso había que llegar primero a México por vía de los “coyotes”, la red de pasadores que hacen de la necesidad de los refugiados una rentable industria.

El coyote le cobraba a Migue 9.000 dólares para ponerlo en suelo norteamericano, pero a él le quedaban algo menos de 2.000 dólares de la indemnización que le había pagado la fábrica de snacks.

Descartado Estados Unidos, la posibilidad de emigrar a Argentina apareció de manera fortuita. “Estaba revisando Facebook y di con un primo que llevaba cinco años viviendo en Río Cuarto. Yo, medio en broma, le pregunté si me daba cancha. Así le decimos nosotros a que nos hagan una gamba para poder irnos. Mi primo me dijo “dale, loco, venite”, y ya eso no me lo pude sacar de la cabeza”.

Con ayuda de su suegra reunió el dinero para el pasaje y a su nuevo destino Migue llegó, literalmente, con lo puesto. Ese 5 de diciembre de 2015 también quedaría marcado con trazo grueso. Ese día volaba de San Salvador hacia Buenos Aires con 10 dólares en el bolsillo.

No hubo tiempo ni dinero para visitas turísticas; de Buenos Aires su primo lo trajo directo a Río Cuarto: esta ciudad del sur cordobés es para Migue su nueva patria.

Asilo político

Las manos rústicas, los dedos curtidos, las uñas cortas enmarcadas en grasa. Eso y el cansancio en la mirada azabache delatan algunos años más de los 33 que Migue tiene. “Laboré desde los 9, tuve que dejar de estudiar de chico porque no hacía las tareas y en el colegio me tiraban la bronca. Sólo eso he hecho: trabajar y superarme para hacer las cosas mejor”.

Con esa receta, Migue reunió en dos años el dinero suficiente para los pasajes de su esposa y de sus dos hijos. Su meta era que ellos llegaran también un 5 de diciembre. Pero pese a su estricta economía no logró reunir los 85 mil pesos que necesitaba y debió esperar unas semanas más para que los pasajes bajaran de precio. Llegaron el sábado 6 de enero. Un breve video que una mano nerviosa filmó con un celular muestra el momento en que Migue se abraza con ellos. La filmación casera no alcanza a captar lo que se dicen. Es un momento sólo reservado para ellos.

La semana pasada, cuando habló por primera vez con este cronista. Migue aún vivía sólo. Esa tarde de sol incendiario, el hombre que lijaba concentrado bajo el techo de zinc aceptó relatar su derrotero, a condición de que no se tomaran fotos de su rostro, ni se develara su verdadero nombre.

No lo hizo para protegerse de ese marero que lo acorraló en un colectivo. A miles de kilómetros y en un país donde las pandillas centroamericanas son un enigma, Migue no teme a una represalia de las maras, pero quiere proteger a su familia y ahuyentar cualquier posibilidad de que las autoridades argentinas los repatrien.

Su próxima meta es obtener asilo político. “Estaba esperando que llegara mi familia para ir todos juntos a Córdoba. Vamos a contar todo lo que vivimos en el país. Es lo mismo que acabo de contarte a ti. Confiamos en que nos entenderán y nos permitirán vivir en paz”.

Alejandro Fara
@alejandrofara70

La mayoría anhela llegar a Estados Unidos

Migue es parte de la legión que desde comienzos de los años dos mil se vio forzada a emigrar de El Salvador, a causa de la violencia. La ACNUR, la agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, registró sólo en 2015 una friolera de 22.028 solicitudes de asilo de salvadoreños en el extranjero.

La mayoría acudió a Estados Unidos (11.273), un destino que hoy desalienta la restrictiva política migratoria de Donald Trump. Le siguen Canadá (1.403 pedidos de asilo), México (946) y el resto se reparte entre Belice, Nicaragua y Costa Rica.

Argentina aún no figura en ese ranking; en Río Cuarto se calcula que los salvadoreños no superan la quincena. Pero todos ellos llegaron huyendo de un clima social insostenible.

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Etiquetas: Refugiados

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