Omar

Apoyó la espátula de acero inoxidable sobre la chapa, y empujándola hacia adelante en un resuelto movimiento, la ubicó debajo de un chorizo dorado y brilloso que yacía abierto por la mitad, en medio de la plancha, como una mariposa de carne. Dió vuelta la espátula a la velocidad de un parpadeo y con la misma aplastó con fuerza el chorizo contra la chapa ardiente. El ruido de la grasa crepitando era similar al del carbón cuando empieza a encender. Por momentos, se oían diminutas explosiones que salpicaban gotitas de aceite más allá de la parrilla.

A unos metros, bajo un toldo azul, se hallaban 5 mesas plásticas, con 4 sillas alrededor de cada una, también plasticas. Un televisor LED de 32 pulgadas se encontraba encendido sobre una tabla de madera que hacía de estante. Cada extremo de la tabla estaba apoyado sobre una columna de cajas de cerveza. Tres de cada lado. El canal de noticias CN23 transmitía un informe sobre un juicio a un dirigente de la FIFA. Nadie le daba importancia.

En una mesa, cuatro hombres sentados conversaban distendidos. Comían carne en tablas de madera. Asado, churrasco, chinchulines. En el centro de la mesa una gran bandeja de papas fritas desprendía hebras de vapor que se hacían visibles al contacto con el frío aire de junio. Junto a la bandeja, tres botellas. Dos cervezas y una gaseosa Fanta. Los dos hombres que habían terminado su trabajo del día bebían cerveza, los otros dos Fanta, ya que luego de la comida debían volver a su labor.

La parrilla estaba ubicada en la vereda opuesta al Puerto de Buenos Aires, sobre la Avenida Presidente Ramón S. Castillo.  En casi todas las cuadras, desde donde comienza el puerto hasta donde termina ―cerca de 3 kilómetros―, hay una parrilla. La mayoría están techadas con algún toldo, o en el mejor de los casos con un techo de chapa, montado sobre una estructura de hierro. Ocupan toda la franja del ancho de la vereda, desde el cordón. Por lo cual, los transeúntes tienen que pasar si o si por adentro de la misma, como si fuese un túnel.

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―Ya está tu chori, Omar, ¿qué le pongo? ―dijo el parrillero, mientras levantaba el chorizo con la espátula y lo depositaba sobre un pan francés abierto por la mitad.

―Criolla ―contestó Omar, dirigiendo su mirada ofuscada hacía el parrillero.

Le molestaba cuando el pan era más grande que el contenido de algún sandwich. Lo veía desproporcionado, le molestaba que sobrara.

El parrillero tomó un recipiente donde estaba preparada la Salsa Criolla y con una cuchara sopera desparramó la preparación sobre la carne tostada. Tres colores eran los de la salsa: el rojo del morrón y el violeta y blanco de la cebolla morada. Luego desprendió dos servilletas del rollo de cocina y envolvió el choripán como si fuese un bebé recién nacido. Caminó hasta la mesa y se lo entregó a Omar como si le estuviera pasando un control remoto. Este descubrió el choripán y apoyó las servilletas en la mesa, abrió el pan y vió lo que no quería ver. Hizo un chasquido con la boca. En cada punta sobraban tres dedos de pan. Se lo mostró a su compañero que tenía al lado: «O corta el pan o compra un chorizo más largo», dijo. Su compañero lo miró y largó una risotada feroz:

―Siempre con lo mismo, vos…, ¡dale comé y dejate de joder!

Los demás, viendo esta situación, lo siguieron con risas. Conocían muy bien esa costumbre de rezongar que tenía Omar con algunas cuestiones que no coincidían con su idea de cómo deberían ser las cosas. Él no se enojaba con ellos, no le molestaba que se rieran ―siempre macaneaban entre todos―, lo que le molestaba en verdad era que el pan sobrara. Todo para él tenía que ser proporcional, tener su armonía. Así que, sin más, rompió las puntas del choripán y las dejó en la mesa.

―Me da bronca porque te venden puro pan estos ―dijo, elevando la voz, para que el parrillero lo oyera.

Los hombres seguían riendo. Uno se tentó y con la palma de la mano derecha dió un golpe a la mesa, las botellas tambalearon, pero ninguna se cayó. Parecía que se le iba la vida en esa carcajada.

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Toda la avenida estaba atestada de camiones. Iban, venían, estaban estacionados, contra el cordón, o en medio de la calle. Algunos traían carga, otros no. Desde la parrilla podía verse en la vereda de enfrente un mural de containers, de todos los colores: verdes, blancos, rojos, azules y naranjas. Más atrás se divisaban grúas pórticos tan altas como un edificio de ocho pisos. Arriba, el cielo era de un celeste imponente, y cada menos de diez minutos era atravesado por un avión que había despegado desde el aeroparque, que se encontraba a unos 5 kilómetros de allí. El ruido de las turbinas invadía toda la zona, el volumen era tan alto que solo podía ser comparado con el de la sirena de un carguero cuando está arribando a la costa.

―Bueno, me tengo que ir ―dijo uno de los hombres mientras se levantaba de la mesa―, y vos Omar, vamos, no llores más.

Este lo miró con recelo, masticaba exageradamente. Sus labios estaban aceitosos. Un pedacito de morrón permanecía estático en su labio superior, enganchado de su tupido bigote negro. «Tráeme otra cerveza» dijo Omar al parrillero.

―Uf… Mirá que te tenes que volver manejando ―comentó uno de los hombres.

Omar no dijo nada, le sonrió socarronamente. «Bueno, yo también me voy. Quiero ir a dormir un rato», dijo uno de los que no debía volver a trabajar por ese día. Omar chasqueó la lengua contra el paladar en señal de enfado. Todos rieron, incluso Omar. Quién era consciente de la imagen que generaba a los demás. Los dos hombres saludaron y se fueron, cada uno por el lado opuesto.

El parrillero fue hasta la mesa con la botella de cerveza, por fuera estaba escarchada. La destapó, y a su regreso hacía la parrilla se detuvo unos segundos frente al televisor. Se sirvieron y se quedaron tomando en silencio. Luego de un rato el otro hombre dijo a Omar: «Te diste cuenta de que por más frío que haga tomamos la cerveza helada». Omar abrió los ojos mirando su vaso, contuvo aire unos segundos y lo largo diciendo: «Como debe ser». Golpeó la mesa y se levantó.

―¿Te vas? ―preguntó el hombre.

Omar asintió con la cabeza, tomó uno de los pedacitos de pan que había desprendido de su choripán. El hombre le dijo que él se quedaba un rato más. Se estrecharon las manos. Caminó donde el parrillero y le tendió un billete de 100 pesos. Este le dió su vuelto. «¡Chau, nos vemos!», gritó el hombre. Omar giró un poco el cuerpo y levantó el brazo. Su camión estaba a una cuadra de ahí. Eran las dos de la tarde y el sol daba de lleno en su rostro. Se cubría los ojos con la mano derecha. Casi llegando a la esquina vio a un monton de pajaros caminando en la vereda, en su mayoría palomas. Le llamó la atención un mirlo negro con el lomo azulado, lo siguió unos pasos con cautela. Rompió un pedacito de pan y se lo arrojó lo más cerca posible. Pero el mirlo se espantó y salió volando. Lo perdió de vista. Aplastó el pan con las manos y empezó a estrujarlo hasta que quedaron migas. Se acercó a las palomas y comenzó tirando una miguita. Luego otra. Primero se acercó una, de a poco, a esta le siguieron dos más. Arrojó toda la miga junta y tres más se abalanzaron. Omar sonrió: «Como debe ser», dijo. Miró a las palomas unos segundos y siguió caminando hasta su camión.

Junio 2015

Nicolás Germán

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