Ocho horas

 

El olor. ¿Cómo describir el vaho que salió de ese galpón cuando la puerta se abrió? Podría decir que tiene un sabor salado y químico, como a ajo rancio, macerado durante días en un contenedor lleno de almohadones que fueron el colchón de una jauría de perros de la calle. Y tal vez estaría siendo generosa. ¿Y cómo describir la sensación de entrar en ese vaho? Una entrega. Al principio luché, contuve el aire hasta donde pude. Luego fui parte.

 

El olor se impregnaba en la ropa, en la piel pero fundamentalmente en el pelo, que me llegaba a la cintura. Cuando volvía a mi casa cada día, antes de irme a dormir, tenía que lavarlo tres veces para no sentir náuseas. También, usaba una técnica con dos almohadas para separar mi cara del pelo y evitar el contacto con mi nariz. Y la ropa, dormía afuera todas las noches. Me desnudaba en la puerta de calle y entraba en corpiño y bombacha.

 

Estaba trabajando en la fábrica de pescados del pueblo.

 

Fueron meses duros que no había planeado. Y en algún punto me consolé pensando si era lo que buscaba cuando comencé mi viaje, si era necesario llegar a esa instancia en la que ya no tenía nada que perder. Pero hasta ese momento estaba segura de que la aventura había comenzado mal.

 

Ocho horas mirando la línea, sacándole los pelos a los mejillones y haciendo movimientos mecánicos. Eso me esperó cada día de fábrica hasta que pude irme. Ocho horas formando parte de la nube de ajo rancio y almohadón de perro.

Etiquetas: fábrica, ocho horas, viaje

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