Nos van a seguir matando.

La acusación de “víctimas propiciatorias” y la culpabilización descargada sobre las jóvenes asesinadas en Ecuador porque “viajaban solas” causaron una indignación que estalló en las redes. Sin embargo, el caso de Marina Menegazzo y María José Coni forma parte de un entramado complejo e invisible que excede incluso la gramática del crimen de odio. Nuestros cuerpos de mujeres son hoy territorio de disputa en una guerra sin nombre, sin soldados, sin declaraciones ni batallas.

 

 

Anoche soñé con una mujer víctima de femicidio. No era una de las víctimas de los casos recientes, no era ninguna en particular. Yo tenía miedo al verla muerta, no quería acercarme, no quería verla, no quería saber lo que tenía para decirme.

Escuchen: dice que no entendemos nada, que no nos damos cuenta. Dice que nos van a seguir matando, cada vez más, cada vez con más crueldad. ¿Se acuerdan de cómo gritábamos “nunca más” y después desapareció Jorge Julio López, y después, 10 años después nos dijeron “nunca más a la violencia política y a la violencia institucional”?

Bueno, la cagada de la memoria es un poco eso, creemos que un lema proclamado, un nombre propio en una bandera son como un pase mágico para evitar que el futuro nos repita el pasado, pero el problema nunca es de entender o educar, nunca es de recordar para que no vuelva a suceder, el problema siempre es el capitalismo.

Nos indignamos con la prensa por su tratamiento inadecuado, porque -¿idealistas, inocentes, narcisistas?- creemos que llamar a las cosas por su nombre es lo que importa. Importa, tenemos que seguirlo diciendo: no son crímenes pasionales, son femicidios; vivas nos queremos, viajando solas, en los boliches, con poca ropa, libres, lindas, locas, vivas nos queremos. Sigamos gritando el verdadero nombre de las cosas, porque importa, pero entendamos que no alcanza. Confiamos demasiado en la palabra, en el eco de nuestras propias voces.

Y no alcanza tampoco educar al machito patriarcal: en el aula, en la TV, en la calle cuando te acosa, educalo con palabras o con gas pimienta. Educá al machito patriarcal de la cuadra pero recordá que no alcanza, porque nos van a seguir matando.

Escuchen: nuestros cuerpos se transformaron en el campo de batalla. Así las mujeres fuimos botín de guerra, desde Helena de Troya a la Edad Media; desde la periodista decapitada en México por el narcoestado al travesticidio de Diana Sacayán; desde las masacres indígenas en Guatemala a las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, y cada víctima de trata en el Conurbano bonaerense o en Rosario, en Madrid, el Caribe o el desierto de Atacama. Como Berta Cáceres en Honduras, asesinada por detener la hidroeléctrica que acabaría con la geografía donde vive la comunidad Lenca.

Dice Rita Segato: “Sin suponer una estructura de relaciones, un circuito subterráneo de personas, situaciones, intereses, no podemos pensar tales eventos de violencia aparentemente irracional, fortuita, casi caprichosa, de una crueldad ininteligible. Buscamos siempre la dimensión instrumental de la violencia. Nos preguntamos para qué. Intenté, en cambio, rastrear en estos crímenes la dimensión expresiva. Toda violencia tiene una dimensión instrumental y otra expresiva. En la violencia sexual, la expresiva es predominante […]. La violación no es una anomalía de un sujeto solitario, es un mensaje pronunciado en sociedad, la finalidad de esa crueldad no es instrumental. Esos cuerpos no están siendo forzados para la entrega de un servicio, sino que hay una estrategia dirigida a algo mucho más central, una pedagogía de la crueldad en torno a la cual gravita todo el edificio del capitalismo.”

Los cuerpos se reducen a soporte de expresión de la capacidad potencial de muerte del sicario que los viola, mutila y asesina. Esta gramática de la guerra que se despliega sobre los cuerpos es posible porque –como explicaba Arendt para el totalitarismo y el genocidio– esos cuerpos ya han sido despojados de su naturaleza humana, de su condición de sujetos. Sólo la generación de vínculos comunitarios alternativos y la reconstrucción de los lazos sociales puede prevenir la expansión de la guerra invisible que emerge desde abajo, y por eso es tan poderosa, porque es la que sostiene al estado capitalista y las clases dominantes gobernando donde están: disponiendo las policías, los sicarios, los fiolos, las noticias, los sentidos y los cuerpos. Sobre todo los cuerpos. Entonces no se trata de cuántas mujeres se necesitan para “viajar solas”, sino de qué complicidades estatales, paraestatales y transnacionales se necesitan para hacer carnicería con dos mujeres (y otras miles), y contar con absoluta impunidad.

Sigamos gritando, sigamos despatriarcalizando, sigamos construyendo con mucho amor donde vayamos pero preparémonos para la guerra, porque –sepamos– nos van a seguir matando.

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