Nocturno y caminante

Apuro el paso, se ha levantado un viento helado,  el frío me choca de frente y me lagrimean los ojos. Un miércoles que comenzó insulso y desabrido y a estas horas de la madrugada ya no hay señales de cambio o retroceso, habrá que ir a dormir. Por suerte el abrigo me acompaña, la boina de lana roja y la bufanda me envuelve la cara y el alma, me bloquean el frío y las miradas ocultas. Sólo la nariz y los ojos van desnudos.

Apresuro el paso, ya lo tengo decidido, en mi cabeza resuena el sabor de un té con canela y miel bien caliente y tal vez la compañía de un libro. Y así  sigo, con el andar seguro, aunque dudando, pero también con alguna que otra certeza a mano: ¿conseguiré colectivo a estas horas madrugadoras?

Y lo veo, reposado en la parada de un colectivo que no es el mismo que el mío. Lo veo porque primero lo escucho desde sus auriculares, a unos metros más acá puedo oír los principales acordes de su rock nocturno. Y entonces su música me roba ese instante de concentración hacia ese lado de la vereda. Ahí está, apoyado contra una pared, campera de cuero, pañuelo al cuello y manos a los bolsillos. Entonces mi curiosidad lo mira, y sacrifico mi boca cubierta con la bufanda para sonreírle  por ese microsegundo de melodías difusas. Sigo caminando, me gustó ese instante sonreído (pienso).

Ahora un eco diferente resuena en mi cabeza. Cuando quiero acordar me doy cuenta, son pasos… ¿alguien me sigue? Hasta que mi cuerpo reacciona hacia el acá más próximo al ahora de ese instante, ya es tarde, me doy vuelta sin detener el paso (pero tampoco apurándolo), ya no tiene mucho sentido mi reacción tardía. Una vez que esta a mi altura del camino, frena de golpe hasta igualar mis pasos, al mismo tiempo que lo miro entre sobresaltada y extrañada, pero intentando disimularlo todo con una sonrisa nueva. Esta ya no es la misma del comienzo, la del regalo, esta es al estilo “me río para no llorar” o mejor dicho para no gritar (sin motivos).

Solo es un desconocido que ahora camina conmigo a plena noche, intentamos la caminata de dos personas que van juntas y parece que tienen algo para decirse porque se conocen. (¿Por qué se conocen tienen algo para decirse? ¿Tienen que tener algo para decirse o tienen que conocerse para tener algo para decirse? ¿O ninguna o todas?).

Los pasos y el diálogo fluyen. Él me mira desde su abismo, su boca dibuja una sonrisa que intenta una disculpa, y entonces se disculpa, y me dice -¡me dieron ganas de saber como andas!-.

A pesar de que el susto fue bruto y me dejó un poco sorda, esta vez necesito otra sonrisa, ya no para disimular. Entonces entre que caminamos sin saber a dónde, habla y me sigue mirando como si ya hubiéramos hecho este ejercicio antes. Yo no entiendo mucho su mundo, se da cuenta y se disculpa de nuevo con una sonrisa de esas que se bailan con toda la boca, pero ahora yo ya estoy en otro lado, en mi cabeza una imagen late, retumba y me aturde… su sonrisa de colmillos blancos. Perfectamente filosos y blancos.

Discusión (0)

No hay comentarios para este documento aún.

La generación de comentarios ha sido deactivada en este documento.