NO ES UNA VÍCTIMA, ES UNA MÁRTIR

El Domingo 9 de Abril de 2017 quedará registrado como una fecha imborrable en la mente de muchxs. Ese día, además, lleva asociado un nombre, Micaela.
Tal vez porque tenía apenas 21 vueltas al Sol, o porque estudiaba y bailaba, capaz porque militaba y se preocupaba por dejar un mundo distinto, es que miles de personas se sintieron identificadxs con ella. Sin embargo, hay algo a lo cual nos impedimos identificarnos: a su muerte.
Micaela ya no es una víctima, es una mártir.
Según el Diccionario de la Real Academia Española, la palabra mártir significa “Persona que muere o sufre grandes padecimientos en defensa de sus creencias o convicciones”. La imagen viral de Micaela con su remera de #NiUnaMenos concentra toda una lucha en un simbolo gráfico perfecto.
Ella, la militante, amiga, novia, hija, estudiante, MUJER, gritaba contra el patriarcado, el padre que engendró un hijo de apellido Wargner, su femicida.
Micaela no fue asesinada para ser una muerta más del machismo, en realidad ninguna mujer muere para sumar “evidencia”de la “superioridad del macho sobre la hembra”. Pero ella fue más allá, porque Micaela no solo no encajó en el discurso mediático de “se lo merece porque….” sino que desafió el discurso opresor que nos dice cómo vestirnos, cómo trasladarnos hacia nuestras casas y a qué hora hacerlo. Micaela salió de bailar y caminó sola porque quería y podía, porque sabía que es su derecho, porque  estaba convencida de sus ideales, de su libertad. Micaela murió luchando por lo que creía, luchando por vos y por tus hijos. Sembró con su muerte la semilla que regamos todxs llorando por ella y por la justicia que no es, no fue, y tal vez, tampoco será.
Hoy su cara, sus fotos, su recuerdo le muerde los pies al Juez que la sentenció a morir, aquel otro hijo del patriarcado que liberó a un violador para que siga marcando mujeres.
Micaela es el nombre de una mártir del 2017, donde la posmodernidad y la globalizacion nos hace horrorizarnos mas pero reflexionar menos. Seguimos dando vueltas en las plazas del país pidiendo por favor que nos protejan, que le “den a cada uno lo que le corresponde” (según la definición romana de Justicia), mirandonos entre desconocidxs con un mensaje implicito “mañana, si te toca a vos, vamos a salir tambien”. Y es que tenemos la pseudo-certeza de que no se terminará con un nombre, de que somos potenciales presas de depredadores machistas al acecho.
Micaela no pudo mensajearle a su novio que había llegado a su casa, que tenía sueño y hablaban mañana. Tampoco pudo contarle a esa amiga que no fue a la fiesta cómo estuvo o tomar unos mates con su mamá y su papá tal vez debatiendo acerca del paro docente. En esos momentos ella se encontraba luchando por todxs, no solamente por su vida, sino también por no abandonar un ideal, una convicción, eso que te hace hervir la sangre.
Cuando una persona desaparce del plano terrenal, queda su recuerdo y, junto con él, sus palabras, sus acciones, su manera de haber vivido. Cuando su mamá y su papá hablaron por primera vez, quedó muy claro lo que Micaela representaba en este ingrato mundo: “Yo le voy a cumplir los sueños a Micaela. Con Andrea vamos a laburar el doble para que sea realidad el país que ella soñaba; yo sé muy bien cuál era”. Así, con el llanto de la impotencia atragantado en una garganta que clamaba por explotar, su papá dejó en claro la esencia de Micaela, eso que no se borrará nunca jamas, ni aun manchada por el patriarcado.
Micaela defendió y se defendió cómo pudo. Dejando en su piel los rastros necesarios para identificar a su asesino, como una resistencia aun más fuerte que simplemente física, ella resistió desde el legado.
Su nombre y su apellido, García, quedarán tallados en la historia social y jurídica Argentina.

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