Milka Mousse

Giro el volante hacia la derecha maniobrando marcha atrás, sostengo un paquete abierto de Mogul con el dedo índice y el pulgar, hago como puedo para que no se me caiga azúcar en el pantalón cuando los dedos quedan bien arriba, y con la otra mano desbloqueo el celular. Ya sé que está mal. Es sólo un segundo y sólo porque hay poca gente en el estacionamiento, no pasa nadie por atrás, estoy en una estación de servicio, es un pequeño lujo desprolijo que me puedo dar.

Frené a comprarme un Milka Mousse, ya sé que está mal.  En una época, a los 12, en el 2000, cuando Rodrigo estaba de moda (y, locamente, también era vecino mío) y salía en Versus todo el tiempo, y yo era flaquita, y no tenía idea qué era una dieta, comía eso en el segundo recreo del colegio. Y quería chocolate, porque hoy sentí que estaba bien pecar, que estaba bien hacer cualquiera, que estaba bien tirar todo por la borda, que estaba bien sentir mucho placer. Ojalá pecar fuera para todo el mundo algo tan tontito como comprarse un chocolate y no sentir culpa.

O dormir siesta y no sentir culpa.

O perder el tiempo y no sentir culpa.

O extrañar una época sin sentir que eso no tiene sentido, pero que igual valió la pena.

Milka Mousse, Mogul. El Mogul nunca me significó nada. El nombre me pone nerviosa, me parece un pariente lejano del moco, es insípido. Mogul siempre fue de otra gente. De una gente mucho más conectada con la realidad y con los capítulos emblemáticos de Los Simpsons que yo.

Pero hoy sentí que quería chocolate como droga, como energizante, como afrodisíaco, y Mogul como GOLOSINA. Quise sentir que comía golosinas. Que despertaba a mi niña interior. Que inyectaba colores en la cotidianeidad (y eso que no llevo demasiada), pero incluso en mis días siempre cambiantes me empecé a sentir adulta, grande, me pesan las jornadas, los horarios, la optimización del tiempo, la practicidad que requiere este mundo, lo avivados que hay que estar, la falsedad por default, el decir que está todo el tiempo todo bien, el chusmear y chusmear para sentir menos las miserias personales, no ahondar, no profundizar, no tener ni tiempo de enamorarse de verdad, de enamorarse de una sola persona, esta ansiedad, este temor, este correr, estos recuerdos puros de la adolescencia, colores rosa y celeste en atardeceres del 2006, aire de primavera, perfume de flores veraniegas, sentados en una vereda.

A veces me siento como un globo muy consciente de que en algún momento va a explotar. Me van o me voy a pinchar. ¡PAC! Asusta, impacta, pero en definitiva es más el ruido que nada.

Hasta el ruido, estoy viva y presente, excitación de chocolate, así me coma uno o no.

Yo no pedí nacer así, son cosas mías.

Etiquetas: historias mínimas

Discusión (0)

No hay comentarios para este documento aún.

La generación de comentarios ha sido deactivada en este documento.