Mi pareja me golpeó con mis bebés en brazos Crónica del pedido de ayuda de una madre violentada por el padre de sus hijos. Luces en la oscuridad

Una noche cualquiera, una mujer, Pau, pide ayuda en silencio. Sus bebés duermen. Tiene mellizos de 8 meses. Se le estruja el pecho. No quiere gritar. Acaba de ser violentada por su pareja, padre de sus hijos, que se fue llevándose su teléfono y encerrándola en la casa.

No puede gritar. No quiere que sus hijos escuchen ese grito desgarrado. “¡Andate, hijo de puta!” Por suerte, tiene la Tablet. Lo piensa un segundo y se mete en el grupo de maternidad de Facebook. Era la una y media de la madrugada. Tiene miedo y sólo se le ocurre pedir ayuda a las chicas del grupo, una red de madres que hablan de todo, incluso de violencia.

Escribe: “Necesito ayuda por favor si alguien puede llamar a la policia qur venga a pasaje 89 altura 5000 (rosario) mi pareja me golpeó con mis bebés en brazos. Me saco mi celular y mis llaves x suerte tengo la tablet pero no puedo hacer llamadas.”

En menos de un minuto, la red se activa. Como luces que se van prendiendo en la oscuridad, le van contestando. Al principio, sólo abrazos, fuerzas, corajes, lágrimas. Enseguida, una llama al 911. Se suman los comentarios, las voces, la impotencia en cada casita lejana. Todas son madres, todas tienen bebés durmiendo. Todas sienten el dolor.

“No estás sola”, le dicen. Y ella pone corazones y tipea nerviosa y pide disculpas. Les cuenta que el tipo está afuera, que lo escucha. Que tiene miedo. Las madres, del otro lado, se desesperan. Más y más llamadas al 911. Más madres se suman a la conversación. “Yo también soy sobreviviente”, dicen algunas. “Te entiendo”, dicen otras.

Casi una hora pasa. Las llamadas a la emergencia continúan. Al fin, el patrullero llega. Las mujeres lo saben porque ella les va contando. Pero, cada tanto, pasa un largo silencio entre respuesta y respuesta. Algunas intentan rastrear a familiares y amigxs por medio de Facebook. Se hacen las 2 am.

Soy parte de esa red. Arengo para llamar al 911 en masa. Llamo, les cuento: “estoy en línea con la emergencia, me dijeron que está la policía pero que no sale nadie”. El operador, un policía joven según detecto por la voz, me dice que aguarde, que no corte por favor. Vuelve, me dice que hablaron con “el femenino” y que “no va a denunciar”. Le pregunto si el tipo está ahí todavía, me dice que no.

Tengo trabajo esa noche. Los atrasos en la entrega de mis redacciones Web son cada vez más notorios. Pero, ¡si esa chica que pedía ayuda era yo misma, éramos todas! ¿cómo no iba a involucrarme? En mi caso, yo sí grité. Cuando el padre de mi hijo vino esa noche y me gritó y me insultó y lo eché y quería entrar. Grité con mi bebé de 8 meses en brazos. Grité y llamé al 911. Pero no denuncié. El tipo se fue, no molestó más. Pero ese grito todavía está en mi pecho. Pau no, no pudo gritar, pero se conectó a Facebook: la ayudo, la escucho, le sostengo la mano.

A los minutos nos habla Pau. Nos cuenta que sí, que la policía estuvo. Que le rompieron la puerta a patadas. Que no le quisieron tomar la denuncia. Que le dijeron: “si vuelve nos avisa”, y se fueron. Ella no entiende nada, está en shock. Sus bebés duermen, la puerta está abierta, el tipo no se sabe, “se dio a la fuga”, nos dice intentando calmarnos, intentando calmarse. Pero también dice: “estoy más insegura que antes”.

La policía le dijo, antes de retirarse por esa misma calle oscura en que se dio a la fuga la ex-pareja, que llame a la “línea de violencia”. No le dieron el número, sólo le dijeron “llame”. Por suerte, todas estamos ahí, con ella, en la oscuridad, cuidándola como espectros, como madres. Le decimos, le susurramos: 144.

Siento impotencia. Pienso que soy feminista, que leo cientos de casos, que viví situaciones de violencia, que tengo que saber qué se hace, a quién se llama. Me ilumino: le digo que llame y que pida custodia policial por esa noche, que “te tienen que arreglar la puerta, que es tu derecho ser protegida. Le digo, estoy en Rosario, contá conmigo”.

Lo pienso. “¿Y si viene esta piba con sus bebés a mi casa? No la conozco, son las 2:30 am, va a venir cansada, con dos bebés, ¿qué hago?” Pero le digo: contá conmigo para lo que sea. Estoy acá. Le pregunto si tiene para el taxi. Espero, escribo un poco, trabajo un poco. Espero, esperamos todas a ver qué dice, a ver si está bien.

Sentir en el cuerpo la sensación de la puerta abierta, en plena madrugada, con los bebés durmiendo, con el tipo que la golpeó y amenazó con sus hijos en brazos dando vueltas ahí afuera. Esperar.

Al fin nos habla. Dice que le van a mandar custodia, me dice “gracias, no conocía ese derecho”. Las piernas se me ablandan. ¡Pude ayudarla, pude ayudarla! Sirvió el desvelo, sirvió dejar el trabajo de lado y saber que al otro día voy a estar fisura. Serví. Ayudé. Paula estaba bien.

Dice que sus bebés están bien. Que las chicas del 144 la esperan al día siguiente; van a charlar, a escucharla y a decirle los pasos necesarios para denunciar y pedir restricción de acercamiento. Dice: “no sabés el alivio que sentí cuando vi las luces del patrullero que venía”. Sí, lo sé. Todas. Luces en la oscuridad. Nos abrazamos en red. Algunas le dicen: “andate de ahí mañana”. Le preguntan si tiene dónde ir. Ella mucho no tiene. Como todas. Madres con sus crías. Baraja la posibilidad de ir a un refugio para víctimas de violencia. Ya verá mañana. Le decimos que descanse. Nos saludamos todas. “Cualquier cosa, chiflá”.

Pasar la noche.

Al día siguiente, las preguntas de cómo está no tardan en aparecer. Está bien. Sigue un poco en shock. El padre, su esperanza de contención, le dijo que exageraba. Ella le pidió asilo y su propio padre le dijo que exageraba. Que había sido sólo “un empujón”. Que no hay que involucrar a la policía. Que si no lo perdonaba, le sacaba la casa, dado que la casa de Pau y sus bebés pertenece a este hombre.

Está triste. Que el propio padre no le crea. Pero ella sabe que no exagera. Ella vio la mirada de odio del agresor. Ella escuchó su voz, sus amenazas. Ella no quiere estar con ese tipo.

Pasa el día en tribunales. Llega a su casa a la noche. Por suerte, su hermano se hace eco y va a ayudarla. Le dice que no va a permitir que nadie la maltrate. Ella nos escribe de nuevo. Nos agradece, nos dice que se siente mejor, un poco cansada nada más. Se había ido a tribunales con los mellis en colectivo. Había estado horas y horas haciendo trámites. Pero “ya está”.

Nos dice que le encontró un moretón a uno de los bebés. Esto significa que el tipo también le pegó a los bebés, a sus propios hijos. Le dicen que saque fotos de las lesiones. Ella dice que sí, que iba a denunciar eso también.

Un día más

“¿Cómo está Paula?”, pregunta una madre. Ahí quedamos esperando. Una de las chicas dice que está bien, que su hermano está con ella. Diez minutos después nos aclara: “dije que estaba bien, la llamé y me contó que el tipo volvió a agredirla”.

Resulta que lo cruzaron por la calle, ella y el hermano, y el tipo fue a violentarla físicamente de nuevo. El hermano lo sacó a las piñas y entonces el tipo denunció al hermano. Paula estaba preocupada porque no quería perjudicar al hermano.

Le digo: “¿querés que lo escrachemos?”. No me contesta. Otra madre me dijo que ella quería escrachar, pero que primero debía hacer la denuncia porque el tipo violó una orden de impedimento de contacto. Hay que esperar para contar que alguien te pega. Hay que esperar para decir que estás amenazada de muerte. No se puede actuar hasta que el fiscal no esté anoticiado. Primero el fiscal, primero lo judicial.

Pero las luces ya están prendidas. Acá estamos, hoy, para ella. Algunas chicas la acompañan por Whatsapp. Otras van preguntando a medida que se enteran. Paula tipea mejor, Paula pone corazones verdes. Sabe que ya nunca más estará sola.

 

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