Mercedes Valencia: una vida consagrada a la poesía

De todas las historias que podría haber de Mercedes, hay una que predomina: la de una mujer brillante, con una pluma exquisita. La que decidió abandonarlo todo: familia, hija, amigos y carrera, sin un fin muy claro, o tal vez nunca hubo tal fin. La que ahora habita las calles de una pequeña ciudad llamada Manizales con sus palabras.

Morena, tal vez de 1,57 centímetros de estatura, cabello corto y enresortado; un poco blanco, (prueba de que cuando el tiempo pasa no deja nada intacto), voz ronca y espíritu poeta.

–          La sociedad no sabe del mucho talento que está en las calles muriendo de hambre. -Gritaba Mercedes por la carrera 23-.

Estudió filosofía cuando sus padres esperaban cualquier otra cosa. Quiso ser poeta en tiempos donde serlo implicaba obligatoriamente, al parecer, tener una vida bohemia, y una vida bohemia era totalmente reprochable en una ciudad conservadora.

Mercedes, la camaleónica. La mujer de cabello largo y corto, de crespos infinitos, sin sonrisa en su boca pero con sus ojos sonrientes. Mercedes, Mercedes Valencia, la poeta, la activista, la política, la filósofa, la mamá, la mujer que canta, la iracunda. La que no se niega a una foto ni tampoco a un poema. Tal vez es la fuente en donde nace la palabra y brota la poesía:

 “Déjenme en paz/ Todas las voces/ Que estoy sola/ Déjenme triste/ Rabia de ser así/ De sepultar/ Déjenme en paz/ Que ya es la noche/ en mí;/ Soy señora de un sueño/ Respeten mi silencio/”

Mercedes Valencia Ocampo tiene 58 años, de ellos 30  los ha vivido en la calle. Es la cuarta entre cinco hermanos: un abogado, una secretaria, un cajero de banco, un bailarín y un experto en computación. Ella, artista y humanista. Rimbaud, Baudelaire, Cioran, Yourcenar, Storni, y las escuelas filosóficas, la acompañaron en un camino en el cual buscaba comprender la atronadora indiferencia del mundo.

A un lado quedaron varias posibilidades: optar por un título universitario, obtener el reconocimiento equivalente a su escritura, sumergirse en un ámbito académico, literario y, lo más común pero no por ello menos importante, tener cerca a su familia. Y entre todas esas cosas que pudo ser y hacer, se inclinó ingenuamente o valerosamente a una vida regida por el azar. Mercedes, la nómada, la hija del viento.

“El tiempo en que no pienses en mí/ Piensa en lo nuestro/ Ubica un poco mi lugar”

–          Hay muchas cosas que recorren la vida de mi madre. –Dice Luna, su hija-.

Y uno puede imaginarse qué historias trae consigo una mujer que decidió habitar el helaje y la soledad de las noches, junto al ardor vehemencial de los días de sol y la angustia que surge ante la enfermedad y el hambre. Lo que uno no puede imaginarse es la razón o las razones por las que alguien decide simplemente abandonarlo todo. Pero así es Mercedes, no quiso una vida habitual, quiso, si es correcto decirlo, una vida poética.

A veces se pone uno a pensar en lo que ha vivido y te das cuenta que todo ha sido poesía, entonces hay más tiempo para la poesía que para la vida.

No hubo droga más dura para Mercedes que la sensibilidad, por ello una vida consagrada a la poesía. Eduardo Galeano dijo alguna vez que este mundo no era para sensibles, y Mercedes es prueba de ello, es como si le doliera la sensibilidad misma, como si fuera la mismísima lágrima que se llora con ella. Sin embargo, su poesía, a manera de fuerza benévola, le dice y nos dice que no hay razón para tener miedo.

 “Uno sienta a sus otros en la banca de un parque/ Muy cerca al corazón/ Uno dice que esperen/ Que muy pronto vendrá el constructor de rostros para hacerles el suyo/ Uno palpa su sombra/ Y decide que el sol ha embriagado su espíritu/ Y desde el corazón empieza a despedirse/ La inmensa galería de rostros que yo he sido.”

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