Memorias añejas, con forma de cartas

Yo amo a Emma. No te confundas, la frase no es un burdo plagio de  “Campanita” el libro  de primer grado que inició a una legión de compatriotas en el mundo de las letras. En este caso, es una sincera confesión.

Lo digo sin ponerme colorado y a boca de jarro: amo a Emma como, sin dudas, la van a amar -y a extrañar- todos y cada uno de los lectores que tropiecen con ese cuerpo inusual dentro de la literatura contemporánea que es “Memoria por correspondencia”, el libro de editorial Edhasa.

La vamos a extrañar, digo, porque Emma Reyes es un prodigio literario de una sola obra: su único libro -este que nos tiene atenazados- se publicó por primera vez diez años después de su muerte. Esa fue su voluntad y su aparición en 2012 se transformó en un fenómeno editorial, traducido a varias lenguas.

“Memoria por correspondencia” nació con la primera carta que, desde París, la pintora de renombre Emma Reyes le envió a su coterráneo, el historiador y diplomático colombiano, Germán Arciniegas. En esa carta inicial Emma decide develarle a su amigo la durísima infancia que vivió en Bogotá, encerrada con llave desde los cinco años en una habitación sin luz eléctrica ni ventanas, con la sola compañía de su hermana Helena -apenas un año mayor- y de un niño, cuyo origen desconocían.

Shockeado por la revelación de su amiga y encandilado por su enorme capacidad narrativa, Arciniegas cometió una infidencia: decidió mostrarle esas misivas a Gabriel García Márquez quien quedó subyugado por los relatos de Reyes y la alentó a seguir escribiendo sus memorias.

23 fueron las cartas que, desde 1969 hasta 1997, envió Emma y cada una de ellas puede leerse como los capítulos de una novela, sólo que el combustible de esa maquinaria de narrar es ni más ni menos que la durísima niñez a la que se vieron sometidas las hermanas Reyes.

En “Memoria por correspondencia” hay lugar para varios milagros. Uno de ellos es que esa nena bizca y mugrienta expuesta a los castigos diarios de “la Señora María (la enigmática mujer que la crió y luego la abandonó),  haya podido sobreponerse al hambre, a la falta de una escuela, y a los rigores de su niñez para convertirse en una artista. Otro de los milagros es que esa misma persona que hasta la adolescencia fue analfabeta haya podido narrar esa etapa oscura de su vida con un encanto y una ternura que nunca desbarranca en autoindulgencia.

“Esta es la historia de una desgracia. Pero de una desgracia contada con la más alta gracia que se pueda imaginar”, dice Leila Guerriero en el prólogo.
Las primeras diez cartas, se detienen en la vida miserable en piezas claustrofóbicas de Bogota, de Guateque y de otro pueblito del interior cafetero llamado Fusagasugá. Emma narra esa etapa con una vividez y una precisión de detalles que sólo puede obtenerse de la huella indeleble que deja el dolor, cuando el dolor es extremo.

“A tí te parecerá extraño que yo pueda contarte en detalle y con tanta precisión los acontecimientos de esa época tan lejana. Yo pienso como tú, que un niño de cinco años que lleva una vida normal no podría reproducir con esa fidelidad su infancia. Nosotras, tanto Helena como yo, la recordamos como si fuera hoy y la razón no te la puedo explicar. Nada se nos escapaba, ni los gestos, ni las palabras, ni los ruidos, ni los colores, todo era ya claro para nosotras”, le confiesa Emma a su amigo.

Es cierto que hay tramos que no pueden leerse de otro modo que no sea con un nudo en la garganta. Pero Emma se las ingenia siempre para encontrar un respiro en la sordidez. Hasta el relato de la escena donde Emma y Helena van a ser abandonadas en una estación de tren termina arrancando sonrisas cuando la narradora -esa nena de cinco años- rememora cómo los dos indios que reciben el encargo de llevarlas en andas hasta la estación se atiborran de chicha y acaban trenzados en una pelea de borrachos.

Sin rumbo, sin una madre y un padre, y finalmente separados a la fuerza de esa “Señora María” que les prodigaba más bofetadas que alimentos, las hermanas Reyes quedan en la más completa desolación.

Lo que les deparan los años siguientes es otra forma de encierro y castigos. Un cura las deja en un convento de clausura donde la alienación es tal que las monjas acostumbran a hablar de “la vida en el mundo” para referirse a todo aquello que sucede fuera del convento.

Sería sencillo seguir enumerando las calamidades, pero el riesgo es que se malinterprete a “Memoria por correspondencia” como una obra desoladora, asfixiante.

Lejos está de serlo. Cuando parece hundirse indefectiblemente, afloran las garras de Emma, la leona.

Así la termina bautizando Guerriero en su ajustado prólogo: “En una de las primeras cartas que les escribió a Arciniegas, Emma Reyes recordaba que el cuarto miserable en el que vivía en Bogotá estaba cerca de una fábrica de cerveza cuyo nombre era Leona pura, leona oscura. Esa frase parece una definición, inmejorable, de lo que ella fue”.

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