Me declaro fan

— ¿¡Hola!?
— Hola, ¿Polito?
— Así es. Ricardo Polito ¿Quién habla?

Tocó el timbre a las 8.37 del día siguiente. Siete minutos después de lo acordado. Pullover con rombos y camisa a cuadros. Con sus lentes colgando de la punta de la nariz, se bajó del ascensor arrastrando un carrito en el que trasladaba un bolso de jean abarrotado de herramientas. “Tengo que cambiarlo, ya no da más”, dijo casi disculpándose.

“Este horno tiene ya varios años. Creo que deben haberle puesto un injerto”, esbozó mientras observaba el aparato con sus anteojos cada vez más al borde del abismo; sujetando una diminuta linterna y con sus rodillas apoyadas en el suelo. Manejando la seguridad de un auténtico cirujano arreglatodo prefirió revisar también la estufa del departamento por las dudas de que hiciera falta comprar otro repuesto.

No, no. No hacía falta ningún elemento extra. Con Polito nos dispusimos a caminar sobre la Avenida Scalabrini Ortiz en busca de una ferretería que contara con el accesorio cuyo nombre ya olvidé. En el trayecto me contó que por los ´70 trabajó en Mendoza construyendo casas para un barrio de Guaymallén. Me habló de San Rafael, de sus ganas de volver de visita y de lo especialmente lindo que es el sol de la mañana.

“¿Noventa pesos? A la miércole”, exhortó con respeto al vendedor. Conseguimos la suerte de injerto y emprendimos la vuelta. En el medio jugó con un perro callejero y me contó que en su casa habían adoptado un boxer hacía poco. Que su hijo se lo había encajado a su mujer y que menos mal, porque es una gran compañía.

Con paciencia, sin interrupciones y con una distinguida calma me llamó desde la estufa casi una hora después para que probara el encendido. Perfecto. Me dio algunos consejos de uso,e igual hizo con el horno.

— “¡Gracias Polito! ¡Qué genio! ¿Cuánto es?”, pregunté.

Me dijo cuánto era. Lo miré con sorpresa.

— “¿Está seguro?”
— “Y si mi´jita… Lo que cambia es el precio de las cosas, no la mano de obra”, me contestó con mesura.

Me declaro fan de Polito. No porque me cobró poco, sino porque me salvó del invierno y es el cirujano arreglatodo más honesto que conocí. Me despedí. Le dije que aunque esperaba no llamarlo tan pronto iba a recomendarlo a todas mis amigas que atraviesan dificultades hogareñas. Me dijo que estaba tratando de parar porque su espalda no era la misma de antes. Me sonrió y se fue camino a la parada del 141 con destino a Flores.

Discusión (0)

No hay comentarios para este documento aún.

La generación de comentarios ha sido deactivada en este documento.