Manuel y Sonia: lo esotérico (una forma de vida).

Vendo esoterismo. Todo lo que es mística para curarse. Esencias, jabones, lociones; preparados y veladoras, dice Manuel López Ibarra.

Viste un traje de color negro. Elegante. Su semblante es tranquilo, me recibe con una sonrisa. Hablamos sobre él y sobre su negocio.

Su puesto en el Mercado Aldama, de la ciudad de León, Guanajuato, en el centro de México, se llama “El Trébol”. Tiene a la venta amuletos de distintos colores, tamaños y tipos, así como amarres, figuras de santos de la religión católica como San Judas Tadeo, un cráneo (de la “santa muerte”), imágenes, polvos y veladoras.

Parece un remolino de colores y creencias. Se dedica al oficio que aprendió por parte de su madre.

Estoy en un laberinto de forma cuadrada. Camino en el mercado. Es mediodía y hace calor. Escucho voces que me invitan a comprar. Amabilidad, cortesía y sonrisas aderezan mi travesía. Un mercado es como un organismo vivo.

Sus circulaciones (pasillos), palpitan y vibran con vida propia. Se esfuman veloces. Casi a toda hora pasan trabajadores que llevan carritos.

Para transportar la vida que se mueve, a ratos, de forma vertiginosa aquí adentro. Desaparecen.

Destaca un local que ofrece recetas para la “felicidad y otras cosas”. Está rodeado de muchas figuras y símbolos de tintes religiosos.

En este negocio la gente vende de todo. El esoterismo es una cultura. Así somos nosotros los mexicanos. Porque se relaciona con la religión. Lo he observado, lo he aprendido. Como los cubanos, que tienen su religión, y la mezclan con sus costumbres y su cultura.

A pesar de que la gente aquí en León es bien católica. Recatada y de principios. De todos modos vienen hacia este tipo de cosas. Si tienen a una persona que les daña, les preparo ‘cositas’.

Para que te hagan una barrera. Nomás lo que es salir, adelante. Cosas cochinas, malas, no hago, cuenta Manuel, cuya mirada es fija pero transmite cierta armonía.

Su rutina es de horario corrido. Abre su local desde las 10 de la mañana. Entre semana, cierra a las 8 y media de la noche. Los domingos: a las 4 o 5 de la tarde.

Viene gente de todo tipo. Aprendes porque te platican. Sus cosas, sus problemas. Lo llegas a palpar. Luego, te enseñas a cómo ayudarlos. Nomás se les atora algo y vienen, comenta.

Es la creencia de los mexicanos. A pesar de que seamos católicos, nos inclinamos a lo místico, agrega. Manuel fue seminarista por 5 años. En ese entonces tenía un complejo.

– Le comentaba al padre que me confesaba (espiritualista) que, mi mamá vende cosas de muertes y esas cosas.

Me dijo que no tenía nada de malo. Porque no sabía que iban a pensar de mí ahí, luego superé ese complejo, relata.

Entre sus pasatiempos: quedarse en su casa y descansar. -Me gusta estar en mi casa, descansando. Ver algún programa bonito. Leer un libro. No soy muy aficionado, pero sí leo de repente.

Estar con mi novia. Me despejo de todo esto, porque todo el día llegas a escuchar los problemas de las personas. Y lo que quieres es descansar, estar a gusto. Relajarte. Soy tranquilo.

***

 

Al lado de “El Trébol” está “El Cirio Rojo”. Es otro local de lo mismo. Aquí se confunden unas figuras de la llamada

santa muerte; unas pequeñas, una grande. También hay imágenes de santos católicos.

Se ven unas figuras de Jesús Malverde (sentado en una base de madera con una placa de color dorado que ostenta su nombre).

Malverde: un bandido oriundo del estado norteño de Sinaloa. Venerado como santo por algunos, entre ellos, muchos delincuentes, conocido también como “el santo de los narcos”.

-La gente piensa que porque vengo de Veracruz, ya sé mucha brujería, pero no, cuenta Sonia Santos.

Veo alrededor de su local. Está sentada, se toma la cabeza con las manos. Observa a su alrededor, a la espera de clientes.

Pero no llegan. Parece que algo le pesa. Es originaria de la ciudad de Coatzacoalcos. – No le sé mucho. Si hay gente allá (en Veracruz) que sabe de esto. La verdad, a mí no me gusta. Lo vendo, pero gracias a dios, no lo he practicado (se ríe).

Tiene 37 años. Le gusta reírse. Se toma la vida con buen humor. Aún así tiene cierta tensión en su mirada.

Empezó a vender en este local desde hace 5 años. – La gente aquí (en León), ahora sí con perdón tuyo, está bien loca. Quieren puro amor, puro amor. Que atraer al hombre, las mujeres pues. Para ellas hacer lo que quieren. Y que el marido, o el novio, no digan nada.

Dice que a su negocio acuden más mujeres que hombres. – Niñas, señoras grandes, de todas las edades. Más el fin de semana. Vienen por la ‘miel del amor’. Que porque con eso los van a dominar (a los hombres). Llegan a venir hasta 10 mujeres por día.

La figura de la “santa muerte” es muy solicitada. – Piden más muerte que santos. La mayoría de la gente viene a comprar pura santa muerte. Todos drogadictos, todos locos. Bien jodidos, cuenta.

Sonia no cree en los santos. Trabaja en el local desde las 8 y media de la mañana. Cierra hasta las 8 y media de la noche, excepto los domingos, que termina a las 4 de la tarde.

No creo en ningún santo. No sé si estaré mal. Pero así piensa mi cabeza. (La santa muerte) es una imagen que la gente inventó. Porque quién más la va a inventar. Yo nomás creo en diosito. Que está en el cielo, en su hijo y, nada más, afirma.

Su trabajo es pesado. Pero a ella le gusta vender. – A veces viene gente y quieren que uno les resuelva. Eso no me agrada. Te fastidia, de tanto y tanto, comenta.

Le pregunto sobre su ciudad de origen. Dice que extraña la comida sobre todo.

Se le asoma una nostalgia en su mirada – Los mariscos. Y los tacos de al pastor, sobre todo. Allá los preparan diferente. La comida de aquí no me gusta. Extraño estar cerca del mar. Es más fresco todo, narra.

Luego de un momento de plática con Sonia. Nos despedimos con un apretón de manos. Me pierdo en alguno de los pasillos del mercado. El bullicio, autos y gente que camina entre locales. La luz del sol de las 2 de la tarde entra en mis ojos.

 

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