Madurar hacia la infancia, cuando la vida es puro mito

Los caminos que recorren los libros suelen ser erráticos. No hablo del encuentro de la obra con su lector -que también es caprichoso y fascinante, arbitrario y sagrado- sino el necesario camino previo, el que traza el editor cuando decide lanzar el título de un ilustre desconocido para el gran público como es el caso del enorme Bruno Schulz.
Los muchachos de la editorial Siruela lo hicieron, entrada la primera década del nuevo siglo. Sabiendo que no estaban lanzando precisamente un best seller se arriesgaron a publicar los relatos, textos inéditos y dibujos de Schulz y los lectores les estaremos eternamente agradecidos. Bueno, no todos. En todo caso, aquellos más propensos a parar la pelota, levantar la vista y darle un pase en profundidad al chico que llevamos anestesiado vaya a saber desde cuando.
“Madurar hacia la infancia” requiere tiempo, un bien que el lector medio (medio alienado agregamos y nos incluimos) no dispone cuando las horas que podrían dedicarse a la lectura se contaminan por la atención ilimitada al Facebook, el Twitter y el Whatssap.
Bajo el encantador título, se aglutina la producción de uno de los mayores escritores del siglo XX, un autor nacido en 1892, en la ciudad polaca de Drohobycz (hoy parte de Ucrania) que probablemente seguiría inédito por estos lados de no haber sido porque otro escritor admirable, el israelí David Grossman hizo explícita su devoción hacia Schulz en su obra “Escribir en la oscuridad”.
“Cuando uno lee a Bruno Schulz, dispuesto a exponerse a la visión integral del mundo impresa en cada una de sus páginas, puede de repente sentir cada fenómeno fluyendo de vuelta a sus raíces, a su significado inicial, a su pulso de vida más auténtico y osado”, escribió Grossman.
La obra de Schulz es un inagotable relato familiar, en cuyo centro se encuentra la figura de Jacob, un padre-niño, un comerciante que se extravía en mundos paralelos, capaz de mimetizarse con los exóticos pájaros cuyos huevos hace traer desde una comarca holandesa. O que, atacado por una extraña enfermedad empieza a menguar de tamaño hasta fundirse entre las paredes de la casa y tornarse una presencia decorativa que su familia poco a poco tiende a olvidar.
En los relatos de Schulz, las palabras parecen emanciparse de su sentido y encuentran en su acumulación, en su vecindad, otra manera de nombrar las cosas: un ritmo arrullador, un efecto de suspensión del tiempo y del lugar.
La naturaleza, el transcurso de las estaciones del año, un verano que se desmarcó de otros, una primavera  creció de prepo cuando debía llegar el invierno son el pretexto para la contemplación y la inspiración del autor.
Leemos que Schulz prácticamente no se movió de su pequeña aldea, que incluso padeció los rigores del nazismo en el gueto ubicado en esa misma geografía, desoyendo las recomendaciones de sus amigos de que abandonara su hogar.
Su frondosa imaginación no necesitó de mucho mundo. Schulz encontró en su acotado hábitat la materia prima para una obra que es pura poesía escrita en prosa.
A lo largo de las 500 páginas de “Madurar en la infancia”, el tendero Jacob -uno de los personajes más entrañables que haya dado la literatura- la sirvienta Adela, una presencia constante, seductora y vigorosa, y el propio autor testigo directo de los desvaríos paternos dan forma a una mitología familiar que vence (o desplaza a un papel secundario) a la realidad, a la abulia de la vida cotidiana en un pueblo caído de la mano de Dios.

PD.: Cometí el pecado de leer “Madurar hacia la infancia” en una semana. La experiencia luminosa de adentrarse en el mundo de Schulz deja un regusto amargo cuando se lo hace a velocidad crucero, ¿por qué? porque en el envión de la lectura contrarreloj el viajero pasa por alto buena parte del paisaje, el color y el olor de la infancia, ese que se aprecia  más y mejor cuando se lo recorre pedaleando sin apuro, o extraviado en una lenta caminata.

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