Machismos cotidianos.

Los martes suelen ser días intensos, complicados, largos. Esos días en los que creo más que nunca en la sincronicidad: los días martes tengo mil actividades, una tras otra, como si la semana no tuviera 6 días más para compartir. Sin embargo, ese fue un martes diferente. No hubo corridas, hubo tiempo. No hubo intensidad, hubo tranquilidad. Tal vez ambos condimentos me ayudaron a estar más receptiva, aún con esas personas que no me banco, esas que se te pegan como moco apenas te ven llegar, te tratan como una amiga de toda la vida, y sacan tema de conversación de cualquier cosa: el clima, los hijos, los mosquitos…
Pero ese martes…. Ese martes elegí bancarme esas charlas. Algo dentro mío me repetía incansablemente “no podés ser tan intolerante, ¿para qué te escapas? si se van a tener que cruzar inevitablemente cuando salgan las nenas de patín”. Y la culpa, acompañada de una gran cara de culo imposible de dibujar, me empujó y dije “Hola, ¿cómo estás? Pensé que no venías” (Aunque en realidad creo que no fue la culpa, sino mi profundo deseo de no tener que saludar, el que inició conversación).
Y ahí arrancamos. Clima. Hijos. Mosquitos. 5 minutos, 10, 15… hasta que la conversación dio un giro inesperado, y mis prejuicios me demostraron que muchas veces hay que apagar la mente y encender solamente los oídos y el corazón para poder escuchar.
Apagué la mente, encendí los oídos y el corazón: suficiente para toparme con mi propio machismo camuflado de idea progre de la mujer. Y comencé a escuchar a Eugenia. Y también a prestarle atención a mi diálogo interno, y a las respuestas que mis propias creencias y mandatos le daban en silencio a sus comentarios, mientras yo asentía a todo lo que me decía.
Así es como Eugenia me contó que trabajaba algunas horas algunos días por la mañana (pocas horas, porque tenía que ir a buscar a los nenes al colegio al mediodía), lo que lograba darle unos mangos para tener un poco de independencia. Mangos que según el marido (dueño de su taller, cuatro empleados a cargo, con mucho trabajo a pesar de como está la cosa) no valían la pena el esfuerzo, él podía dárselos y así ella no tendría que ir a trabajar.
Mi cara de horror e indignación eran insostenibles. El marido de Eugenia pasó a ser en un segundo la persona que más odiaba en el planeta: ¿cómo podía humillarla de esa manera? ¿Cómo se atrevía a pensar que lo único que ella conseguía de esas pocas horas de trabajo eran $4000? Seguí escuchando su relato, cuando la conversación casual y obligada de los martes se empezó a transformar en una mini sesión de terapia. Eugenia empezó a escupir el fuego interior que todas las mujeres escupimos contra los maridos/parejas/amantes/compañeros en algún momento u otro, por tantos motivos como cantidad de hombres hay en el planeta. Y me contó.
Me contó que el marido labura todo el día, gracias a Dios mucho, que tiene gente a cargo y eso es complicado, que ella se la pasa corriendo con los nenes y llevándolos a todos lados, haciendo la tarea… que quiere volver a la universidad y no sabe cómo organizarse para hacerlo sin dejar de estar presente como madre, esposa, y mujer… “y que viste cómo es esto, que nunca terminas, que son las 11 de la noche y sigo haciendo la vianda, acomodando mochilas, colgando la ropa y lavando los platos, y él que recién llega, se tira en el sillón a mirar la tele y no me ayuda en nada”. Apenas termina de enumerar su listado de yunques cotidianos (que bien podrían ser los tuyos y los míos); mi boca, soberbia, apurada, a punto de rebalsar comenta “bueno, pero él trabaja todo el día”.
Silencio.
Eugenia abre la boca y siento que la mandíbula le pesa una tonelada, tanto como para no poder esbozar una palabra. Que mi cara de horror se escapó para quedarse con Eugenia. Y ahora es ella la que me mira indignada.
Ese martes volví a casa enojada, triste, llena de bronca conmigo misma. Con ganas de pedirle perdón: buscaba oxígeno y yo no hice más que cerrarle la ventana. Buscaba una cómplice con quien tener un poco de aire, y solo pude emitir los mismos comentarios inmundos que mis colegas hombres me hacen en el trabajo siempre, encerrándola cada vez más dentro de ese cuarto oscuro y triste llamado “mandatos”.
Eugenia, te prometo que el próximo martes que te cruce solo te voy a hablar del clima, de mis hijos, de los mosquitos. Porque vos tenes muchos ovarios para tener una conversación interesante con una mina tan corta como yo.

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