Luigi Stornaiolo: un retrato a la irreverencia

Una tarde veraniega de junio de 1989 la vida del pintor ecuatoriano Luigi Stornaiolo cambió para siempre. Un uñero en su dedo pulgar del pie derecho le obligó a acudir a un médico para que le alivie el dolor. La solución: introducir un aparto metálico para sacar la uña dañada y mejorar la circulación de la sangre. El resultado, al que Stornaiolo le atribuye todos sus males y que cuenta que sintió años más tarde, fue la paralización de su lado derecho, de su pierna derecha, de su mano derecha: la mano con la que pintaba.

Cuando ocurrió la intervención tenía treinta y tres años. Su enfermedad, esclerosis múltiple (desmielinización de los nervios)  es la cruz que le toca llevar.

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La casa no podría estar lejos de una de las zonas más artísticas y culturales de Quito: La Floresta. Restaurantes, cines, pequeños teatros, centros culturales, cafeterías son parte del paisaje que rodea la construcción. Su cuarto tiene una cama vetusta, una televisión antigua, una laptop, muebles y piso de madera y algunos de los cuadros que ha pintado en las cuatro paredes. No acostumbra a dar entrevistas porque dice que le quitan tiempo, el poco que tiene para pintar con Marcela Slade. Ella es su tallerista, ayudante, amiga, asistente y quien ha estado más cerca de él desde hace dos años.

Ese día es especial porque la Hotchoclo bluesband llegará para tocar canciones de Muddy Waters, Miles Davis, Willie Dixon y de su autoría, mientras realiza unos trazos.

El ritual empieza pasadas las cinco de la tarde. Los cuatro músicos afinan sus instrumentos y el pintor prepara los colores. Un lienzo blanco es el escogido para llenarlo de creación.

Toma un poco de marihuana, la coloca en un papel, lo pasa por su lengua para sellarlo, lo prende y la inspiración llega. Los primeros trazos son latigazos naranjas que bañan el lienzo. La espátula raspa, los pinceles acarician, las figuras nacen. El lienzo blanco toma vida con cada baño de tinta que crea.

Stornaiolo, de barba tupida, ojos grandes, nariz gruesa, pelo salvaje, manos manchadas y voz fuerte, se moviliza en una silla con ruedas. Son las siete de la noche y no para.

– Pintar es una aventura. Antes era fácil.

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Marcela Slade llegó al país en 2002.  Es dueña de Xerrajeros, una de las galerías más importantes de Cumbayá, un valle cercano a Quito.

Sentada en uno de los parques que colindan con su negocio recuerda que conoció a Luigi en diciembre de 2013.

– Nelly, su esposa, nos presentó. Vino una vez a Xerrajeros  porque quería ver obras de arquitectura para una casa que quería construir con Luigi. Vio la galería y dijo que quería hacer una exposición con Luigi. Le dije que sería un honor.

Cuando se conocieron hubo una empatía instantánea. En esos días Luigi no quería hablar con nadie ni ver a gente desconocida. Atravesaba momentos difíciles por el avance de su enfermedad. Quienes lo frecuentaban eran sus hijas Silvia y Ángela. Pocas veces tenía contacto con Cayetano y Luca, sus otros hijos que tuvo con Soledad Bastidas y Cinthya Bayona.

Lo primero de lo que se enteró es de la trayectoria artística de Stornaiolo. Supo que tuvo su primera exposición individual en 1980 en Quito. El siguiente año presentó su obra en la Galería Sosa Larrea de la misma ciudad. Para 1986 preparó una exposición en el Instituto Ítalo Ecuatoriano y en 1987 llevó sus cuadros a la Galería Larrazábal de Cuenca. En 1988, la Galería Antiques expuso su obra y en 1989, la Galería Ricardo Florsheim de Guayaquil.

Los años noventa fueron de apogeo. No hubo un solo año en el que haya dejado de exhibir. También estuvo presente en Australia, Brasil, Estados Unidos, México, Perú, Italia, Bélgica y Argentina.

Los premios que ha conseguido empezaron en 1986 en el Salón Municipal de Quito cuando recibió el Primer Premio en Caricatura y el  tercero en Témpera. En 1989, el Salón Mariano Aguilera le entregó el Primer Premio y en 2010 ganó el Premio Quitsato: Mejor Artista.

El mayor reconocimiento para su obra llegó en el 2011 cuando el presidente Rafael Correa le entregó el Premio Nacional Eugenio Espejo, el más importante para los artistas y del que dice no ser merecedor, a pesar de los más de cuatro mil cuadros pintados.

 

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Afuera el sol quema. Son las cinco de la tarde de un día de septiembre. A estas alturas del año las lluvias suelen caer como golpes. El invierno se ha retrasado. El calor es insoportable.

– ¿Nuevo celular?

– Sí. Para el Facebook. Aquí tengo todo. Este (iPhone) es para el Facebook y el otro es para llamadas.

En el noventa y seis, cuando cumplió cuarenta años traicionó a su esposa. La crisis de la edad y la llegada de la esclerosis fueron las excusas perfectas para enamorar a artistas de la época.

– ¿Cómo está su salud?

– Hoy amanecí mejorcito. Este brazo está débil. Yo me recuperara si hiciera natación y dejara el tabaco. El trago hace daño. A la coca ya no le hago. Antes fumaba fuerte.

– ¿Qué espera en este punto de su vida?

– Nada. La esperanza es la forma normal del delirio. Esa es buena frase de Cioran.

Desde que empezó a utilizar la mano izquierda -tenía treinta y cinco años-, Stornaiolo ha luchado para que la calidad  de su obra sea la misma. Cuando no lograba plasmar su idea en el lienzo la frustración llegaba. Su escape era el licor, las drogas, las mujeres.

– Uno ya no pude hacer nada. Pintar sería lindo, pero  necesito más tiempo. Yo me veo en cinco años y puedo quedar inválido. Dios no ha de querer.

Son casi las siete de la noche. En media hora debe asistir a la inauguración del nuevo centro cultural, que está a pocas cuadras de su casa.

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– ¿Qué día es hoy?

– Martes.

– Martes de ir a La Cafetina. Mi vida no tiene sentido. No hay salida. Es una parodia la que uno vive.

– ¿Por qué dice eso?

– Estoy aterrorizado con la vida. ¿Cómo voy a perder el brazo y la pierna? Y por culpa de un médico. Esto si apuntarás.  Este médico me hizo la radiografía.  A los pocos días le llamo y le digo que qué pasó y me dice que debe sacarme la uña. Voy, y este cojudo no deja entrar a nadie y solo fui yo. Me anestesia toda la pierna. Coge un aparato que se llama trombo y me aplastaba y aplastaba. Como no había dolor no sentía. Ahí vi que me cagó la vida. En diez años perdí la pierna, en los otros diez, el brazo.  Estoy jodido.

El ‘maestri’ se hizo zurdo para no abandonar el arte y los frutos se han visto en los últimos meses. La nueva obra busca recuperar los años perdidos. Los nuevos trazos están llenos de luz y color. Las nuevas manchas, los nuevos personajes, los nuevos pincelazos demuestran el cambio de estado de ánimo.

– ¿Ya pasó la época de los vicios?

– Ahora es menos. Ahorita está de hacerse un porrito.. Ya no es como antes. Pero más daño me hicieron los médicos.  Lo que queda es rezar. Llorar no se puede porque no quedan lágrimas. Pero el suicidio es algo que va a llegar de todos modos.

– ¿Por qué siempre tiene esa idea?

– La muerte es un suicidio. Tal vez es una salida para retirarse de esta huevada.

¿Lo más fuerte que consumió?

– Heroína una vez. Un vuelo increíble. Cocaína también fue bastante. Ahí tengo desde hace un tiempo, pero ya no uso. Tabaco si bastante. Bazuco también fumaba. Pero no vale. Anímicamente me siento mejor sin eso.

– ¿Sabes qué es lo último que espero de la vida?

– ¿Qué?

– Que venga una hembrita para que me cague la vida.

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