Los recuerdos son palabras para mí

Renata tiene 40 años, es docente y militante sindical. Su historia tiene una particularidad y es un relato diferente a los que se suelen escuchar y leer en cada aniversario del último golpe cívico-militar en Argentina: es hija del exilio.

Ricardo Galarza y Mara Luján tomaron la decisión de desplazarse al sur de Brasil, luego de que el circulo del terrorismo de Estado se fuera volviendo cada vez más próximo.

“El flaco”, con militancia en la Juventud Peronista, desde 1975, estaba intentando formar un sindicato de empleados públicos de la provincia de Entre Ríos. Mara era estudiante de Trabajo Social. Con su militancia en el gremio estudiantil, era parte de la lucha para que la Escuela de Servicio Social se incorporara a la Universidad Nacional de Entre Ríos. Ambos tenían las características que en la previa al golpe eran sinónimo de subversión: ser jóvenes, estudiantes y militantes.

Luego de que la patota fuera a buscarlo en agosto del ’76, Ricardo tuvo un primer exilio en Misiones. En febrero vuelve a Paraná y se casa con Mara.

En Pelotas, Río Grande do Sul, vivía Cristina – su hermana–, por lo cual era una salida posible. El 5 de abril sale un primer escrito de Mara:

      “Adorados papi, mami, Marta, Bea y Tommy: Por fin estamos en Pelotas!, todavía nos parece mentira, nos       cuesta darnos cuenta. Me imagino con la ansiedad que esperan esta carta, quiera Dios llegue pronto a las       manos de Uds. Hoy es martes, no les escribí antes porque Cristina no tenía papel de carta y con otro no se       puede… Llegamos el viernes a eso de las 6 hs de la mañana… ”

Cuatro décadas más tarde Renata puede leerla. En su último cumpleaños, su madre le obsequió un libro confeccionado de forma artesanal, con las 43 cartas enviadas desde el exilio a su iaia en Entre Ríos. La abuela Olga recibía en Paraná, relatos cargados de tinta azul, dibujos coloridos de Renata, pedidos de noticias cotidianas y mucha nostalgia. Esos sobres estampillados amarillentos hoy pueblan las hojas de cartulina, donde con tinta más joven, se pueden leer aclaraciones que contextualizan en qué momento se escribió cada pedacito de la historia brasilera de los Galarza-Luján.

      “Son relatos de nuestra vida allá y en los que sos la protagonista principal. Salieron de mi, por lo tanto están       cargados, inevitablemente, de mi propia subjetividad pero de todas maneras, confío a que contribuyan a       reencontrarte con esa etapa de tu infancia que quién sabe en qué recóndito lugar de tu mente anida”, se lee en la       dedicatoria inicial hecha por su madre.

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Renata trabaja en Oro Verde, Entre Ríos, en la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad Autónoma provincial. Entre mates va contando y desandando su historia.

– Que nuestra familia se tuviera que ir a Brasil, que naciera brasilera, que hablara otra lengua, era todo un tema – cuenta –. Así que, la mayoría de las cartas de mi familia para nosotros son pedazos de palabras, recuerdos con palabras, para que yo no hablara solamente portugués.

En la charla surge una entrevista de Juan Gelman para un medio español, previo a su regreso a la Argentina. El título es “En el exilio la patria es la lengua”. Eso resuena de alguna manera en la historia personal de Renata.

– Soy profesora de portugués. A mí me identifica por todos lados, en la escritura, en la lectura – dice –, los recuerdos son palabras, para mí.

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La vuelta al país en mayo de 1984 fue para Renata un desarraigo a la inversa. Era el regreso de su papá y su mamá, pero al mismo tiempo un abandono de la patria que la vio nacer. Pese a que ya tenía 6 años, es algo que tiene bloqueado. Sabe que implicó un arranque tardío de primer grado, un aprendizaje intensivo del español y la adaptación a un nuevo paisaje. Pero lo sabe por palabras de otros, en su cabeza no hay siquiera una imagen de la casa en Brasil.

En 1985 Ricardo consigue trabajo en la construcción de la represa Yaciretá-Apipé y se mudan a Corrientes, en el límite con Paraguay. Allí nacerían un hermano y una hermana más. Ahí comienza para Renata su vida en Argentina.

Los primeros recuerdos nítidos son periplos anuales a la frontera para “certificar” que ambas hermanas estuviesen vivas, análisis de sangre costosos, y sobre todo una ausencia de documentación para estas hijas del exilio. Había en los primeros años de retorno democrático, un vacío legal que nadie sabía cómo resolverlo. En Yaciretá se encontraron con italianos, franceses, paraguayos, uruguayos, pero el sentimiento de sentirse ajena continuaba.

Los documentos de residentes llegarían a los 11 años. La ciudadanía, recién a los 22.

– Siempre digo en las reuniones de la Multisectorial de Derechos Humanos, que si hay algo que una persona no cambia es el número de documento y yo lo hice tres veces. O sea, tres veces me tuve que aprender un número nuevo, y a veces se me mezclan…

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La charla política, la participación en las organizaciones sindicales, es algo natural en la casa de los Galarza-Luján. “Era una conciencia que nosotros ya teníamos desde que empezábamos a trabajar”, comenta. Profesora de lengua extranjera, afiliada sindical, incluso trabajando en proyectos de plurilingüismo en la escuela. Todo se va relacionando.

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Actualmente es delegada de AGMER y de ATE, el sindicato provincial de docentes y de trabajadores estatales, respectivamente. Sabe de la responsabilidad que implica “organizar” frente al plan actual de corte neoliberal del gobierno argentino. También del tamaño del desafío si se lo compara con el caudal organizativo del sindicalismo combativo previo al terrorismo de Estado.

– Hay debates y discusiones con cierto nivel que hemos perdido y que es urgente recuperarlos – reflexiona –. En qué momento de nuestra historia sindical dejamos de disputar los sentidos y qué nos pasa hoy que no podemos sostener ciertas discusiones. Por ejemplo, pedir la Libertad a Milagro Sala, parece que es algo de la dirigencia y no del común de los compañeros.

Considera un acierto que en 2016, se asumiera desde las organizaciones de derechos humanos y el sindicato ir escuela por escuela para hablar sobre el plan económico de la dictadura, y sobre todo cómo se refleja actualmente.

– Nos fue fantástico, pero ya era tarde – aclara –. Nuestros propios estudiantes habían votado a Macri, los compañeros también. Es algo sobre lo que hay que trabajar, si es que queremos que vuelvan gobiernos populares, porque después hay que sostenerlos.

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En noviembre del año pasado, tuvo la oportunidad de viajar a Belo Horizonte por un taller organizado por la Asociación de Profesores de Portugués. Ese viaje a Brasil, le permitió otro contacto con el pueblo brasileño, en un contexto universitario que pedía por la vuelta de Lula Da Silva y exigía un Fora Temer. El verano la llevó aún más al norte, a Bahía, con su compañero de vida.

– Todavía no lo puedo expresar – cuenta –. No sé si es la vuelta al país que todo el mundo dice, o quizás en algún momento empiezo a recordar eso que tengo en mi cabeza. Estoy en esa etapa: entre el libro de mi mamá y el hecho de que me tocó viajar y estar en contacto con el pueblo brasileño, con su cultura “adentro”, no como cuando vas de turista…

El próximo 1ro de mayo le tocará volver a Belo Horizonte, presentando un trabajo realizado por el sindicato para el II Congreso Internacional de Paulo Freire, el legado.

– Saber que ya tengo fecha de regreso me hacen interpelar mi siempre tan querida nacionalidad argentina – aclara –. Me produce algo que todavía no puedo expresar en palabras. Y hermana mi país de origen con mi historia de militancia dentro y fuera de la escuela.

La historia de Renata parece que se sigue hilvanando, de a detalles. Algo hizo clic.

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