Las muertes silenciosas

Soy militante del aborto legal, seguro y gratuito desde hace años. No muchos: un par de años. Aún cuando no practico la religión católica desde hace más de una década, la educación cristiana recibida tanto en mi casa como en la escuela dejaron marcas claras en mi acervo moral, y me resistía a la idea de pensar en la muerte de un niño por nacer.

Sin embargo, al transitar una carrera social y experiencias tanto de voluntariado como de militancia, mi mirada cambió completamente. Cuando me enteré que se realizan más de 500.000 abortos clandestinos al año, que este era la principal causa de muerte materna, y que la mayoría de estas mujeres muertas son de estratos sociales bajos, caí en la cuenta de que algo estaba fallando. Que evidentemente hay multiplicidad de causas que llevan a que una mujer decida abortar, y que yo no soy quién para juzgarlo. Que ningún dios devuelve a esas mujeres a la vida. Que hay todo un sistema macabro que hace que médicos que se rehúsan a abortar en hospitales a nenas violadas por objeción de conciencia, son los mismos que después cobran $20.000, $30.000 y hasta $40.000 por realizar el mismo procedimiento de forma clandestina. Porque que el aborto sea ilegal da lugar a una lógica de mercado donde las mujeres pobres se ven obligadas a realizarse un aborto en sus casas, de las formas más horrendas que se pueden imaginar (agujas de tejer, golpes en la panza, por nombrar algunas) o en algún sucucho donde una persona que quizás hasta no estudió medicina, le cobra barato por extraerle el embrión del su vientre, terminando en muchos casos muertas por infecciones por condiciones paupérrimas de asepsia en que se encuentran, o por desangramiento.

A pesar de que creo que yo no sería capaz de abortar, este prurito moral mío no me impide creer que ante la muerte de mujeres por aborto clandestino no hay que andarse con moralinas, sino pedir al Estado una ley de aborto que deje de matarnos a nuestras chicas, principalmente pobres. Los abortos también son femicidios. Y así como pedí ni una menos, también pido ni una mujer muerta más por abortos ilegales.

Mi convicción firme acerca de este tema se terminó de confirmar cuando me enteré, hace unos meses, que mi madre tuvo que practicarse un aborto a los 23 años, luego de que el hombre con el que salía se negara a reconocer que ese embarazo era producto suyo. Esta persona le ofreció realizarse el procedimiento para extraer el feto en un lugar que mi mamá recuerda como oscuro, tétrico y sucio. Obviamente que no la acompañó, y tuvo que entrar sola, con la incertidumbre de no saber si iba a salir viva de allí. Lo único que esperaba era que la duerman, y que al despertar ese bebé no esté más dentro suyo.

Una semana estuvo postrada mi mamá, sin poder moverse de los dolores que sufría y de la profunda tristeza y angustia en la que quedó sumida. Casi no comía, y la cuidaba una amiga de ella, la única que sabía por lo que había pasado. Ni los padres ni la hermana de ella supieron nunca de esto. Sabía que si se enteraban, la hubiesen echado de la casa.

Mi mamá, dentro de la experiencia horrenda que le tocó vivir, sobrevivió. Suerte, nada más, porque las condiciones en las que tuvo que abortar eran claramente propicias para una infección, como mínimo.

Pero no todas tienen suerte. Y las que no tienen suerte (o plata), mueren. Mueren por ser mujeres. Mueren por no poder decidir sobre su cuerpo.

A esto yo también le quiero decir basta.  A esto también le quiero decir Ni Una Menos.

 

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