La vida de Roque

Roque Arturo Ruiz Seppi tenía 16 años en 1978 cuando fue detenido por primera vez tras robar un auto mereciendo una condena de dos años y medio. Según sus declaraciones oficiaba de vendedor ambulante y simulaba ser recolector de basura para cobrar propinas a la vez que realizaba changas para subsistir.

Corría el año 1983, Roque se reencontraba con su libertad, mientras Argentina se conmovía en los estertores de la dictadura y se encaminaba hacia la democracia. Tardaría muy poco tiempo para que Roque cayera nuevamente en el mal (¿necesario?) del delito.

Tal es así que tras dos meses de libertad condicional, junto con Miguel y Acevedo robarían tres taxis quedándose con uno de estos para cometer atracos en dos panaderías y una farmacia. En el robo a la panadería Acevedo disparó al panadero que resultó herido, luego habría un tiroteo en la farmacia concluyendo con la vida de Acevedo y el escape de Miguel. Mientras que Roque pagaría su parte en la comisaría de Monte Grande.

Allí lo torturarían para poder encontrar pruebas y sindicarlo como uno de los autores del delito. Por ello la Corte Suprema de Justicia de la Nación por un lado dejaría firme la condena a Roque por el robo, pero por la tortura la vía investigativa que llevaba hasta el robo a uno de los taxistas se cancelaría.

Ya era 1987 cuando este fallo de la Corte llega, Roque había conocido a quien sería el último gran amor de su vida y la madre de su consecuencia en el mundo, su hija Nadia que nacería en diciembre.

 

Incendio en el Penal

 

Era la primera semana de mayo de 1990, la Plaza de Mayo estaba dividida en dos. Los que apoyaban fervientemente la asunción de Carlos Saúl Menem y la asunción de una Nueva Izquierda que parecía ir a contramano del dictat global del capital, la oleada neoliberal y la derrota del campo socialista tras la caída de la URSS. En el escenario se encontraban Luis Zamora del MAS, Echegaray del Partido Comunista y Jorge Altamira del Partido Obrero, entre otros.

Dos semanas antes Menem había visitado el Penal de Olmos para inaugurar una nueva ala. Ese Penal había sido testigo de una batalla campal (cuerpo a cuerpo con infantería) para desterrar a los “Pitufos” una banda de delincuentes organizados que controlaba el tráfico de drogas y alcohol. En el año de esta historia el penal contaba con aproximadamente una población de 3000 detenidos, cuando las condiciones estaban dadas para 1000. Y allí pasaba sus días Roque.

Roque se encontraba en el quinto piso de la Unidad Penal 1 de Lisandro Olmos, dentro del Pabellón Séptimo o Pabellón VIP. Sus dimensiones eran de cincuenta metros de largo por tres y medio de ancho con una sola puerta de salida. Los 44 reos que lo acompañaban formaban parte del Plan Extramuros Olmos propiciado por Ana Goitia de Cafiero (esposa del gobernador). Eran encargados de remodelar el Penal y estaban allí por buena conducta. Sin embargo según familiares y otros testimonios existía un sistema de venta de pabellones, es decir mediante el pago de una suma de dinero al personal se conseguía el pase a pabellones de gente “buena” o de “confianza entre sí”. Si se enviaba a algún interno no “conocido de ellos” se debía pelear a trompadas por sus derechos ya que de lo contrario se era subordinado a “homosexual” y se tenía que cocinar, barrer y lavarle la ropa al resto, así como acceder a cualquier pedido de tipo sexual.

Todo sucedía bajo la atenta mirada de Julio Barroso, un siniestro personaje cómplice de los sucesos de La Cacha bajo la dictadura militar y director del presidio.

Un sábado por la noche Roque miraba la sucia pared espantando fantasmas, tomándose la sien entre las manos, quizás pensando en sus vidas pasadas y las muchas tantas que vendrían, nada parecía escaparle a este ser formateado socialmente para el crimen. A su alrededor sonaban alaridos de alegría, un clima festivo y afable, entre bebidas espirituosas como el “pajarito”, bebida autóctona de Olmos que consiste en hervir en alcohol cascaras de fruta maceradas.

Todo parecía estar en paz y en calma cuando comenzó una pelea entre Fabián y Roberto, cada uno intentando hacer prevalecer su fuerza y hegemonía, como parte de un juego en el cual lo único que no falta es testosterona.

El guardia cárcel Candía se atrevió a abrir la mirilla cansado de los gritos insufribles de vitoreo de los beodos y de sufrimiento por la paliza que se estaba comiendo Roberto. “¡Basta Carajo, que los cago a trompadas!” dijo desde fuera del recinto sin percatarse de la escasa distancia que lo separaba de Fabián que le propinó un golpe demostrando su “valentía”.

Junto con otros cabecillas se comenzó a armar una fogata tirando combustible del calentador sobre los colchones, creando una suerte de muro de fuego artificial para impedir la entrada de los guardias al pabellón y la eventual represión que se desataría sobre ellos por lo atrevido del acto de Fabián.

Los colchones eran parte de una compra de la semana anterior, 1400 unidades de colchones de goma espuma. Así comenzó a expandirse un incendio tipo “blaze”, es decir aquellos que se producen cuando las llamas se expanden velozmente con dos condicionantes: alta temperatura y sustancias altamente volátiles. Los colchones altamente inflamables de poliuterano producen humos venenosos, despidiendo un gas tóxico que acabaría esa noche con la vida de 35 de los reos que se encontraban en ese habitáculo. A diferencia de lo que sucede en otros países los colchones no estaban rociados con “retardadores” para que sean menos inflamables y que de esa manera sea más difícil prenderlos fuego (esto salva vidas, vg: protesta de presos o cuando se quema un avión).
En el piso no se encontraban mangueras de incendio, ni extintores u otros elementos para combatir el fuego por lo que el interno Montouto se dirigió a la escalera para traer mangueras. Allí tomo las mangueras ascendió al quinto piso por la misma escalera y al querer colocarlas en las bocas de incendio se encontró con que las roscas eran hembras en ambos lados, una vez cambiadas las roscas y conseguido conectarlas se encontró con que no estaban las manivelas para abrir los grifos, solucionado esto no había picos o lanzas para las mismas. Debido a que las mangueras si bien tiraban agua no servían de nada se recurrió a tachos y baldes.

En esa suerte de cámara de gas se destacó la lucidez de uno de los guardias, dos médicos presos y la solidaridad del pabellón contiguo para salvar la mayor cantidad de vidas posibles. Ambos médicos serían absueltos por su ayuda en la evacuación y tratamiento, uno de ellos estaba condenado por haber asesinado a tiros a su mujer frente a la atónita mirada de sus pequeños hijos.

El saldo final sería de 35 reclusos muertos y una decena de sobrevivientes que se habrían salvado arrojándose al suelo frente a la columna de humo tóxico.

 

La goma espuma negruzca se adhería a la piel como señal de la muerte que se cernía sobre aquellos cuerpos lacerados por el fuego.  Uno de los guardias, en crisis de angustia, dijo: “Nunca podré olvidar los alaridos de los hombres que se estaban quemando vivos” (El Día, 6 de mayo de 90). En esos días un interno saldría por las cámaras de A.T.C señalando –ante la atenta mirada de los telespectadores- al verdadero culpable de esa fatídica jornada: el servicio penitenciario por las falencias del personal y la corrupción evidente. El hombre que se atrevió a denunciar la corruptela, no cejó en su intento y continuó cantando sus verdades, sufriendo vejaciones y ofrecimientos de las autoridades incluyendo una reunión en el despacho del propio Julio Barroso. Su vida sería segada por un matarife en la cárcel de Devoto con heridas de arma blanca en 1993, tras estar en el ojo de la tormenta por unos años. Su nombre era Oscar Díaz Bonora.

 

El juez que instruía la causa era el doctor Raúl Madina que en principio señaló que encajaría en la figura de homicidio intencional seguido de muerte, también se imputó al titular de la cárcel Julio Barroso y se lo procesó por haber permitido el uso de los colchones de goma espuma. “Después de un tiempo de iniciado el sumario, el magistrado enfermó y se acogió a los beneficios jubilatorios. Madina habría sido objetos entonces de macabras presiones, que habrían sido el motivo real de su alejamiento”, según consigna LA NACIÓN de 1996.

Los familiares de tres de las víctimas reclamaron una indemnización al Estado y en octubre de 1995 la Corte Suprema de Justicia de la Nación se las concedió en el Fallo Badin, la mujer e hija de Roque incluidas.

 

Fuentes:

-Fallo Roque.

-Fallo Badin.

-Notas de Clarín y La Nación, más portales varios.

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Etiquetas: 1990, Incendio, Penal olmos

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