La última cena

Como si mis dedos fueran las garras de las viejas máquinas para sacar peluches y la mercadería lo único de qué aferrarme para no soltar un grito, agarré con una fuerza exagerada las bolsas del supermercado y las llevé hasta la mesada de la cocina. Le di la espalda y fui yo la que esa vez agarró el cuchillo. Pero sin amenazas. Sabía de sus miserias pero, a diferencia de él, nunca tuve la necesidad de usarlas para intimidarlo. Primero, las cebollas. Menos mal que estaban las cebollas para ponerse en el papel de basuritas en los ojos, ya iniciada la actuación. Con la mano firme, las corté en Juliana. Por mientras, los ojos seguían humedeciéndose. Me convencí a mí misma de que la cebolla era la culpable de mi sollozo. No era por su presencia abatida pisoteándome la sombra, ni por su aliento a vino berreta asomándome por el cuello, ni por recordar que la manera de nombrar  a ese corte, justo ese nombre, me gustaba para una nena, en honor a Cortázar. Pero se terminaron las excusas. Bien digo: ¡las cebollas! Seguí por el pimiento rojo y el símil plástico de su cáscara que salieron a escena con esa apariencia de verdura de mentiritas. Después sumé más utilería, como amerita cualquier obra de teatro. La cuchara de madera. La sartén. Con el aceite llegó el inevitable viaje hasta la hornalla para poner el menjunje al fuego, lo que me llevó a tener que esquivarlo. Permiso, le dije. Porque yo sí sabía avisar antes de pasar por encima del otro. El aroma empezó a darnos nuevas excusas para seguir con el guión. Yo aparenté estar muy concentrada en mover la fritura para que no se quemara, y él se movió en el reducido espacio como un alfil en un tablero de ajedrez para ir a abrir las ventanas. Después apareció sobre el escenario la pieza fundamental de esa humita improvisada: la albahaca.  Se alejó a la puerta a fumar un pucho. Yo me alejé hacia el cajón de las verduras para buscar los choclos y el zapallo. Ya sin su vigilancia, hice una pausa. Y como si se hubiese cerrado por un rato el telón, terminó también ese primer acto. -¿Pero eso no se lo tendrías que haber echado ya?- me regañó, apenas regresó –Ajá- le respondí, abatida pero concentrada en que no se me cayera ninguno de los ingredientes, menos aún una lágrima. Desgrané el choclo. Me quemé los dedos con el zapallo recién cocido. También me ardía la lengua, pero no se notaba. Cuando estuvo listo el relleno, empecé a estirar la masa para armar unas empanadas. Él también se desparramó sobre la mesa a esperarlas. Aún faltaba. Lo sabía. Yo también sabía que lo peor aún faltaba. El repulgue me salió chiquito, como si temiera que algo se me fuese a escapar de esas tapas. Las pinté con prolijidad porque sabía que la apariencia siempre engaña. Las metí en el horno y me senté a la mesa también a esperarlas. Al otro día me practicaría un aborto, pero a él jamás se lo confesaría. No quería arruinar la última vez que esperaríamos algo juntos mirando al futuro, a la cena del siguiente acto.

 

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