La trampa colectiva

Los porteños, bastante pagados de nosotros mismos, insistimos en no tener nada que ver con la cultura latina. Es mentira. Si hay algo que reconcilia nuestra identidad nacional con Latinoamérica es la caricaturezca tolerancia a la infidelidad.

Basta escuchar cualquier tanda publicitaria en radio o televisión para detectar los cansinos lugares comunes que las agencias publicitarias siguen execrando para llenar la heladera: el novio que agenda amantes con nombres falsos, la novia castradora que no quiere que su pareja (pobrecito) salga con sus amigos; el remate de la mentira como herramienta de liberación. Irse de trampa como afirmación de una individualidad que, paradójicamente, se alcanza mediante uniones genitales clandestinas con otras personas.

La mirada liviana del discurso público porteño sobre la infidelidad no existe por falta de condena social, sino por exacerbar sus matices. Un engaño meramente sexual, sin mayores compromisos, parece perdonable. Un cambio de aceite, y de vuelta al ruedo. Las publicidades con mujeres de cartón, que cumplen el rol de un par de piernas, unas tetas, ponen el acento en la astucia del hombre para sortear compromisos, novias, ex novias, etc. La nostálgica noción de la soltería como un idilio de libertad luminosa. Una manera de saber el estado actual de una pareja en una fiesta de casamiento dependerá del volúmen y el ímpetu del novio para cantar Los piratas, canción de los Auténticos Decadentes que celebra la vida nocturna de amigos, saunas y prostitutas.

Se puede definir la cultura de la trampa como una arista de una sociedad patológicamente falsa, en la que las apariencias reemplazan a las identidades. El imaginario cultural del ‘vivo’ se celebra en contraste a la lastimera condena que se hace de su contraparte, el ‘boludo’, etiqueta cultural a la que nadie quiere pertenecer. Un estafado es un ‘boludo’, y la condena se reparte entre el estafador y el boludo que se dejó estafar.

Por las dudas, nadie es inocente.

La misma sociedad que, sin solución de continuidad, condena el fracaso como una canallada mientras se fascina con la pericia de ciertos estafadores por ‘lo bien que la hicieron’, un comentario jamás exento de sarcasmo, recurso discursivo de rigor que a todo porteño lo hace parecer mucho más ‘vivo’. Aunque se lo use, en general, mal.

Meses atrás, en el centro porteño se realizó una movilización en contra del femicidio y la violencia de género en Argentina, bajo el hashtag #NiUnaMenos. Resulta interesante desandar los casos más extremos de violencia hacia la mujer (que deja aún la puerta abierta al maltrato y alienación que suelen sufrir los integrantes de la comunidad LGBTQ), y poner en evidencia ciertas operaciones sociales, pequeños contratos de violencia que parten de una misma base patriarcal. Hay para elegir: piropos en la calle, la falta de figuras de poder femeninas en medios tradicionales y digitales, la inevitable emulación de algunas mujeres de modismos masculinos en situaciones de poder, etc.

Pero en la base de todo, el contrato social más insidioso, que se multiplica en cientos de miles de parejas, es la desconfianza cómplice: un cierto acuerdo tácito en el que ambas partes de una pareja se resignan a amarse pero jamás confiar en el otro. Por las dudas.

Entra en juego entonces la mentira como herramienta de liberación. Utilizada al extremo por cientos de psicópatas que aprendieron demasiado bien que lo más importante es zafar, quedar bien aunque implique mentir a su pareja al punto en que la otra persona comienza a dudar de sí misma y cuestionar su propia salud mental. Habrá mujeres que sabrán manifestar en mejor y mayor detalle historias de hombres que mintieron patológicamente en el nombre del amor, que afirmaban ‘protegerlas’ mientras le ocultaban partes completas de su vida, círculos, actitudes y situaciones completamente escindidas de su vida en pareja, que nada tenía que ver con ellos como hombres independientes. Joyitas de un brillo extraño que son parte de una corona de círculos viciosos digitados y alimentados por los conformistas del engaño.

Es tentador amontonar estas trampas íntimas en una gran y consensuada trampa colectiva. Como si en Buenos Aires se multiplicaran las logias, copias de aquella fundacional Logia Lautaro, pero infinitamente vulgarizadas, reducidas a improvisados guetos semánticos, clasistas, étnicos. Una dinámica que Eugenio Carutti, en su libro de astrología psicológica sobre la Luna, describe como una construcción protectiva del ‘nosotros’ para diferenciarnos, y resguardarnos de la sospechada hostilidad de ‘ellos’. Delimitar una intimidad compartida pone de manifesto la existencia de un afuera temible y reprochable. El problema con estos límites es que facilitan la universalización de los prejuicios. Es mucho más fácil mentirle a ‘las minas’ o afirmar que ‘no hay hombres’: una postura facilista, sin víctimas concretas. Cuando estos universales comienzan a tener un rostro, una voz, una personalidad, cada persona desanda (casi de mala gana, midiendo cada paso) un prejuicio universal para que encaje con la realidad concreta de una relación con aspiraciones de confianza mutua.

Resulta humorística la separación semántica, ostentar la exaltación venal de una ignorancia caricaturezca: ‘las minas’ y ‘los tipos’, en tanto caricaturas de género, serán siempre todos iguales. Generalizar, se suele aclarar, está mal, pero qué importa, si su atractivo como pasatiempo resulta irreprochable.

Sin catarsis personales o sinceridades que aflojen estos prejuicios, la vida en pareja irremediablemente se vivirá entre sospechas tácitas, promesas escritas con lápiz negro HB, listas para borrarse según la ocasión.

Javier Güelfi
Nueva York, Septiembre de 2015.

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