La sensibilidad ricotera

En La Plata, el viernes a la mañana estaba soleado. Viajar con días así, tranquiliza. Las estadísticas no terminan por explicar nada, pero que la principal causa de muerte en el país sea arriba de un auto es un dato para tener en cuenta. Mate listo, música sonando, el auto va. Somos cuatro. Los cuatro fuimos a ver al Indio a varias ciudades antes. Uno, el conductor, es el único privilegiado que vio a Los Redondos. Porque lo sentimos así: un privilegio.

Entre los cuatro, pero sobretodo el conductor, se comenta que hubiera estado bien que limitaran el tránsito de camiones en las rutas que llevan hasta Olavarría. Habían dicho que la noche anterior, la ruta ya estaba cargada. Salimos con esa expectativa pero al final no fue nada fuera de lo común. Entre mate y mate, entre Porco Rex y Pajaritos, fuimos con tranquilidad. Hablamos de la cantidad de gente, lo que había dicho el Indio entre semana, eso de las “fuerzas oscuras”, que la ciudad tiene 89 mil habitantes según el último censo, que cómo se bancará a la banda, recordamos anécdotas de otras misas, de cómo sería la quinta en la que estaríamos.

La enfermedad, la edad, el cansancio que recital a recital demostró el Indio. Era un evento del que se iba a hablar, lo sabíamos. Tantos miles de personas esta vez sería impresionante. Siempre fue impresionante: siempre deslumbró que duplique, triplique, cuadruplique la cantidad de habitantes en Tandil, en Junín, en Gualeguaychú, en Mendoza. Pero ahora en Olavarría sería más, porque siempre, año a año, fue más.

Y con aquello de que posiblemente sea el último, más aún. Las despedidas tienen su lugar entre la banda, se sienten. En el rock siempre pasó: Los Piojos se despidieron en River, Sokol también se despidió ahí de Las Pelotas, hasta Soda o más atrás Sui Generis pusieron acento en su punto final. El movimiento cultural más intenso, explosivo y potente no iba a ser distinto: se habló de 200, 300, hasta de 400 mil personas en esa ciudad del interior de la provincia. Tandil, decíamos, también hubiera sido más que duplicada, pero al menos tenía la experiencia vivida entre recital y recital en el Hipódromo.

Cuando llegamos a Olavarría, alrededor de las dos de la tarde, no andaba casi nadie. Sabíamos que la turba llegaría el sábado, con los colectivos en procesión desde distintos lugares del mapa. Alguno comentó que se veía la identidad de pueblo chico que tenía Olavarría en el alumbrado público: dos cables cruzando en diagonal cada esquina con un foquito colgando en el medio. El mapa del pueblo también sinceraba lo chico que era.

Nosotros teníamos una suerte distinta: junto a más de veinte amigos y conocidos, nos instalaríamos en una estancia a unos seis kilómetros del predio donde era el recital, sobre la avenida Avellaneda. Ahí llegamos el viernes y hasta el sábado no salimos. Con ellos y ahí, comimos asado y disfrutamos de esa previa ricotera. No sonó música que no tuviera la voz del Indio en ningún momento. En algún momento, alguien hizo el chiste de que ahí, en la estancia, no estaban los negros de los que siempre se habla: casi diez autos, casi todos 0 km, desde un Gol hasta un Cruisser, estacionaban uno al lado del otro. El Indio conmueve transversalmente.

No nos gustó la lluvia del sábado. No eran buenos elementos para agregarle a esa noche el agua, el barro, el frío. Gualeguaychú había sido un sufrimiento por el barrial. Había estado buenísimo, decían los que fueron, pero el barro agregaba ese detalle que lo hacía casi un suplicio. Como el frío helado en Mendoza, acotaban otros.

Dos de los cuatro del auto, tenían que ir a buscar las entradas a la casa de un olavarriense. Los otros dos no teníamos, como casi todos los que paraban en la estancia, pero uno quería comprarla. Así que el sábado a la tarde, salimos en un auto a la ciudad a buscar las dos ya compradas y a comprar la faltante.

La ciudad ya estaba copada. Era otra a la que había sido el viernes. Colectivos por todas partes, carpas clavadas en cada espacio verde, parrillas debajo de cada árbol y la misma voz cantando en todas partes. Esa postal que se repitió en cada misa, que se transmitió en el documental Piedra que late, con la que también hizo negocio el ahora crítico Pergolini en la entrevista documental Tsunami. En cada hueco, un ricotero con bandera, música, parrilla, una birra o un vino, agitando y esperando. Los que iban a buscar las entradas, la encontraron; el que iba a comprarla, no encontró la boletería. Así que sin comprar, volvimos a la estancia con el entusiasmo recargado por esas postales, a seguir con nuestra previa.

Cuando llegó la hora, salimos en varios autos que estacionamos antes de que empiece el asfalto. Ese sería el punto de encuentro. Empezamos a caminar y mezclarnos con la banda que ya se enfilaba hacia el predio. Los foquitos estaban prendidos pero la luz era precaria. En ninguno de los lugares con carpas o colectivos, vimos baños químicos. El aire estaba pegajoso como el suelo barroso, incluso sobre el asfalto. La manada caminaba entre los puestos de choris o hamburguesas, birras o fernet. Alguno compró algo más para tomar. Y entre todos, algunos perdidos desde antes, entramos con tranquilidad. Los que tenían y los que no tenían entrada, como siempre.

Como siempre, también, se sintió el show. Algunos escucharon mejor que otros, a pesar de que había cinco torres de sonido más que en un año antes en Tandil. Algunos se animaron a ir bien adelante y dicen que estaba heavy. Otros aplaudieron con entusiasmo al Indio cuando alarmó sobre la baja de punibilidad o cuando resaltó la lucha de las Abuelas. Todos puteamos por no entender qué carajo pasaba cuando el Indio cortaba el recital. Todos estuvimos de acuerdo con que la lista de temas fue increíble, con una postura política evidente, pero con un ritmo sobretodo tranquilo, más allá de alguna levantada con Todo preso es político, Héroe del whisky o el combo del final con Jijiji y Mi perro dinamita.

Y la salida también fue como siempre: a paso de hormiga, todos apretados saliendo por encima de unas vallas o pisoteándonos entre nosotros, gritando, cuidándonos. Ey, despacio, tranquilos, no empujen. Como siempre. La luz de esos foquitos tibios no aportó nada y el desconocimiento sobre para dónde tener que salir, sin un cartel que señale o una persona que ordene, tampoco. Algunos se veían caminar por las medianeras como gatos en la noche. Para mear, algunas mujeres se tapaban entre ellas y algunos hombres se escondían detrás de arbustos. Así desagotamos y fuimos llegando, nosotros, a la estancia.

El despertar no fue como siempre. Los celulares de todos tenían mensajes preocupados de amigos y familiares. Que hubo más de 10, 8, 7 y dos son menores, al menos 5, finalmente 2 muertos. Que murieron por avalancha, politraumatizados, quebrados, que no se sabe, que al final no. Que hubo un accidente llegando a Azul, que después supimos que en Monte murió uno que volvía de la misa. Que la ruta está colapsada, que eso sí que pasa siempre.

Y en la estancia estábamos tristes. Todos. Y eso no, tampoco era como siempre. Porque era una misa, porque si era la despedida no queríamos que fuera así, porque ahora sabemos que no fue una buena decisión hacerlo en Olavarría. Que los productores se relajaron, que fue todo como siempre, menos el final. O mejor dicho, el saldo: dos muertos, heridos internados. Que al Indio lo queremos, cómo no lo vamos a querer, y también le creemos, a sabiendas de sus facturas por millones. Que el Estado estuvo sin estar: no hubo baños, ni postas sanitarias, ni luces, ni gente organizando nada. Que encima su forma de estar fue desde Capital, fusilando con Télam, usando de fuente un tweet, generando una ola de mentiras, incumpliendo el derecho de informar con veracidad y esquivando la responsabilidad de brindar el servicio de comunicar no sólo las consecuencias sino también lo que debe ser uno de los hechos culturales más importantes de nuestra historia.

Supimos, también, que el lunes anterior el municipio le pidió a un importante empresario cervecero que corte la venta. Más lo de las “fuerzas oscuras”… Con el diario del lunes, aunque todavía era domingo, entendíamos que se intuía el desmadre, pero que no se hizo más de lo de siempre para evitarlo.

Sobre eso hablamos a lo largo de toda la tarde, antes de salir y también en la ruta. En los tramos tranquilos y en los que la 3 estaba colapsada, con y sin camiones. Mientras, hablábamos con otros amigos que habían ido, con la familia preocupada que nos esperaba bien. Tristes, todos. Porque le apuntan con todo a la cabeza del Indio, como si de verdad pudiera velar por la vida de cada uno de sus seguidores. Porque podría haber pasado en cualquier lado antes. Porque a los medios que jugaron con la sangre del pueblo siempre, no les podemos pedir que ahora la respeten. Porque la moral de las empresas mediáticas busca culpables en todo todo el tiempo, porque como dijo Tato la culpa de todo siempre la tiene el otro. Porque la moral de gobierno también aportó su granito pidiendo el respeto de normas, como si abortar la república a base de DNU fuese otra cosa que no cumplir normas. Porque la ineficacia de los que dicen que hacen política y se quedan en el marketing, atrasa. Porque a los ricoteros se apuntó siempre y que por eso teníamos que cuidarnos entre nosotros. Entre los privilegiados que empezaron esta historia y los que nos fuimos sumando con los años. Entre todos.

Y sobre eso hablamos hasta ahora, leyendo crónicas y datos y las informaciones más veraces que van apareciendo. Con la tristeza de que se empañó una de las alegrías que merecíamos quienes vivimos una de las formas más especiales de unirnos con nuestra euforia y nuestros desahogos, de compartir esa que podía ser la última misa de una religión que promulga una forma de ver, de entender, de sentir que no encontramos en otra parte. Porque los muertos duelen. A sus familias íntimas, obvio. También a la ampliada, a nosotros. Porque, como siempre, podría haber sido cualquiera. La sensibilidad ricotera hoy quería estar festejando y no así, tristes por no habernos cuidado como debíamos.

Etiquetas: Indio, Olavarria

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