LA REVOLUCIÓN DE LA GORDURA

Existen muchas cuestiones en las cuales nos preguntamos acerca de qué fue primero, si el huevo o la gallina. Varias veces el conflicto no está en qué génesis precedió a la otra sino de quién es la culpa.

Algo parecido está sucediendo desde hace ya un tiempo referido a la obesidad y su expresión social.

Actualmente en Argentina se estima que existen 26.4000.000 personas con sobrepeso (estadística publicada por la OMS en 2016). Creo importante remarcar la palabra PERSONA o, tal vez, debería decir “persona”.

Socialmente la obesidad no es una enfermedad o un estado físico de un ser humano, sino que se considera un símbolo de suciedad, abandono, enfermedades, depresión, en fin, es lo que le da “derecho” a otra persona que no tiene tal condición de poder insultar, denigrar y humillar a quien sí la padece.

Por supuesto que la gordura no escapa a papá Patriarcado, quien establece que las mujeres con sobrepeso no son sexualmente deseables y condena a aquellos varones que se atrevan a sexualizar un cuerpo agrandado. Más aún, si una mujer gorda tiene la desafortunada experiencia de tener sexo con un macho argentino, la misma debe mostrarse agradecida por ello, de lo cual surge la frase popular “las gorditas son agradecidas”.

Machista o no, existe una presión social explicita acerca de lo que una persona gorda debe sentir acerca de su cuerpo, el cual, según dicha imposición, tiene que despreciarse. Pero ¿qué pasa cuando poco a poco las mujeres gordas comienzan a desafiar tal deber? Generan miedo.

¿Miedo a qué? Será, tal vez, que asusta el empoderamiento de una persona sobre su propio cuerpo, una fisonomia que deja de pertenecerle a un estandar de belleza para pasar a ser dominio de quien la lleva, la moldea, la disfruta y también la sufre. O, además, puede que el miedo se relacione con la libertad, esa que deja de existir para aquéllos que creen que con ella pueden denigrar a otra persona por el tamaño corporal.

Las mujeres gordas han comenzado una cierta revolución en la cual se comenzaron a cerrar las puertas de la opinión ajena y a abrir aquellas de la exposición orgullosa. Sí, la tan hablada exposición del siglo XXI, de las redes sociales, de la generación Millenial. Hoy los cuerpos comienzan a resistir, a imponerse ante la mirada de quienes no quieren ver, porque tienen el derecho de existir.

La industria de la moda, esa que ha impuesto desde hace años cómo el ser humano debería verse para encajar dentro del concepto capitalista y patriarcal de “belleza”, hoy pierde sucesivamente batallas contra la gordura. “Mujeres reales” les llaman, haciendo una división entre aquéllas que son delgadas y, según esta discriminación, artificiales o fantásticas (es decir, que pertenecen a la fantasía), y las otras, las que no salieron sorteadas en la lotería genética.

Y acá es donde el cambio realmente incomoda. ¿Es un nuevo tipo de modelo femenino o es apologia de la obesidad? Tal vez si el miedo a lo desconocido no fuera tan estremecedor y la ignorancia no fuese tan cómoda, muchas personas podrían entender que la gordura es un estado del cuerpo, tan común como la delgadez, la cual no se contagia.

Volviendo a la pregunta inicial sobre el huevo o la gallina, podría plantear la laguna existencial que genera la discriminación sobre la vida de una persona. ¿Es mi cuerpo gordo que me hace infeliz o es que el mismo se encuentra demonizado en la sociedad? ¿Soy yo la que debo bajar de peso para entrar en la norma del estándar de belleza o la sociedad debe acostumbrarse a mi?

Estos interrogantes que para muchos resultan inofensivos o interesantes solo desde el plano filosófico-sociológico, caracterizan la existencia de sujetos invisibles. ¿Dónde está ese 60% de la población argentina con sobrepeso? ¿Dónde se viste? ¿Cómo se expresa? ¿Trabaja? ¿Por qué no aparece en la televisión o en las revistas?

Tal vez y solo tal vez, un cuerpo que está prohibido es un cuerpo que no debe ser mirado, un cuerpo que amenaza por el solo hecho de ser una posibilidad para quien lo observe. Acostumbrar la mirada a estrías, celulitis, rollos, flacidez, varices, rojeces, no es otra cosa que asumir al otro como ser humano, con las imperfecciones naturales (sean o no producidas por un agente no natural) de una anatomía que grita y se curte como quiere o puede. Desmalezar creencias populares acerca de la gordura es tambien abrir los ojos acerca de las posibilidades que tiene un ser de ser humano. Tener sobrepeso no significa necesariamente que se tiene colesterol, diabetes, hipertensión, tampoco significa que no se disfruta del ejercicio o que debajo de la ropa que oculta la piel hay desagradables rincones vedados y peligrosos.

Estar gordo o gorda es una decisión, tal vez consciente o tal vez inconsciente. Pueden existir personas que luchan por dejar de estarlo y aquéllas otras que lo hacen para que las o los dejen ser dueños de su propio cuerpo. Sea como sea, son personas, ser humanos dotados de derechos, que no necesitan una opinión extrínseca para tener conocimiento acerca de sí mismos ni tampoco para ser “ayudados” a caer dentro de la norma.

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