La Puesta en Escena

En una de sus incursiones poéticas, Jim Morrison afirmaba que el gran hallazgo de la época moderna había sido la división entre espectáculo y espectadores, dejando en evidencia el carácter teatral de la modernidad: una historia que se narraba a sí misma como actuación de sí. De esta manera, los modos de representación han variado y lo que hoy está en boga es la interactividad. Teatro, deporte, política, redes sociales, todo nos viene ya con el mandato de la participación.

 

Pareciera como si no importa lo que hagamos, qué lugares frecuentemos o los gustos cultivados, el interactuar conla cosa es ineludible. Y no se ahorran alabanzas a este alterado paradigma, pues la apertura del horizonte pareciera ser lo más maravilloso que nos ha sucedido: finalmente podemos salir del anonimato y tomar nuestro propio protagonismo. Y el discurso, se dice, ya no es más tutelado. Ahora es un producto de todos, una construcción de nuestra participación en la opinión pública. Somos un reportero más de la realidad.

Este nuevo juego que nos invita a sobrepasar los límites de nuestro involucramiento, supone una cuestión que, por obvia, dejamos sin cuestionar, es decir, nunca se está tan dentro de un juego como cuando se cree que se va mas allá del mismo. ¿Qué quiere decir esto? Simplemente que, allí donde las nuevas formas de participación mediadas por dispositivos informáticos, al liberar nuestra voluntad de opinión, al desafiar las reglas tradicionales del juego, terminamos por diluirnos en el mismo, (re)produciendo lo que vemos hasta el hartazgo en cualquier foro de discusión: la voz anónima que habla por y en nombre de todos. Una especie de engendro, en apariencia democrático, que esconde su forma de estereotipo en la supuesta legitimidad que brinda el carácter censitario que expresa su saber.

Aquí es donde esta sobrecarga de interactividad produce sus efectos colaterales, pues en última instancia, nuestra intención de participar en un candente debate de actualidad inmediata acaba por perderse en la lógica de reproducción del teatro de la representación 2.0. Por muy variadas que sean las contribuciones del público, el escenario se acomoda para por fin terminar de hacer jugar los roles de la manera en que estaba previsto que estos se explayen. Es un mecanismo similar a las encuestas, pues se plantean problemas que la gente aparentemente no se plantea y en ese mismo movimiento se incluyen las respuestas posibles para el caso, y participamos sólo al momento de elegir dos o más posturas predeterminadas.

Doble realidad

Nuestro interés, nuestra buena voluntad de intervenir en el asunto público, por obra de este estereotipo, se vuelve mera reproducción del lugar común que él representa. Por eso la importancia en esta dinámica del líder de opiniónen tanto reproductor del estereotipo, teatralizador de ese algo a lo que se apela pero que en general no existe, es decir, del consenso. El posicionador de temas, por tanto, vendría a ser ese actor que nos invita a intervenir en su nada improvisado guión, con el cual disentimos o concordamos, pero nunca pasamos impolutos.

La opinión estereotipada, ese no lugar que termina siendo real por la mera repetición, producto de esta dinámica, es aquello que obtura la necesaria participación que exige todo estado de cosas que se precie de ser democrático. Los tópicos que atraviesan este estereotipo suelen ser endebles o escuetamente argumentados, pues como suele suceder, aquí no está en boga la herramienta en sí misma sino los productos de la utilización de la misma. Por ello, se impone como necesario el ejercicio de la participación reflexiva, de modo tal de evitar la reproductibilidad discursiva que impone la “agenda pública” que producen los medios masivos y las estructuras políticas.

Los nuevos modos de participación no deben trastocar nuestro rol de ciudadanos que lejos está de ser un papel de mero opinólogo. Una de las tantas formas de participación ciudadana debe emerger en la capacidad de posicionar temas y no solamente de reproducirlos a partir del lugar común, del estereotipo o del slogan. Nuestra labor en el teatro debe generar instancias de incertidumbre y duda, pues se abandona la legitimidad que da el estereotipo en pos de buscar matices, cotejar opiniones y reconocer la ignorancia respecto a determinados temas, todas cuestiones que son las verdaderas generadoras de debate. En resumidas cuentas, “opinión pública” no tiene por qué ser sinónimo de “ánimo de mayorías” y obtener la legitimidad de tal cuestión.

De lo que se trata, entonces, es de revelarse contra el mandato del estereotipo y trabajar en la generación de una real deliberación de temas que afectan la cotidianeidad concreta que nos involucra, asumiendo un real protagonismo en el debate y que no solo se manifieste por mandato del todo, sino que tome la palabra en lo que tiene de específica, aún con la metáfora de construir nuestro propio guión en el teatro de la objetividad.

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