La Plata era una fiesta

Hay libros que mientras se transitan nos llevan inevitablemente a otros. Justamente, esos otros, por lo general, son los que pertenecen a la construcción arbitraria que en literatura se conoce como canon. O, dicho de otra manera, los libros pertenecientes al canon están inscriptos en obras de diversos autores. Por eso, al leer Cerrá cuando te vayas, se puede leer algo de Hemingway, específicamente, su París era una fiesta.

En París era una fiesta, Hemingway reconstruye una suerte de autobiografía, pero no sólo suya, sino la de esos jóvenes escritores que atravesados por las guerras y el alcohol han escrito muchísimas exquisiteces literarias vanguardistas que ingresaron al canon contemporáneo. A la vez, estos jóvenes han sido considerados por la crítica literaria como la generación perdida. Hemingway, allá por 1959, revisita la década del veinte parisina, y coloca como protagonista, por momentos, a la ciudad misma. Además, en esta “autobiografía”, el escritor hace justicia y le otorga el lugar que le corresponde al poeta Evan Shipman, que la crítica le ha denegado. Es decir, Hemingway vuelve al veinte a cerrar esa puerta que él consideraba abierta.

Algo similar hace Horacio Fiebelkorn en Cerrá cuando te vayas, un libro publicado por Club Hem editores en junio del corriente año. Esta pieza literaria está compuesta por treinta y dos partes, que son -en cierto punto- un recorrido por un barrio, una ciudad. En fin, es la reconstrucción de una configuración espacial que -tal cual- ya no existe; pero es el mapa, la ayuda memoria de los recuerdos, porque -en cierta medida- ese espacio es el protagonista. En Cerrá cuando te vayas el narrador vuelve a su juventud y avanza progresivamente etapas de su vida para cerrar las puertas que dejó abiertas cada vez que huyó de algún lugar. Sin embargo, por más que se las haya ingeniado para evadir situaciones, para asimilar pérdidas, finalmente debe dejar explicitado todo aquello que se fue amontonado en su conciencia, a modo de liberación, de culminar etapas. Por eso vuelve a su juventud y a su ciudad, La Plata. Recorre sus calles que son números y deja a la intemperie aquellos lugares ocultos, pero transitados por todos los adolescentes que fueron como él, que se rateaban del colegio para ir al cine Roca a mirar películas condicionadas y masturbarse en las batucas incómodas. Esos adolescentes que también iban a catecismo, a escuchar las indicaciones del cura Carlos, que saludaba con un beso a los hombres y con la mano a las mujeres (para no caer en la tentación, claro), a escuchar los consejos importantísimos para mantener la moral social, cristianamente construida. Por ejemplo, cómo lavarse los genitales lo suficientemente bien, para no tener que rascarse y, en consecuencia, masturbarse cual púber (que, de hecho, lo eran). Son esos mismos jóvenes que conocieron la droga y el rock, que asistían a recitales sin comprender el contenido ideológico de las letras y recorrían disquerías y bares, donde se emborrachaban, aunque no sólo allí.

Es decir, en el libro de Horacio Fiebelkorn está presente una generación de jóvenes atravesada por el discurso de una época de “reorganización”. Un período en el cual el objetivo era mantener la moral social, de la cual esos chicos se separaban aún más del margen establecido.

También, en Cerrá cuando te vayas, el narrador trabajó en diarios y mantuvo vínculos con hombres de letras, especialmente con poetas no reconocidos, frustrados, que se mantuvieron, por decisión propia o por injusticia, en la periferia del ojo clínico de los críticos literarios.

La generación representada en el libro de Fiebelkorn es la otra parte de la juventud que, aunque negada a la realidad en la que estaba inmersa, está fuertemente atravesada por la política de los sesenta hasta los noventa, de gobiernos tanto facto como democráticos. El narrador, a través de una mirada retrospectiva, realiza una reflexión y la describe con avasalladora claridad, dice “no éramos grandes luchadores en aquellos años grises. Sólo fuimos parte de una multitud desorientada (…) qué no sabían cómo buscar un lugar en el mundo de mierda que los rechazaba”.

En conclusión, Cerrá cuando te vayas no es París era una fiesta ni Horacio Fiebelkorn es Hemingway, claro está. Sin embargo, hay varios puntos en común entre las obras de estos dos escritores que realizan una mirada retrospectiva a su pasado e inscriben datos autobiográficos en sus obras: en la construcción de una autobiografía colectiva y la revalorización de una generación “perdida”. Cerrá cuando te vayas es la memoria colectiva de una generación de sujetos frustrados que conocieron el sexo, la droga y el rock and roll en un momento de la historia argentina, marcado por la revolución argentina, el tercer peronismo y la última dictadura cívico-militar. Algunos de los acontecimientos que golpearon brutalmente a la sociedad, que anunciaban una época gris y un futuro poco claro para esos jóvenes que estaban creciendo en ella. Pero que crecieron y, aunque aprendieron transitándola, no extrañan la juventud de la que huyeron sin rumbo alguno; por eso el narrador, de adulto, vuelve en sus recuerdos a atar cabos, a cerrar las puertas abiertas.

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