La oscuridad que te devora

La novela Instinto domiciliario, de Juan Pablo Gómez –publicada por Santiago Arcos editor y premiada por la Dirección de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires-, tiene dos características dominantes: la oscuridad y un ritmo tranquilo. Ambas se unen y complotan a favor de la novela, y pareciera que se retroalimentaran: es una novela oscura porque lleva ese ritmo, y es una novela en las que las cosas se desarrollan con calma porque la oscuridad que no deja de desarrollarse lleva a eso.

 

El amor, la muerte, la obsesión, la intimidad son los temas tratados. A medida que nos vamos introduciendo en la historia no podemos evitar sentir que hay algo asfixiante en la trama, no por defecto sino por voluntad: Juan Pablo Gómez ideó y escribió una novela que hace que el lector piense, por momentos, que está siendo testigo de algo que no tendría que estar mirando, pero que no puede ni quiere dejar de mirar.

 

Un fragmento para ejemplificar: “La muerte había hecho de tu cuerpo delgado algo sólido y pesado, que encima se había adherido al parquet. No sabía de dónde agarrarte para empezar a tirar. Me costaba moverte, porque a los impedimentos físicos se sumaba la estúpida sensación de que todo aquello podía causarte dolor”.

 

En ciertos aspectos, Instinto domiciliario se asemeja a esos capítulos de la serie Criminal Minds que muestran personajes retorcidos, asombrosamente imaginativos a la hora de la perversión. Volviendo al primer párrafo de esta reseña, una clave fundamental de la eficacia de la novela es el ritmo: todo sucede con la misma tranquilidad, como si al protagonista nada lo alterara. Y ya se sabe que cuando todo está tan tranquilo, el instinto nos lleva a esperar que ocurra algo, aunque sea para mantener un equilibrio.

Juan Pablo Gómez escribió una novela oscura y eficaz, y eso no es poco.

Discusión (1)

  1. Imagen de perfil de Clara Anich Clara Anich dice:

    Siguiendo en la línea, sumo una cita que para mí es un hallazgo:
    “Lo más fácil hubiera sido deshacerme del cadáver. Entonces nadie hubiera podido incriminarme. Pero comprendí que debía retenerte. La cercanía de tu cuerpo era una garantía de la continuidad de nuestra relación, un símbolo de la etapa que comenzaba.”

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