La mujer que curaba con palabras

Mi infancia estuvo rodeada de seres con ribetes novelescos. Una de mis vecinas tenía una costumbre: solía invitar a otras señoras de la cuadra, sobretodo en primavera, para mostrarle su variedad de plantas y flores. Se sabe que Mendoza es un lugar árido y de inviernos inclementes. Mantener un pequeño jardín botánico requiere de cuidados y conocimientos muy especiales. Cierto día fui a buscar a mi madre a una de esas raras excursiones por el patio de Doña María.

—Estas que están aquí, apenas floreciendo, se llaman “locas de amor”. Le decía a su improvisado grupo de visitantes, entre las cuales estaba la Juanita, mi vieja.

—¡Ah! aquí están las “Enamoradas del sol”. Son muy delicadas, pensé que no iban a sobrevivir al invierno.

Definitivamente tenía algo con el amor y el nombre de las flores. Eso lo pensé más tarde, precisamente ahora, cuando la recuerdo. Pero el personaje que me ocupa es Doña Bragañolo, una mujer regordeta, de piel muy blanca y ojos grises que vivía a unas cuadras de casa. Se le atribuía un poder casi mágico: “Curar de palabra”. Poseía un ferviente grupo de seguidores, entre las que se encontraba la Juanita. Mi madre siempre fue permeable a todo tipo de creencias por demás extravagantes. No tuve pedíatra. El primer diagnóstico lo recibía siempre de aquella mujer. Ante el primer malestar que me invadía, era inevitable una visita a casa de Doña Emilia Bragañolo. Su especialidad era curar empachos y ojeaduras. Males que solían aquejar a los más pequeños. Nunca supe exactamente de que se trataban, el empacho era una especie de molestia estomacal. El mal de ojos, era aún más extraño, hacía que los niños, sobretodo los recién nacidos, estallaran en llanto sin razón aparente, a cualquier hora. Era común que cuando una madre primeriza contara a otras mamás, sobre el comportamiento de su bebé durante las noches, para que de inmediato estas dijeran: “Ese chico está ojeado, llevalo a Doña Bragañolo”.

Así, sospecho, sólo sospecho, ya que no tengo pruebas, que Doña Emilia se fue ganando una fuerte reputación de “curandera” en el pueblo, y más tarde en un radio que iba más allá de los límites de mi pequeña ciudad. Colas interminables con madres y sus hijos en brazos, esperaban por ser atendidos. Todos los días se formaba esa fila que comenzaba en la puerta de su casa y daba la vuelta a la esquina. Había que esperar que Doña Emilia volviera de misa, ritual que ella repetía todos los días, y que todos conocían, lo cual agigantaba la creencia de que aquella mujer bajita tenía el poder de “curar de palabra”.

Varias veces esperé en esa cola mi turno para ser atendido, de la mano de mi madre. Aún recuerdo su casa, y aquel living que se convertía en una improvisada sala de espera. Lo que ocurría a continuación era aún más raro. Entrábamos a un pequeño cuarto abarrotado de santos y vírgenes de todos los tamaños. Recuerdo un San Cayetano casi de mi tamaño que me provocaba temor. Había velas encendidas y un olor, un olor inexplicable. Un aroma dulzón, invadía aquella habitación. Trato de recordar si había sahumerios encendidos, pero no, no eran sahumerios, el aroma provenía de alguna fuente que aún hoy no puedo explicar. Lo siguiente era recostarme en una especie de camilla, con sus suaves manos levantaba mi remera y me palpaba el estómago, luego me colocaba de espaldas y acariciaba mi columna, antes de que me diera cuenta ya me había tirado el cuerito unas cuantas veces. Lo hacía entre un murmullo de lo que creo, eran oraciones dichas en voz baja. De acuerdo a la cantidad de veces que mis vértebras sonaran, era el nivel de empacho que padecía. Luego hacía que me levantara, volvía a decirme unas inentendibles palabras mientras acariciaba mi frente, y listo. Lo siguiente eran algunas recomendaciones a mi madre sobre darme una cucharada de limón con bicarbonato de sodio, siempre en voz muy, pero muy baja, apenas audible, como si esa pequeña habitación llena de santos fuera una sucursal de la iglesia. No se gritaba, no se hablaba en voz alta, hablar bajito formaba parte del ritual de curación. No hacía falta que ella lo pidiera, ese pequeño ejército de estatuas de yeso de todos los tamaños, era por demás intimidante para que todos hablaran muy despacio. Luego llegar a casa y contarle a mi abuela la experiencia era otro tema. También ferviente creyente en el poder curativo de las palabras de Doña Emilia, mi Oma (ese es el apodo que usaba para llamar a mi abuela) me dijera:

—Ahora, en un ratito vas a ir al baño y vas a hacer “caca fea”, vas a largar el empacho. Porque el empacho es caca que se queda pegada en los intestinos y cuando te tiran el cuerito de la espalda, la despegan. Esa señores, era la definición que se manejaba en casa sobre qué era el empacho, nada más y nada menos que “caca fea pegada a los intestinos”. Quisiera incluirla en Wikipedia, pero estimo que no es muy conveniente.

*Foto: Doña Emilia Bragañolo (Fotografía de Carlos Púrpura Pistarelli)

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