El Evita

Hay cerca de cincuenta personas esperando, la gran mayoría son mujeres. Los bancos de madera que se encuentran a un lado del largo pasillo están todos ocupados. Algunas personas permanecen de pie en el medio, otras apoyadas contra la pared. Un hombre y dos niños están sentados en el piso tomando un jugo Baggio de naranja.

Las caras son inexpresivas, solo algunas pocas muestran incertidumbre o angustia.

En el techo, hay dos filas de tubos fluorescentes a un metro de distancia entre sí, a lo ancho y a lo largo del pasillo, que permanecen encendidas, a pesar de que la luz de la tarde entra a raudales a través de los ventanales y de la puerta de emergencia, por donde ingresan las camillas, y donde también se ve brillar en el vidrio, la imagen de Eva Duarte de Perón. Es el emblema del Hospital Evita Pueblo, en la localidad de Ranelagh, Berazategui. Se puede ver la silueta del rostro de Eva junto a una cruz roja dentro de un círculo rojo.

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En el otro extremo del pasillo está la otra entrada a la guardia, que es más angosta que la de emergencia, y el chirrido que hace al abrirse es agudo y perfora los oídos. Cuando se abre, puede oírse a metros, y el eco llega, incluso, al otro extremo del hospital. En el momento que alguien ingresa por allí, todos en la guardia voltean su mirada hacía la entrada, o hacia el chirrido. Es un acto reflejo.

Suenan las bisagras. Una mujer regordeta y bajita entra con un bebé en brazos, la sigue una adolescente con cara de palo y ojos firmes. Es notoriamente más alta y delgada que la mujer, y lleva en sus manos una abultada bolsa de tienda deportiva, de esas que tienen la manija de plástico. La mujer lleva al bebé envuelto en una frazada rosada, no se le ve la cara, ni alguna otra parte del cuerpo. Está cubierto con varias mantas que lo hacen parecer enorme, como un bolso lleno de ropa. La mujer se dirige directo a la entrada de los consultorios, por donde, cada algunos minutos, se asoma un enfermero llamando al siguiente.

Una señora se le acerca y le indica que tiene que sacar número en la administración. La mujer mira a la adolescente y señala con el mentón hacia el otro extremo del pasillo. «Allá», le dice. Antes de escuchar la orden, ella avanza a zancadas entre la gente, moviendo la bolsa de un lado a otro, desinhibida. Su rostro no expresa signos de temor o preocupación, más bien, se la ve acostumbrada a la circunstancia.

La mujer se mueve despacio, meciendo al bebé. Tiene la tez trigueña y curtida por el sol, de un peculiar tono anaranjado, y los surcos de sus arrugas revelan su ansiedad. La joven con cara de palo vuelve donde la mujer y le muestra el papel con el número. Esta asiente. No dicen palabra.

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Un enfermero abre la puerta del pasillo de los consultorios, y asomando la cabeza dice: «32 traumatología ―y sin esperar, continúa declamando los siguientes números― 33, 34, 35, 36» Una mujer de no más de 30 años se levanta de uno de los bancos. «Yo, yo, 34, 34», repite, agitando el número en el aire, como si acabara de ganar un sorteo. Toma a su hijo del brazo, un niño de unos 6 o 7 años, y se sumergen en el pasillo donde está el enfermero.

A unos metros, un niño de 3 o 4 años, que está de pie frente a su madre, comienza a llorar, primero se oye el rumor de un sollozo, luego detona en un llanto. Ella, sentada en uno de los bancos, lo acerca hacia sí. El lloriqueo aumenta, es intenso. Algunos miran, pero la mayoría, ni se inmuta. No le prestan atención. Es algo que siempre se oye en cualquier hospital, un sonido que ya viene incorporado. A pesar de eso, la madre del niño se sonroja, siente que incomoda. Así que lo alza en brazos y salen afuera.

La tarde cae, el sol ya no impacta sobre la imagen de Evita, sino, que atraviesa por la parte inferior de la puerta y pega sobre la cerámica color borgoña, formando una figura geométrica similar a un romboide en la entrada de la guardia. El piso resplandece y hace brillar las caras de las personas desde abajo. Un hombre que está apoyado contra la pared, junto a la entrada, mira hacia el suelo, permanece inmóvil, concentrado en el reflejo de luz, como si quisiera llenarse de luminosidad la mirada, parece hipnotizado. O quizá se cansó de mirar los inexpresivos rostros que lo rodean, como el suyo.

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Se oyen voces, hablan bajito, algunos murmuran, un coro de conversaciones que no se llegan a distinguir rebota a lo largo del pasillo. A una joven cada algunos minutos le agarra un ataque de tos. Tose con vehemencia, se tapa la boca con las dos manos. Tose unos segundo y se detiene, y a los pocos minutos vuelve a toser. Es una tos áspera, de perro.

Se abre la puerta, y desde el pasillo aparece una señora empujando una enorme y desvencijada silla de ruedas con un niño de unos 9 o 10 años en ella. El niño está en una postura relajada y da la sensación de estar sentado en un sofá. Su rostro parece desencajado, tiene la mandíbula algo caída y los ojos y la frente arqueados hacia abajo, todo su rostro parece tensado hacia abajo. Su mirada dócil trasluce un dejo de tristeza. La señora que lo lleva es su madre, y sus ojos están enajenados. La torpeza en sus movimientos la descubren algo turbada.

Una de las ruedas delanteras se traba con el pie de una mujer que está sentada en un banco. La silla se frena. Las mujeres, ambas, se piden disculpas en simultáneo. Como si cada una creyera tener la culpa, una de no ver el camino y la otra de haber estirado demasiado los pies.

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Un enfermero se asoma y mira a la gente esperando, como buscando a alguien, todos lo miran fijo. El hombre retrocede pero antes de que cierre la puerta del todo una mano la detiene. Una mujer voluminosa le habla: «Oigame, hace más de una hora que estoy con el chico acá». El enfermero la interrumpe «Señora, tiene que esperar, ya dijimos que hay un solo pediatra». Una mujer de más atrás expresa exaltada:

―¡Un solo pediatra!

―¡No…, ni con dos alcanzaría! ―dice la mujer que continúa reteniendo la puerta, confrontando al enfermero.

―Hacemos lo que podemos ―dice el enfermero, y sin más, se aleja.

La mujer del bebé de frazada rosada, se acerca y comienzan a hablar, conformando un semicírculo frente a la entrada. También una muchacha se suma al diálogo. «Siempre es así, nunca hay pediatras», comenta.

El momento tenso atrae las miradas y la complicidad de todos, pero no dura mucho. En el aire, sobrevuela una sensación de serenidad. Pero es una serenidad frágil,  una serenidad que en cualquier momento se puede astillar.

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Dos perros entran a la guardia, tienen el hocico pegado al piso, no miran al frente, olfatean el suelo, no chocan con nadie. Su hocico es un radar, uno de ellos encuentra en un rincón migas de galletitas rotas. Pega su lengua al suelo y lambetea la cerámica, cuando ya no queda nada busca en otro lado, el otro perro lame sobre el mismo lugar, sobre el piso aún húmedo de la anterior lamida.

La figura geométrica que forma la luz del sol sobre el piso cambió de un romboide a un trapecio y ahora es más pequeña, tampoco es tan intensa como hace unos minutos.

Luego de inspeccionar minuciosamente el lugar, y al no encontrar más restos de comida, los perros avanzan hasta el cuadrilátero luminoso del piso, cerca de la entrada, y se echan uno al lado del otro, sin que la sombra de alguna persona les tape la luz del sol.

Etiquetas: Guardia, hospital, salud

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